• Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

Nuestros gobernantes, históricamente, han comunicado mal hasta lo que hicieron bien. Algunos, por una incurable incontinencia verbal; otros, por decididamente parcos, y tampoco faltaron los soberbiamente tercos.

Ninguno entendió, o no quiso aprender, los mecanismos correctos para hacerse comprender por el público. Fórmulas sencillas que, sin embargo, no pueden funcionar sin la colaboración del componente humano.

Sin ignorar que muchos medios periodísticos distorsionan deliberadamente los hechos o persisten en los errores con premeditada saña a causa de rencores no apagados o ambiciones político-comerciales que se anteponen a uno de los deberes sagrados de esta profesión: la lealtad a la verdad.

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Un mal mundial al que solo se resisten unos pocos, que no están contaminados por el sectarismo cerril ni los sesgos de la manipulación con la finalidad de influir en los pensamientos, sentimientos y acciones de las personas.

Claramente, con la intención de controlarlas para que puedan orientar su comportamiento –sobre todo, político–, que, luego, se traduciría en las urnas. O generar aversión al mandatario de turno o cualquier otra autoridad de jerarquía superior.

Las redes sociales que, al principio, se presentaron como la multiplicidad de voces para cotejar y verificar las informaciones, no pudieron descomprimir este estrangulamiento ético y, para peor, lo profundizaron ante la masificación de las mentes débiles por carencia de sentido crítico.

Se convirtieron en el campo fértil para plantar lo que uno ya estaba convencido de cultivar y cosechar. Nada le haría cambiar de opinión. Es por ello fundamental que los líderes de diferentes pertenencias conozcan y utilicen inteligentemente los códigos de la comunicación. Salvo, naturalmente, que, a pesar de todo, el paciente se resista a tomar la medicina.

Etiológicamente, comunicación viene del latín communicatio, la que, a su vez, deriva de communicare, que se traduce como compartir o poner en común. En término sencillo la definiremos como evocar en común el mismo objeto. O sea, la claridad y honestidad para expresar una idea, de manera tal que el receptor tenga la misma imagen mental de cuanto dice su interlocutor.

Es, indudablemente, una forma de relacionamiento. Se trata, por tanto, de un fenómeno social. A lo largo de los últimos cien años ha sido el objetivo de numerosos y complejos estudios que marcaron su categoría de ciencia.

“Se emite una comunicación con un fin preciso –asegura Claude Flament–, que, por lo general, es la búsqueda de una determinada modificación conductual, de las actitudes, de las representaciones o de los conocimientos del grupo”. Su credibilidad estriba en que exista correspondencia entre el mensaje y la realidad.

El expresidente argentino, general Juan Domingo Perón, acostumbraba incluir en sus discursos una frase atribuida a Napoleón: “Un ejemplo puede aclararlo todo”. E, inmediatamente, recurría a un caso sencillo para explicar lo que, en teoría, se presenta como complicado. Para que nuestro artículo pueda comprenderse mejor, seguiremos la misma recomendación.

El ejemplo de cómo hay que comunicar desde el Gobierno. La actual presidenta de México, Claudia Sheinbaum, es una excelente catedrática de cómo llegar al pueblo, saltando, incluso, por encima de los medios tradicionales.

Aunque no rehúye a las ruedas de prensa (es una asignatura habitual), con preguntas incluidas, el escenario elegido para sus descargos son los actos públicos. Pero lo hace con educación, sin estridencias y sin alterarse, con absoluta seguridad de cuanto dice. El grado de aprobación ciudadana –entre 70 y 74 % al cerrar 2025– es señal de que su gestión habla fuerte.

Lejos de las actitudes timoratas de los políticos que aspiran a congraciarse con santos y pecadores, Sheinbaum elige a los pobres, a las mujeres e indígenas (pueblos originarios) como aliados y foco central de su gobierno.

Así, desde enero próximo aumentará el salario mínimo de la clase trabajadora: “De 2025 al 2026, el incremento será del 13 %, más de tres veces por encima de la inflación”. Sabe exactamente dónde está apuntando y qué necesita México para continuar aumentando la cantidad de familias que ingresan a la clase media: “Antes había una teoría y que, si le daba a los más ricos, algún día iba a caer para que llegara al que menos tenía. Pues, nosotros, pensamos lo contrario.

A la economía de un país le va bien si le va bien a la base de la pirámide. Si regamos abajo, como los árboles, entonces México florece. Por eso, por el bien de todos, ‘primero los pobres’ es un principio, una causa, y nunca vamos a traicionar esa máxima de nuestro pensamiento”. Por supuesto, no todos evocan el mismo objeto.

La derecha, los empresarios, algunos medios de comunicación y los parlamentarios opositores tienen la mirada de la desaprobación.

¿Por qué razón esta reseña? Nada especial, porque me apasiona y para demostrar que la buena comunicación puede sublimar la tensión político-mediática y superar los muros de la distorsión, para llegar sin filtros ni ruidos a su destinatario final. Buen provecho.

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