Ninguna transformación social y económica podrá sostenerse en el tiempo si no tiene a la cultura como telón de fondo. Sin este componente esencial para un desarrollo duradero, armónico e inclusivo será imposible incorporar a la conciencia colectiva la urgencia de una ética política para la administración del Estado con eficiencia, honestidad y compromiso responsable ante la comunidad nacional.
Hace años que el bien común desapareció de los discursos de los miembros de la representación popular, tanto en el Poder Ejecutivo como en el Legislativo.
La ausencia de una idea central que se oriente a la preservación del concepto y la acción del bienestar sin exclusiones ha llevado sistemáticamente a la desintegración de nuestra sociedad, lo que en términos reales implica la pérdida de la cohesión, decayendo el sentido de pertenencia a una causa común y la solidaridad con el otro, además de la erosión de los valores que nos permitieron constituirnos en nación.
En ese escenario, las instituciones demuestran una manifiesta debilidad para un trabajo conjunto y coordinado, provocando una dispersión de esfuerzos, que es el camino seguro del fracaso.
El cuestionamiento moral a los liderazgos de parte de una ciudadanía que ha perdido la fe en la clase política lleva consigo la fragmentación del necesario vínculo entre las autoridades y el pueblo.
Son los jóvenes los más reacios a la participación, desolados por los privilegios que desprecian los méritos y la capacidad de quienes deberían ser convocados, sin considerar el estatus generacional, para cumplir funciones en lugares clave que apuntalen el definitivo despegue de un país hacia su destino de grandeza.
Un país cuyos habitantes padecieron décadas de postergación en áreas fundamentales para satisfacer sus necesidades mínimas para una vida digna: salud, educación, vivienda, empleo e infraestructura.
En ninguna de estas áreas enumeradas se perciben colectivamente políticas públicas que sobrevivan a la temporalidad de los gobiernos y a la transitoriedad de los hombres. Y la percepción, en su definición más sencilla, es la información que recibimos del exterior y que procesamos e interpretamos dentro de un determinado contexto social y cultural.
En ese marco le damos significado mediante un proceso mental que nos habilita a comprender el entorno. Es el cimiento sobre el cual se erige la opinión ciudadana, que es posible cuantificar por diversos métodos científicos y, últimamente, a través de una lectura inteligente de las redes sociales.
No es lo mismo que la opinión sesgada que se pretende imponer desde los medios de comunicación.
Y aquí volvemos al tema central de nuestro editorial: el problema de fondo es cultural. Se olvidó el amor a la verdad, la ética y la honestidad intelectual y se abrieron anchas avenidas para la manipulación, la extorsión mediática y el chantaje emocional con el propósito de guiar y controlar el comportamiento ajeno.
La cultura define nuestra forma de vida. Y una de sus fuentes centrales es la educación. Claramente, es una materia que hemos reprobado desde hace varias décadas.
Nuestro sistema educativo nacional fue arrinconando su aspecto humanista para enfocarse en un modelo que prioriza fines utilitaristas y tecnológicos.
La literatura que humaniza, la historia que advierte y la educación cívica que prepara ciudadanos deben recibir, nuevamente, una preferencial atención si realmente aspiramos a una sociedad comprometida con la formulación de una cultura democrática, donde el otro es un simple adversario con quien debatir y no un enemigo a destruir, en que el individualismo marca su arrogante y exacerbada presencia en detrimento de una visión dialógica de la vida.
Por lo expuesto, las luchas sociales no tienen una visión de conjunto, porque apuestan únicamente a las reivindicaciones sectoriales enviando un mensaje mezquino al resto de la población, obstaculizando la imprescindible cohesión que nos empuje hacia el desarrollo progresivo de nuestro pueblo.
Sin esa cultura democrática que moldee nuestra forma de vida, todos los cambios serán efímeros. Pues cada cinco años todo empieza de cero, sin considerar lo que se ha plantado exitosamente en el periodo anterior.

