• POR FELIPE GOROSO S.

Con la renuncia de Juan Bar­tolomé Ramírez al proceso de selección para cubrir la vacan­cia que se generó luego de que Alberto Ramírez Zambonini cumpliera la edad límite para seguir ocupando el cargo de ministro del Tribunal Supe­rior de Justicia Electoral queda finalmente expuesta una canti­dad de situaciones que venía­mos hablando desde principios de este año. El año que pasará a la historia como el más político de los últimos tiempos.

El Consejo de la Magistratura está sufriendo una aguda crisis en su gestión y por consiguiente en su imagen. Elementos que, por la importancia de su fun­ción, debería de transmitir máximos niveles de confianza en la ciudadanía. Sin embargo, ya viene trastrabillando desde el último proceso de selec­ción para ministro de la Corte Suprema de Justicia, donde un senador activo fue designado. Esa gestión ya fue el adelanto de las próximas decisiones que se venían, una donde los lideraz­gos y posiciones movimentistas y de sectores de los partidos son los que marcan la actuación de sus integrantes.

De alguna manera, y con una visión de proceso y contexto, el concurso está en pleno desa­rrollo, es apenas el segundo epi­sodio. El acuerdo político está tan expuesto que ya ni siquiera hay intenciones de disimularlo. Así como llegó Víctor Ríos a la Corte, ahora aparentemente la jugada es poner a Buzar­quis en el TSJE (con la mirada puesta en el 2023) y para eso había que bloquear la postula­ción de “Ancho” Ramírez como sea. Este último pecó de con­fianza excesiva en el proceso y tal vez no contó con que la grieta al interior de su propio partido es tan grande que cada vez tiene menos visos de solu­ción. Terminó siendo devorado por lo que estamos viendo con cada vez más frecuencia y está plenamente instalado: la pre­ferencia que tienen los movi­mientos políticos de hacer pac­tos con otras fuerzas por fuera y dejando de lado a quienes se creería deberían ser sus aliados naturales, sus propios correli­gionarios.

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A futuro, toda la responsabili­dad queda en los miembros del Consejo de la Magistratura, aún les queda tiempo para pegar el volantazo y mostrar indepen­dencia en sus actuaciones. Y eso se aplica para el proceso actual y para los próximos que deben dirimirse en un futuro cercano, las vacancias de aque­lla tercera silla del TSJE y en la Corte Suprema de Justicia. Será, sin duda, una carrera de resistencia. Una que al llegar a la meta nos permitirá evaluar la justificación de la existencia de una instancia que nació con buenas intenciones: el Consejo de la Magistratura.

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