- Por David Sánchez, desde Doha (Catar), X: @tegustamuchoelc (*).
En el Festival Internacional de Cine de Doha (DFF), que del 20 al 28 de noviembre convierte a la capital catarí en un inesperado laboratorio de autorías desobedientes, Ali Asgari presentó "Divine Comedy", su película más arriesgada y paradójicamente más ligera. El filme —un retrato del absurdo burocrático y de la censura que atraviesa el cine iraní— usa el humor para desmantelar un sistema que, según confiesa el director, “convierte el simple hecho de querer proyectar una película en tu propio infierno”.
Asgari habla despacio, pero con una lucidez que parece afilada por años de lidiar con administraciones opacas, prohibiciones silenciosas y castigos arbitrarios. “Mi protagonista también es director; intenta proyectar su película y cada paso se vuelve un tormento. Para él, ese proceso es su infierno personal”, explica. La referencia no es casual: la película dialoga explícitamente con La Divina Comedia, y él mismo buscó ese paralelismo desde el inicio del proyecto. “En Dante, alguien sale de la oscuridad hacia la luz. En mi película sucede algo parecido: un creador atrapado por un sistema opresivo intenta avanzar hacia un espacio donde pueda existir”.
El tono de la obra es, sin embargo, sorprendentemente ligero. Una decisión deliberada. “Hay que reírse de un sistema para quitarle poder —defiende—. Cuando te ríes, lo vuelves insignificante”. Asgari recuerda que durante años el cine iraní se refugió en la metáfora para esquivar la censura, y que la nueva generación ha optado por una frontalidad que a menudo desemboca en películas durísimas. “No quería victimizarme. No quería repetir el mismo lenguaje del dolor. La comedia es un arma muy poderosa”.
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La cámara como sistema
Uno de los rasgos formales más llamativos del filme es la elección del rostro invisible que registra los movimientos del protagonista. La cámara no es un “personaje” al uso, sino un símbolo. “La cámara es el sistema, es el Gobierno. Por eso jamás muestro quién está detrás. Si enseñara a un individuo, el público juzgaría a esa persona. Pero yo quería que se entendiera como un mecanismo, una estructura impersonal”, explica.
Esa decisión quiere dejar claro que el enemigo no es una figura concreta, sino una red de poderes anónimos. En Divine Comedy la vigilancia es constante, pero nunca tiene ojos, nunca tiene nombre. Asgari rechaza cualquier lectura simplista: no es cine de buenos contra malos, sino una reflexión sobre el carácter inhumano de las administraciones convertidas en entes autosuficientes.
Lengua, identidad y sospecha
El protagonista de la película —también director en la vida real— comparte un conflicto que atraviesa hoy la política cultural iraní: la disputa en torno al uso de las lenguas minoritarias. En su caso, el turco. “Lleva años intentando rodar en su lengua materna, pero las autoridades lo miran con recelo, casi como si fuera separatismo”, cuenta Asgari. Esa presión no es ficción. “Quise mezclar nuestras experiencias reales. En Irán, filmar en ciertas lenguas es una batalla”.
La actriz de la película —actriz también en la vida real— arrastra un pasado similar: trabajó sin hiyab en varios proyectos independientes y fue sancionada durante un año sin poder actuar. “Las historias del filme vienen directamente de nuestras vidas”, reconoce el director.
Influencias: Roma, Moretti y Almodóvar
Aunque su obra nace del contexto iraní, Asgari reclama con entusiasmo una tradición más amplia. Estudió cine en Roma y vivió rodeado de la sombra de Nanni Moretti, cuya presencia impregna Divine Comedy. “Me marcó su forma de hablar de asuntos serios con una ligereza casi musical”, comenta. El casco de Vespa que lleva el personaje en la película es un guiño explícito.
También reivindica el cine hispano y latinoamericano. Cita a Almodóvar como una figura esencial “por su capacidad de mezclar lo trágico y lo cómico sin perder identidad”, y menciona una cercanía estética con ciertos autores brasileños y argentinos que han explorado la sátira política desde un prisma intimista. Asgari no pretende imitar; observa y respira. Pero la genealogía es clara: su cine se abre al mundo.
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El perro como oráculo
Uno de los elementos más inesperados —y más celebrados en Doha— es el perro que aparece envarias secuencias clave del filme. Su presencia, lejos de ser anecdótica, activa el tono simbólico. “El perro debía comportarse como un actor. Si no funcionaba, la película entera peligraba”, admite. La escena final, en la que el animal mira directamente a cámara, surgió de un milagro casi doméstico: “El entrenador habló con él y de inmediato miró fijo al objetivo. Era justo lo que necesitaba: que el perro observara a los humanos como preguntándose qué locura estaban haciendo”.
El cine iraní, aunque marcado por múltiples restricciones, se ha servido a menudo de gestos mínimos para producir alegorías profundas. Durante la proyección en el DFF, la atención sobre el perro generó una mezcla de risa y desasosiego que encaja perfectamente con la propuesta del filme.
Doha como espacio de resistencia
El Festival de Doha se ha convertido en los últimos años en una plataforma relevante para autores procedentes de regiones en crisis, donde el cine atraviesa dificultades materiales o represivas. Asgari lo sabe: “Me alegra estar en una sección competitiva que apoya a nuevos cineastas y a un tipo de cine que necesita espacio para existir”. Catar, inesperadamente, se está transformando en un refugio cultural para obras que no encuentran cabida en sus países de origen.
El director sabe que su película difícilmente se estrenará en Irán, pero confía en que circulará, como siempre, por vías paralelas. “Mis películas siempre acaban viéndose por métodos informales. Así como las hacemos, así se ven”, confiesa entre risas.
En Doha, Divine Comedy ha encontrado un público dispuesto a abrazar una película que denuncia sin desesperar, que mira al poder sin solemnidad y que convierte la resistencia en un acto de humor. Sin violencia, sin gritos, sin heroicidades grandilocuentes: solo un director, una cámara que es un sistema, un perro que mira fijamente a los humanos y un país que se filtra entero a través de una comedia tan dulce como demoledora.
* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.

