El jueves 7 de noviembre, a las 20:00, se celebrará una fiesta del jazz paraguayo, en un concierto denominado “Asunción Jazz Night”, que homenajea la vida y obra del músico paraguayo, el maestro Carlos Schvartzman. Actuarán Pier Pappalardo Cuarteto, Pedro Martínez Trío, Majuja Trío+Jam session y el CCPA Jazz Quintet en el Teatro de las Américas del Centro Cultural Paraguayo Americano (José Berges 297 entre Brasil y Estados Unidos, en Asunción) y la entrada es libre y gratuita.
Carlos Schvartzman es un pianista, guitarrista, compositor, arreglador y orquestador paraguayo de jazz y música contemporánea. Con una amplia trayectoria formando agrupaciones en los años 70 y 80, y consagrándose como máximo referente en la música jazz paraguaya, participó como director de orquesta, arreglador y compositor en festivales internacionales de la canción, como en el de Viña del Mar en la década de los 70.
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Este lunes 4 de noviembre, en su cumpleaños número 77, se realizó el lanzamiento del evento que lo homenajea, a través de una conferencia de prensa en la Manzana de la Rivera. Marcela Bacigalupo, directora de Cultura y Turismo de la Municipalidad de Asunción, extendió una invitación a la ciudadanía a “sentir toda la fuerza del jazz, ese género que vincula, que une y que conecta”.
La actividad será presentada por la Dirección General de Cultura y Turismo (DGCT) de la Municipalidad de Asunción y el Centro Cultural Paraguayo Americano (CCPA); cuentan con el apoyo de la Dirección Nacional de Propiedad Intelectual (DINAPI), la Asociación de Intérpretes y Ejecutantes del Paraguay (AIE) y la producción de Síncopa con amplia experiencia en la gestión de la escena del jazz y la música instrumental.
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“La música es una herramienta para transformar comunidades”
- Fotos: Pánfilo Leguizamón
En este “Expresso” musical, Augusto dos Santos charla con Mariela Cuevas, directora de Sonidos de la Tierra, y con los músicos e integrantes de este proyecto Thiago Guiotto, coordinador artístico y violinista, y Carlos Vera, en guitarra. Más allá del aspecto puramente musical, los responsables afirman que esta iniciativa mejora la vida de las personas mediante la organización comunitaria y la colaboración en pos de objetivos comunes.
–Sonidos de la Tierra. Quién no ha incorporado esta expresión a todo aquello que simboliza lo entrañable en términos de construir una cultura de relación con la música no solamente aquí en Asunción, sino en los polvorientos caminos de todo el país. Muchos años ya en este camino, ¿no?
–MC: Una alegría inmensa poder estar hoy al frente de la asociación Sonidos de la Tierra, una asociación que ya es un legado hoy para todo el país. Estamos hablando de 24 años en que no solamente hacemos música. Desde Sonidos de la Tierra la música es una herramienta para transformar las comunidades y eso es lo que buscamos.
–La música es una invitación para construir culturas, para afirmar muchos aspectos y para descubrir otros. ¿Ese es un poco el rumbo de Sonidos de la Tierra?
–MC: Tal cual. Desde Sonidos la gran metodología que utilizamos, que fue impulsada por el equipo y por la visión misma del maestro Luis Szarán, es la metodología orquestas de vida, que busca que a través de la música las comunidades se organicen. En este sentido es muy lindo ver cómo la familia, todo el contexto se impulsa a partir de esto que es la música y es enorme el movimiento que hay. Entonces, en este sentido buscamos el desarrollo local con la participación de los chicos y las chicas. Hay 74 escuelas comunitarias de música. Felizmente, estamos en todos los departamentos del país y eso es una gran noticia en términos de que 3.500 niños, niñas, adolescentes y jóvenes pasan por la red de Sonidos de la Tierra.
ACOMPAÑAMIENTO FAMILIAR
–Supongo que hay una etapa en que uno dice “yo quiero que mi hijo sea violinista” y que dibujaron diferentes momentos en este proceso.
–MC: Hay un crisol que tiene demasiadas maneras de mirar esto. Por una parte, hay una institucionalidad, pero por el otro lado tenemos lo que ocurre en las casas, en las familias. Para que un niño o niña pueda tocar implica una cantidad de práctica importante. Repetir una nota hasta que le salga. Entonces eso implica también que la familia está acompañando hasta finalmente ver en un megaescenario, que es lo que solemos hacer cada año. Convocar megafestivales donde los chicos puedan expresarse y sonar con la mejor de las notas combinadas o con esa nota que logró porque recordamos que lo que buscamos desde Sonidos de la Tierra es el desarrollo de los chicos en términos de vencer barreras, vencer miedos, poder subirse a un escenario y a partir de esto hablamos del desarrollo de la autoestima mismo.
–Thiago, ¿cómo fue tu división infantil en esta materia?
–TG: Estaba en la escuela todavía cuando Sonidos de la Tierra se presentó con dos representantes en el aula invitando a ser parte de un estudio musical. Yo soy de la ciudad de Villa Hayes, Bajo Chaco, y con dos compañeros nosotros ya teníamos la idea de jugar con la guitarra, de cantar en frente a los compañeros. Juntamos las dos cosas y como ya veníamos de la guitarra, el violín se hizo fácil, aunque era todo nuevo. Imaginate un violín en el Chaco, es una cosa que no se ve todos los días.
–¿Aparte de tu tiempo en Sonidos de la Tierra hacés música en otros espacios?
–TG: Sí, yo soy integrante de la Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Asunción (OSCA). También soy licenciado en música por el Instituto de Bellas Artes y hago música de cámara, soy profesor de música también. Enseño teoría, solfeo, armonía, contrapunto, aparte de violín y viola, que son dos instrumentos muy similares. Entonces, me dedico cien por ciento a la música. Aparte mi principal orgullo es ser coordinador artístico del proyecto Sonidos de la Tierra.
–¿Y en tu caso, Carlos?
–CV: Mi caso es un poco particular. Yo creo que soy uno de los más antiguos acá en la institución. Estuve ya en el momento cuando con Sonidos de la Tierra integrábamos la música con otros programas. Hacíamos educación ambiental, proyectos vinculados a desarrollo comunitario y ahí es donde yo estaba en una pequeña comunidad de Caazapá, San Juan Nepomuceno, liderando una comisión juvenil con la que embellecíamos una avenida de 1.200 metros. Y en ese momento llegó el equipo que hacía talleres ambientales con gestión de proyectos y nos invitaron a participar.
–¿Y por el lado de la música cómo se dio?
–CV: Siempre tuve mi inclinación hacia la música. Mi papá fue requintista y ya siendo parte de la institución tuvimos la oportunidad de acompañar el proyecto de Kamba’i Echeverría. Fui a una de las clases para hacer mi trabajo administrativo de verificar, llevar la lista, sacar fotos y conocí a uno de los instructores y me acerqué y por mi curiosidad le pregunté y para la siguiente vez me dice “traé tu guitarra también”. Entonces ahí un poquito aprendí la técnica con el programa y actualmente yo soy contador público. Estoy acompañando dentro del área de administración y finanzas, pero eventualmente acompaño también musicalmente como hoy al equipo.
ALIANZAS
–No me digas que hasta el contador es músico en Sonidos de la Tierra (risas). ¿Cómo es el aterrizaje del proyecto en una comunidad?
–MC: Es un aterrizaje que siempre va acompañado de voluntades. Por lo general para que nosotros empecemos a activar una escuela en un espacio, la comunidad es la que nos llama y nos dice “queremos que en nuestro territorio contemos con una escuela de música”. A partir de eso vemos las alianzas posibles, sean locales o nacionales. Desde Sonidos de la Tierra tenemos un equipo de sostenibilidad muy sólido, articulado, que busca por supuesto a través de las rendiciones y un trabajo de transparencia muy fuerte poder mostrar lo que hacemos y sumar más voluntades para poder seguir sumando escuelas.
–¿Qué queda con un proyecto como este en las comunidades?
–MC: Suceden muchas cosas. Hablamos de que con Sonidos desarrollamos todo un componente ambiental en las comunidades donde tenemos varias líneas: economía circular, forestación, reciclaje, limpieza de arroyos. Eso es maravilloso porque tenemos una escuela de liderazgo con varias promociones. Acompañamos muy de cerca a los jóvenes líderes y lideresas en la presentación de sus proyectos comunitarios.
–¿Cómo llevan ese proceso en las comunidades al respecto de estos preconceptos que existen o que existían fundamentalmente, pero ya no tanto, al respecto de ser músico en esta sociedad?
–MC: A lo que apuntamos es a que las personas puedan desarrollarse como lo que son, como personas. En el sentido de ser músico o música algunas personas siguen el camino de la profesionalización, otras no. Sin embargo, el gran valor que vemos es el aporte que da al desarrollo de la autoestima, al desarrollo de la empatía. Creemos que estos valores y habilidades posibilitan hablar de la construcción de un nuevo ciudadano o ciudadana de su sociedad.
–TG: La palabra clave creo que son los valores que quedan una vez que uno se introduce en el mundo del estudio musical. Esto trae muchos beneficios independientemente de que si uno va a ser o no un músico profesional, de si uno va a entretener a su familia, va a entretener a la comunidad entera o ser una estrella internacional de música. Hablamos claramente de una elevación del rendimiento escolar, disciplina, concentración, autosuperación, pensamiento crítico. Un montón de cosas que vienen atrás del estudio de un instrumento musical que ayudan a que la sociedad mejore.
–CV: Para los niños principalmente, desde lo básico como el empleo útil del tiempo libre, que ayuda muchísimo y obviamente en la mejora del rendimiento escolar. Hoy por hoy si uno decide ser profesional ya tenemos más espacio. Obviamente que falta mucho todavía, pero un chico que va desarrollando su talento y encuentra en eso su potencial ya hay medios e instituciones donde se puede desarrollar. Como siempre decimos, no somos una academia como un conservatorio de música, pero a través de nuestro programa también nosotros encaminamos y damos oportunidad para que un chico que tenga ese talento pueda ir más a lo profesional.
–Supongo que tiene su valor especial en comunidades más relegadas, ¿no?
–MC: Hay miles de historias individuales, hay historias más duras, historias de superación que realmente nos motivan. Hablamos desde comunidades que están en situación de vulnerabilidad, en territorios más alejados a veces como también cuestiones que limitan el desarrollo musical o la inclusión de personas en espacios de formación, de compartir entretenimiento. A veces ni siquiera es lograr tocar un instrumento, sino que se lo incluya en una sala compartida con otras personas. Felizmente tenemos personas que con alguna discapacidad quizás están incorporadas también dentro de nuestras clases. Hablamos de historias que tenemos en el Chaco, en comunidades indígenas del sur también, en Caaguazú, donde se da lo maravilloso que ocurre a partir de tocar un pedazo de madera y esto nos conecta con la belleza. Eso realmente es lindo de contar porque a veces la realidad le supera a uno absolutamente.
CELEBRAR CADA PASO
–Vivimos unos tiempos de la instantaneidad en los que necesitamos resolver todo en los próximos diez segundos. Supongo que eso es una especie de problema al respecto de llevar un camino con mucha disciplina, que a veces va a ser silencioso.
–TG: La formación musical supone un proceso que no siempre es tan agónico y no siempre es tan largo. Realmente nosotros tenemos como meta que desde el primer paso, desde el primer mes en que un chico de cinco, seis años o cualquier edad que tenga ya pueda participar del escenario, pueda compartir con gente de multinivel. Entonces, ese es un estímulo. Sonidos de la Tierra es totalmente inclusivo y nuestros conciertos tanto comunitarios como a nivel regional o a nivel país incluyen todos los instrumentos de todos los niveles. Tenemos coro de tercera edad, tenemos educación musical temprana de los cuatro años. Entonces, digamos que es ese pensamiento que se tiene de que tocar el piano me va a llevar diez años es un poco relativo, porque desde el primer mes si uno valora los pequeños avances y sabe ver cuánto cuesta cada avance realmente nosotros ya le sacamos alegría, ya le sacamos felicidad, ya le sacamos aplausos.
–¿Cuál es un tiempo típico de aplicación de un chico que se incluye dentro de vuestro programa?
–TG: Yo calculo que lo saludable sería tener primero el instrumento. En nuestro caso nosotros otorgamos instrumentos a todas las escuelas comunitarias. Después se firma un acuerdo de responsabilidad y el chico puede llevar el instrumento a su casa una vez que pasamos ese nivel. Lo saludable sería tocar un poco cada día. Es como la lectura o la tarea de matemática. Un poquito cada día y avanzando. Leer partituras también.
–¿Qué ves cuando mirás al mañana respecto a este proyecto?
–MC: Muchos desafíos. Por un lado, alegría por lo ya andado. Hablamos de más de dos décadas de construcción en lo que tiene que ver con la música como una herramienta de desarrollo. Así que eso es un paso de alegría. Ahora, lo que viene en términos inmediatos creo que es el desafío de proyectar esto, a que siga creciendo, pero también cuidar y consolidar lo que ya tenemos. Necesitamos de un desarrollo mayor de nuestro país también y que este desarrollo considere y acompañe la necesidad de invertir en cultura.
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La música de un país que sigue reclamando a su hijo pródigo
- Carlos Oliveira
- Fotos: Gentileza
El 7 de agosto de 1944, hace 82 años, moría en San Salvador Agustín Pío Barrios, Mangoré. Tenía 59 años y dejaba detrás una de las obras más extraordinarias jamás escritas para guitarra. Paraguayo de nacimiento, universal por vocación, Barrios convirtió un instrumento que podía parecer limitado en un territorio casi infinito de posibilidades sonoras. Su guitarra fue, al mismo tiempo, paisaje, memoria, intimidad y patria.
Cada aniversario de su muerte parece ser una buena excusa para volver a plantear la pregunta ¿dónde debería descansar Agustín Barrios? Desde hace años se suceden iniciativas para repatriar sus restos, sepultados en el Cementerio de los Ilustres de San Salvador. Incluso se ha llegado a plantear una solución tan simbólica como improbable: dividirlos, dejar una parte en El Salvador y traer la otra al Paraguay.
Pero acaso la verdadera cuestión no sea dónde están sus restos, sino dónde está Barrios. Porque mientras sus huesos permanecen en tierra salvadoreña, su música pertenece desde hace mucho tiempo a un territorio que no reconoce fronteras.
Las crónicas señalan que su última presentación en Paraguay tuvo lugar el 25 de enero de 1925, en la plaza Uruguaya. Por supuestas razones políticas no podía actuar en el entonces Teatro Nacional –actual Teatro Municipal– y aquel concierto al aire libre terminó siendo, en cierto modo, una despedida. Después vendrían los viajes, las ciudades, los escenarios y un progresivo alejamiento de la tierra natal.
Tras una gira por Brasil en 1929, Barrios recorrió durante los años siguientes distintos países de América Latina y Europa. En 1939 aceptó la invitación del presidente salvadoreño Maximiliano Hernández Martínez para radicarse en El Salvador. Allí ejerció la docencia en el Conservatorio Nacional de Música y encontró el lugar donde transcurrirían sus últimos años.
Un infarto puso fin a su vida el 7 de agosto de 1944. Fue enterrado en el Cementerio de los Ilustres. En 1985 sus restos fueron declarados patrimonio nacional de El Salvador, una decisión que terminó convirtiéndose en un obstáculo jurídico para los sucesivos intentos paraguayos de repatriación.
Pero la historia de Barrios plantea una ironía mayor. Paraguay reclama sus restos mientras durante décadas pareció olvidar su música.
EL EXTRAÑO DESTINO DE UN PROFETA
Durante buena parte del siglo XX, su obra no ocupó en Paraguay el lugar que hoy parece natural concederle. Mientras en otros lugares sus composiciones comenzaban a formar parte del repertorio guitarrístico, en su propio país su nombre sobrevivía con una presencia más cercana a la leyenda que al conocimiento profundo de su producción.
Fue necesario que intérpretes y estudiosos emprendieran una paciente tarea de recuperación. Cayo Sila Godoy, Felipe Sosa, Berta Rojas, Luz María Bobadilla y otros músicos contribuyeron decisivamente a devolver a Barrios al centro de la conversación musical paraguaya.
El redescubrimiento de Barrios no consistió solamente en volver a escuchar sus composiciones. Significó también comprender que Paraguay había producido a un músico capaz de dialogar con la tradición europea de la guitarra clásica y, al mismo tiempo, incorporar a su obra las cadencias, los ritmos y las sensibilidades de América Latina. En sus manos, la guitarra podía ser universal sin dejar de ser paraguaya.
La discusión sobre sus restos encierra, en el fondo, una cuestión más compleja. ¿A quién pertenece Agustín Barrios?
Paraguay puede reivindicarlo como uno de sus hijos más ilustres. El Salvador puede recordar que allí vivió sus últimos años, ejerció la docencia, murió y permanece sepultado. América Latina puede considerarlo uno de los grandes músicos surgidos de este continente. Y el mundo de la guitarra clásica lo reconoce como una figura fundamental de su repertorio.
UNA OBRA QUE TRASCIENDE
Quizás todas esas respuestas sean verdaderas. Porque la grandeza de Barrios reside precisamente en haber trascendido el lugar de nacimiento. Su obra partió de Paraguay, pero no quedó encerrada en sus fronteras. Viajó con él, cruzó océanos, entró en conservatorios, pasó de maestro a alumno y terminó incorporándose al repertorio de guitarristas de distintas partes del planeta.
Por eso, la repatriación de sus restos puede ser un acto legítimo de memoria nacional, pero no debería confundirse con la recuperación de su legado. A Barrios no hay que traerlo de vuelta: hay que seguir escuchándolo.
Quizá haya algo de profundamente paraguayo en esa paradoja. Durante años dejamos que uno de nuestros mayores artistas se alejara hasta convertirse casi en un desconocido dentro de su propia casa. Ahora queremos recuperar sus restos, cuando su música ya encontró una patria mucho más extensa.
Barrios permanece donde siempre quiso estar: en las seis cuerdas de una guitarra.
Y cada vez que alguien toca “Julia Florida”, “Danza paraguaya”, “Las abejas” o “La catedral”, aquel hombre que alguna vez abandonó Paraguay vuelve, por unos minutos, a caminar entre nosotros porque la patria que siempre habitará será la guitarra.
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Rindieron un emotivo homenaje a víctimas de la tragedia del 1-A
Ayer se realizó un acto simbólico para recordar a los que partieron hace 22 años en el incendio del supermercado Ycuá Bolaños, una de las tragedias más grandes que ha golpeado al Paraguay.
El encuentro tuvo lugar en el Sitio de Memoria y Centro Cultural 1-A Ycuá Bolaños de la ciudad de Asunción.
El acto se inició puntualmente a las 11:20, hora en la que empezó el incendio del supermercado, aquel fatídico día que marcó profundamente a todo el país y a cientos de familias que perdieron a un ser querido en la tragedia.
Este año, la temática es el agradecimiento a todas las personas y sectores por su solidaridad en la construcción de la Memoria del Ycuá.
El evento simbólico consistió en el tradicional toque de sirenas de los bomberos e hicieron lectura del manifiesto de los familiares, además de una celebración ecuménica.
A pesar del tiempo transcurrido, el dolor sigue intacto para las familias de las 400 personas que fallecieron ese 1 de agosto de 2004 y que todos los años se reúnen para recodarlas. Así también, hubo más de 300 sobrevivientes que luchan para que ese día no sea olvidado.
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Lata Parará Fest celebra segunda edición con nueve bandas de rock y metal
Este sábado 1 de agosto, desde las 17:00 horas, el Galpón Municipal de Fernando de la Mora, ubicado en el predio de la Municipalidad (avda. Mariscal Estigarribia esq. Capitán Montiel), será escenario de la segunda edición del Lata Parará Fest, una gran celebración del rock y el metal paraguayo que reunirá a destacadas bandas nacionales, feria de emprendedores y merchandising, área de cantina y toda la energía de una comunidad que sigue creciendo alrededor de la música pesada.
Organizado por Radio Online Lata Parará, con el apoyo de la Municipalidad de Fernando de la Mora y la Dirección de Arte y Cultura, el festival se consolida como uno de los encuentros independientes más importantes de la escena nacional, ofreciendo una propuesta que combina música en vivo, cultura y un espacio de encuentro para artistas y fanáticos de todo el país.
Un cartel de primer nivel
La segunda edición del festival reunirá sobre un mismo escenario a Batallón, Steel Rose, Mythika, Wisdom, Abbadon, Khyron, Hikuai, Sadistic Art y Black Fire, ofreciendo un recorrido por distintos estilos del metal, desde el heavy y el power hasta el thrash, death y black metal. Entre los principales atractivos se encuentra Batallón, una de las bandas pioneras del thrash metal paraguayo, fundada en 1987 y recientemente reincorporada a los escenarios con nuevo material.
También formará parte del festival Steel Rose, referente del heavy metal paraguayo desde finales de los años 80, con una trayectoria de más de tres décadas y una discografía que la posiciona como una de las agrupaciones más emblemáticas del género en el país. El black metal estará representado por Wisdom, banda de reconocimiento internacional y una de las mayores exponentes del metal extremo paraguayo, actualmente presentando su más reciente producción discográfica.
Por su parte, Mythika llegará con su propuesta de heavy y power metal inspirada en la historia, la cultura y la mitología paraguaya, una identidad que le ha permitido compartir escenario con importantes artistas internacionales y representar al país en diferentes escenarios del exterior.
La potencia del metal extremo estará presente con Abbadon, histórica agrupación de death/thrash metal con una extensa trayectoria dentro de la escena nacional; mientras que Khyron, otra de las bandas emblemáticas del heavy metal paraguayo, aportará toda la experiencia de más de tres décadas sobre los escenarios. El cartel se completa con Hikuai, Sadistic Art y Black Fire, tres propuestas que representan la fuerza y diversidad de la nueva y consolidada generación del metal paraguayo.
Mucho más que un festival
Además de los conciertos, el público podrá recorrer una feria de emprendedores y merchandising, donde encontrará discos, remeras, accesorios, artículos coleccionables y productos relacionados con la cultura rock. Durante toda la jornada también estará habilitada una completa área de cantina, ofreciendo comidas y bebidas para que los asistentes puedan disfrutar cómodamente de una extensa noche de música.
Las entradas anticipadas tienen un costo de G. 40.000 hasta el 31 de julio, mientras que el día del evento el precio será de G. 60.000. Puntos de venta: Asunción Underground (Gral. Díaz 389 c/ Alberdi); Morri Rock Store (Oliva 919 c/ Montevideo); La Cueva Rock/Metal Bar (Mcal. López 1070 c/ Brasil). Venta por transferencias al alias: 0981 506 972 (enviar comprobante al mismo número).