La película “Maestro”, dirigida y protagonizada por Bradley Cooper, no es una biopic que los melómanos puritanos esperan, pero tampoco es un melodrama simplista que sigue los convencionalismos del género.

  • Por Julio de Torres*
  • Fotos: Gentileza

Con siete nominacio­nes a los premios Óscar, “Maestro” está disponible en platafor­mas de streaming pasando desapercibida por el prejuicio de quienes piensan que es una película cien por ciento bio­gráfica. Prejuicio en cuanto al supuesto de que la música erudita en Paraguay está marginada por el gusto gene­ral. Pero no. No es una biopic que los melómanos puritanos esperan. No es un melodrama simplista que sigue los con­vencionalismos del género.

Protagonizada por Bradley Cooper y Carey Mulligan, la película se aventura en un retrato particular de Leonard Bernstein que no se limita a exaltar aquellos momentos más glamurosos y exitosos de su vida, sino que matiza la faceta más compleja de su personalidad, opacada qui­zás por el éxito y su genio, que no ha dejado de comportar luchas que tuvo que enfren­tar a lo largo de su carrera.

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“Una obra de arte no res­ponde a las preguntas, las provoca; y su significado esencial está en la tensión entre las respuestas contra­dictorias” es la frase inicial de la película que transversaliza gran parte de la trama.

De hecho, la contradicción del artista, afección y vicio –cuando se lo reconoce y, a pesar de ello, no importa repe­tirlo– de todo ser humano y que signara, en este caso, la vida de Bernstein, reper­cute en la articulación de dos luchas fundamentales: la lucha íntima consigo mismo, donde, enfrentándose a sus propios demonios, revela la dualidad inherente a su genia­lidad y tiene continuidad en la figura de Felicia Monteale­gre, su esposa; y su lucha con el mundo exterior, poco visi­bilizado en materia de valores conservadores que expliquen su miedo a aceptar y vivir su sexualidad, pese a que su inte­racción con colegas, amigos y amantes dejan al descubierto las complejidades de las rela­ciones humanas y los sacrificios que conlleva la búsqueda de la perfección artística.

SOMBRAS

La película en ese sentido es ambiciosa. No teme explorar las sombras que coexisten con la luz del escenario lejos de lo que esperan los fanáticos del director. Al contrario, más allá de solo mostrar la fragi­lidad del maestro detrás de la batuta, más allá de retratar el padecimiento del genio, se lo interpela con la fuerza de las reivindicaciones del pre­sente y toma cuerpo la figura de Felicia. Felicia no sucumbió como víctima ante el cáncer que finalmente la llevó.

La enfermedad que centra la atención en ella se convierte en una metáfora y, en este caso, en la materialización de una muerte que ha estado anunciándose desde el prin­cipio de la película: la trai­ción del esposo, quien ocupa un lugar privilegiado, y su egoísmo, alimentado por el estrellato al estilo hollywoo­dense, son solo algunas de las estocadas que han minado la moral de alguien que podría haber sido una mejor persona. Felicia no fue víctima del des­tino, sino de un patriarca que le negó el derecho a ser feliz y a elegir su propio camino. Oprimida y silenciada, aceptó la vida que le tocó vivir, cons­ciente de esa traición.

Es aquí que la película impulsa a redefinir la posi­ción del genio en la socie­dad, revelando facetas hasta ahora inexploradas de cada celebridad. En “Tár” (2022) se aborda esta reflexión sobre la relación entre la obra y el autor, convirtién­dose en un ejercicio esencial para comprender la comple­jidad ética al considerar el impacto del genio en la socie­dad. Se reconoce que la obra de un genio, por su propia naturaleza, trasciende las limitaciones del tiempo y del espacio, pero va adqui­riendo otros significados en las demandas colectivas que son fruto del contexto, de la contemporaneidad en la que está insertada.

Desde “Tár” hasta “Maes­tro”, ¿es válido cuestionar la coherencia entre la obra y la vida del autor? ¿Es apro­piado desafiar la noción tra­dicional de separar al crea­dor de su creación? ¿Hasta qué punto la obra refleja la verdad del autor y en qué medida es una creación inde­pendiente que adquiere sig­nificados propios?

Que una película despierte estas interrogantes como lo demanda Bernstein en su frase inicial, ya célebre, da cuenta del valor de la película que va más allá de nominacio­nes en la academia. Si bien la película no termina siendo una biopic, como la concibe la mayoría, es una historia nece­saria que visibiliza lo que aún queda por conocer de Berns­tein.

ESTRUCTURA

Su estructura, que arranca con el hito de reemplazar a Bruno Walter en noviembre de 1943, al mando de la Filarmónica de Nueva York, dirigiendo la obertura “Manfred” de Robert Schumann, “Tema, variacio­nes y finale” de Miklós Rózsa, el poema sinfónico para cello, viola y orquesta “Don Quijote” de Richard Strauss y el prelu­dio de “Los maestros cantores” de Richard Wagner ya denota que el género es otro, pues se obvia los inicios de su carrera, que han sido determinantes y quedarían en el terreno del documental.

Es probable que Bradley Coo­per haya tenido la intención de mostrar una faceta de Leonard Bernstein que reconoce aris­tas que la biografía tradicio­nal se niega a ver. Sin embargo, también implica el retrato de un genio que alcanza lo más excelso en una de las escenas culminantes de la película: la famosa interpretación de la “Sinfonía N.º 2 Resurrección” de Gustav Mahler, para la cual este adaptó fragmentos de “La mesíada” del poeta romántico Friedrich Gottlieb Klopstock a su composición coral.

Con ello, el remate de la pelí­cula termina reivindicando la genialidad de Bernstein que se traspola a la interpretación del actor, reproduciendo tal cual el gran trabajo de aquel, en 1974, al frente de la Sinfónica de Londres, el Coro del Festi­val de Edimburgo y el espec­tacular crucero octogonal de la Catedral de Ely, en el este de Inglaterra.

El coro final de la N.º 2 de Mahler reza los versos de Klopstock así adaptados por el compositor:

“Con las alas que me he ganado / en la búsqueda ardiente del amor / voy a elevarme hacia la luz, / a la que ninguna mirada ha llegado. / ¡Moriré para vivir!”.

La película es un reto a la secuencia bíblica de resucitar para alcanzar la gloria. “Maes­tro” invierte la secuencia, tal como la hemos plasmado en el título del presente artículo. Y lo hace con justa razón.

*Actor, dramaturgo e inves­tigador en artes y humani­dades

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