Partiendo de reflexiones de la obra de Rafael Barrett, Osvaldo González Real y de los artistas y pensadores indígenas Clemente Juliuz, Bruno Barras Dubylyke y Plutarco López, el autor de este artículo plantea la interrogante de cuál es la valoración que tiene la sociedad paraguaya respecto a los árboles, especies tan necesarias para la vida humana, pero que al mismo tiempo están sometidas a un exterminio implacable.

  • Por Riccardo Castellani
  • Fotos Gentileza y archivo

Buscando una defini­ción de lo que es la maleza, reviso un documento disponible en internet titulado “Male­zas comunes del Paraguay - Manual de identificación”. En él se la define como “espe­cies vegetales que afectan el potencial productivo de la superficie ocupada o el volu­men de agua manejado por el hombre. Los daños ocasio­nados pueden medirse como pérdida del rendimiento agrícola por unidad de área cultivable en nuestro país.”

Siguiendo esta defi­nición, maleza es sencilla­mente una planta que un propietario no desea por­que tiene otros planes para la tierra. Así, cualquier planta puede ser maleza. Esto se hace bastante evidente cuando vemos en el mercado productos destinados a erra­dicar especias vegetales que compiten con los cultivos de soja, maíz y trigo.

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¿Cómo devienen maleza los principales cultivares del país? Son simplemente las plantas que nacen de los gra­nos esparcidos durante cose­cha, fuera de la fecha estable­cida por el propietario.

No puede definirse la maleza desde el punto de vista de las plantas: no existen en bio­logía. Es el ojo del propieta­rio el que las crea. Siguiendo esta definición y observando las prácticas más comunes en el Paraguay con respecto al mundo vegetal en los terrenos, aunque no estén en esa lista, podemos asegu­rar que los árboles son pro­bablemente las principales malezas.

Avestruz, obra del artista indígena Clemente Juliuz

LOS PARAGUAYOS Y LOS ÁRBOLES EN EL PASADO

“No hay sitio de la república, de los que he recorrido, en que no haya visto funcionar el hacha estúpida del propie­tario”, escribe Rafael Barrett en su breve texto “El odio a los árboles”.

“Hasta los que nada tie­nen destruyen las plantas. Alrededor de los ranchos se extiende un árido yermo cada año mayor, que da miedo y tristeza”, continúa. El texto ya tiene casi un siglo, pero podría haberse escrito ayer, puesto que esta prác­tica no muestra signos de menguar. Tal vez apenas el discurso ha cambiado. Los contemporáneos de Barrett se mueven en parte por el miedo, “temen que el bosque proteja facinerosos y anime fantasmas”.

Hoy el discurso apunta más al progreso. Pero la actitud ante el árbol es la misma. Al momento de la tala, el árbol se presenta como un bár­baro, ese otro sin alma:

“Se diría que los hombres no son ya capaces de sentir, de imaginar la vida en los tron­cos venerables, que tiemblan bajo el hierro y se desploman con lastimero fragor. Se diría que no comprenden que tam­bién la savia es sangre y que sus víctimas se engendraron en el amor y en la luz”.

LOS PARAGUAYOS Y LOS ÁRBOLES EN EL FUTURO

“Anticipación y reflexión”, de Osvaldo González Real, uno de los libros fundadores de la ciencia ficción paraguaya, verdaderamente anticipa muchas situaciones actuales.

Sus páginas incluyen el tema de la deforestación en la historia titulada “Otra vez Adán”. Este cuento, ilustrado por Ricardo Yustman, relata una expedición que tiene por objetivo talar el último árbol.

Uno de los personajes ase­gura el éxito de la empresa: “Somos expertos en el ofi­cio. Hemos estado cortando árboles desde hace años”. Y el personaje no miente, se nota en los mapas de satélite que muestran el paso del verde al beige del territorio nacional, se nota por las columnas de humo en el horizonte y por la multiplicación de tocones por las veredas.

“La gran poda fue la medida tomada por los Industria­les Avanzados con el fin de demostrar que el hombre ya no dependería del mundo vegetal”, explica González Real en su cuento.

“En el Nuevo Orden solo se toleraban las flores de plás­tico y los sabores artificia­les”, continúa el autor.

Tanques de microalgas que utilizan la fotosíntesis para convertir el CO2 en oxígeno

EL OTRO PARAGUAY

La denuncia contra la defo­restación aparece asimismo en el arte y el discurso de los pueblos indígenas que habi­tan el territorio nacional, tanto en el Chaco como en la frontera agrícola de la región Oriental.

El artista nivaclé Clemente Juliuz mencionaba en una entrevista: “Estoy pensando acerca de la deforestación, me preocupa mucho, porque se están terminando los bos­ques. No sé cuantas hectá­reas se eliminan cada día. Ya casi no queda bosque en nuestros alrededores”.

En su obra ocupan un papel importante las topadoras y las talas de árboles, además de los animales e insectos que se extinguen a su paso, así como los nuevos que van llegando, entre ellos los mosquitos.

“Hay mosquitos que viven en lugares deforestados, de allá se mudaron y traen el den­gue. En los bosques no hay tantos mosquitos”, afirma.

Un ejemplo que parece coin­cidir con el de Clemente Juliuz aparece en “Mitos ancestrales de los Yshyro Ybytoso Clan Kytymyrajha”, del académico cacique Bruno Barras Dubylyke.

Al listar los deberes de los yshyro, menciona que “la ley de la madre naturaleza enseña al pueblo en general que no se debe adulterar a la naturaleza. No tocar los árboles, el día de tala de estos vendrán insectos invisibles al hombre y no se podrán combatir porque son invi­sibles a la vista de estos y los perjudicados serán los hijos”.

En la región Oriental, el caci­que mbyá-guaraní Plutarco López, líder de la comunidad Mbariguí 14 de Caaguazú, durante las Jornadas sobre la Lengua Guaraní en Para­guay, recogidas en el libro “Tañandeayvu mbarâete” (Desatar nuestras palabras) deja bien en claro lo siguiente: “Ha ymaite naturaléza kuéra yvyráva oi tiempo, ore roime upéa ryepýpe avei. Ha ko’ánga ha’ete vaicha ku yvyráicha avei ropa mbegue­katúva ohóvo, ha naimbare­teporãveima”. (Hace mucho tiempo, cuando los árboles existían en la naturaleza, nosotros también éramos parte de ella. Y ahora parece que, como los árboles, despa­cio vamos desapareciendo, y todo esto ya no es suficiente­mente fuerte).

“No se trata de cultivar, sino de perdonar a los árboles”, escribe Rafael Barrett

¿EXISTE PERDÓN PARA LOS ÁRBOLES?

En Paraguay parece imposi­ble que el amor a los árboles supere al amor por el cemento y el asfalto. Todo discurso que apunta contra la deforesta­ción rebota contra nuestra propia naturaleza, que toda­vía se expresa exuberante, que aprovecha cualquier gotera de aire acondicionado, cualquier bache en la calle o la vereda para florecer.

Todavía los extranjeros llegan y ven un país verde. Solo los que habitamos aquí vemos toda la sombra que falta. Parece ser en verdad el destino de toda ciudad: volverse un gran estaciona­miento comunicado por via­ductos, rotondas y túneles.

En Serbia, la empresa Liquid3 ya instala tanques de 600 litros llenos de microalgas, que utilizan la fotosínte­sis para convertir el CO2 en oxígeno en el mismo proceso que lo hacen los árboles. ¿En cuantos años estarán insta­lando uno en nuestro barrio?

Parece una pregunta absurda. Pero hace ape­nas unas décadas parecía absurdo pagar por agua pota­ble en botellas personales de plástico.

“¡Ay!”, se queja Barrett en el texto mencionado, “No se trata de cultivar, sino de per­donar a los árboles. ¿Cómo aplacar a los asesinos?”.

¿Cómo dejar de pensar que son maleza?

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