Bajo el cielo claro del Katara Cultural Village de Doha, ha comenzado un momento esperado por muchos: la primera edición del Doha Film Festival (DFF 2025), del 20 al 28 de noviembre, que aspira a convertirse en un epicentro internacional del cine. Entre las 97 películas seleccionadas de 62 países, resuena con especial fuerza "The President’s Cake", del cineasta iraquí Hasan Hadi, quien se encuentra en Doha para presentar su obra a un público árabe por primera vez.

Hadi, modesto pero con firme convicción y un excelente inglés gracias a sus dotes de autodidacta, se confesó “muy orgulloso, porque es muy especial tener tanta curiosidad por tu filme”. Para él, la importancia no radica únicamente en el reconocimiento internacional —su película ganó en Cannes la Caméra d’Or y el premio del público—, sino en abrir una ventana nueva: “El filme nos ha dado la plataforma para alcanzar tantos públicos que antes no podíamos”.

Un nuevo rostro de Irak

Durante su intervención, el director subrayó que muchas personas solo conocen Irak por los titulares noticiosos. En cambio, su película ofrece otra narrativa: “Algunas personas nunca han visto Irak, excepto en las noticias… es la primera vez que lo ven en un gran escenario”. Esa es, según Hadi, la gran promesa del cine: ofrecer una mirada diferente, más humana, más compleja.

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Para él, el valor de esos premios no está tanto en los trofeos, sino en la voz que le dan a un país poco visto en el mapa cultural global: “Ser honrados con la Caméra d’Or o el premio del público nos permite tener nuestras voces representadas en muchos lugares”.

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Hasan Hadi en el Festival de cine de Doha. Foto David Sánchez

Sembrando una industria, no solo un filme

El impacto de The President’s Cake trasciende la sala de cine. Hadi cuenta que desde su triunfo en Cannes ha recibido docenas de mensajes de artistas iraquíes con ganas de narrar sus propias historias: “Creo que hay un efecto dominó: muchos artistas iraquíes ahora quieren explorar su infancia y sus memorias”. Es, dice, “un gran honor abrir un camino para que tantos otros artistas puedan avanzar y contar sus propias historias”.

En un contexto donde la industria cinematográfica en Irak aún es frágil, su propuesta abre posibilidades reales. Hadi apuesta por una producción local más fuerte: “Espero que podamos hacer filmes sobre nuestro país, sobre nuestras propias historias… eso requiere inversión del gobierno y del sector privado.”

La dignidad de lo auténtico

Al hablar sobre el rodaje, el director fue contundente: “Prefería correr el riesgo de no grabar la película que filmarla en una localidad falsa.” Para él, las historias tienen “identidad, raíces y ADN”; y en su lugar, no funcionaban sustitutos. Por eso decidió filmar en Irak, con su gente, su tierra.

La apuesta fue arriesgada: combinar logística, precariedad técnica y un entorno complejo. En palabras de Hadi, “tuvimos que traer un equipo extranjero”, pero nunca dejó que aquello desplazara al talento local. “Cuando traíamos un equipo extranjero, siempre trabajaba junto a talento local para sembrar una industria más internacional en Irak.”

Así, su película se convirtió no solo en una obra artística, sino en una semilla para un cine más ambicioso, diverso e impulsado desde dentro del país.

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Actores —no actores— y verdad

Que The President’s Cake se rodara con personas reales, no profesionales, fue una decisión consciente. Hadi cuenta: “Fue más sobre su voluntad de estar en cámara… fue una decisión de instinto.” Muchos de ellos no sabían leer ni escribir, así que las líneas se adaptaban: “A veces los actores no podían leer o escribir, así que adaptábamos las líneas a lo que ellos dirían en esa situación.” El resultado, dice, es un cine sin artificios, habitado por rostros genuinos.

Reivindicar una nación a través del arte

Para Hadi, el cine es también una herramienta de memoria y orgullo cultural: “Irak es un país rico con historia, cultura y arte. Me asusta cuando la gente tiene una imagen tan específica del país.” Con The President’s Cake, su ambición es clara: que Irak no sea solo sinónimo de conflicto, sino de creatividad, de humanidad.

“Quiero que cuando piensen en Irak, piensen en el arte que presentó Irak: el primer épico humano es el de Gilgamesh.” En esa frase late una verdad: el cine no es solo entretenimiento, sino puente entre pasado y presente, identidad y universalidad.

Un nuevo comienzo en Doha

Para Hasan Hadi, estar en Doha representa algo simbólico: “Nunca había mostrado el filme ante un público árabe en una sala llena. Escuchar todas esas voces de diferentes países fue increíble.” Doha fue también “el primer instituto que apoyó el filme desde Oriente Medio, y volver aquí con esta respuesta es un gran honor.”

Así, mientras las luces del festival iluminan la sala principal del Katara Cultural Village, The President’s Cake se estrena no solo como película —sino como declaración: la de un cine iraquí que reclama su lugar, su dignidad y su voz.

* David Sánchez es un periodista franco español afincado en Toulouse, centrado especialmente en cine iberoamericano, miembro de la crítica internacional Fipresci. Sitio: https://www.tegustamuchoelcine.com.

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