Por Carlos Mariano Nin.

Columnista

Con las cuarentenas la humanidad le hizo frente a la nueva enfermedad. Poco a poco, quienes fuimos tomando conciencia, entendimos que la única manera de luchar era cuidándonos primero nosotros, para luego cuidar de los demás. Los demás son nuestros hijos, nuestros padres, nuestros abuelos.

Hoy, el coronavirus cuenta con 18,3 millones de infectados en el planeta y casi casi 700 mil muertos.

La Organización Mundial de la Salud en el apogeo de su criticada actuación lo repitió una y otra vez en cuanta conferencia de prensa y discurso transmitía al mundo. La forma de burlar al virus es manteniendo el distanciamiento social, lavándose las manos tras tocar superficies expuestas y no llevarse las manos a la boca, la nariz, ni los ojos y usar tapabocas las veces en que estamos expuestos.

El costo económico de esta lucha es brutal. Una ola de despidos laborales y quiebre de empresas se dio alrededor del globo. Y nosotros no estuvimos exentos de esta nueva realidad.

Nos costó en un comienzo, pero a la vista de la rápida expansión de los contagios fuimos aprendiendo a los tumbos. Hoy estamos ante una nueva forma de vivir, o lo que llaman: la forma COVID DE VIVIR.

En nuestro país los contagiados casi llegan a los seis mil y más de 50 muertos. Los que fluctúan cada día en terapia son entre 11 y 14.

Para nuestro país es casi una catástrofe.

Las Unidades de Terapia Intensiva siempre fueron un déficit de los sucesivos gobiernos. Las autoridades no lo saben, pero para quienes necesitan una terapia para salvar a un familiar, es casi como encontrar una aguja dentro de un pajar.

Constantemente el sistema está colapsado, la mayoría de las veces por los accidentados en el tránsito. Esa no es una novedad. Pero con la llegada del huésped indeseado las cosas empeoraron.

En el sector público, si no me equivoco, existen actualmente 465 camas de terapia intensiva y aquí viene el dato peligroso: de ellas el 60% ya están ocupadas por pacientes con covid-19 y esas otras enfermedades y accidentados de los que te hablo.

Pero no termina ahí. El sistema en sí (o sea las camas de antes de la contingencia) soporta innumerables problemas. Hace poco una doctora amiga me contaba otro dato que hacía referencia al impacto de las unidades que no funcionan. En pocas palabras decía: “se reparan 10 y se descomponen 5” y hay una cama de terapia por unos 9 mil habitantes.

Por si fuera poco, si las terapias fueran suficientes no hay tantos terapistas para hacer frente a una gran demanda. Por donde se lo mire estamos en el horno, según diría mi amigo Pablo.

Esa es la razón por la cual se toman tantas precauciones. No llegar a terapia nos va a dar esa oportunidad codiciada de sobrevivir.

Juan (un nombre ficticio para una situación real) se cuida hasta en los más mínimos detalles. Vive con su esposa, sus hijos y su anciano padre. Usa tapabocas, evita aglomerarse y se lava las manos con frecuencia.

Un día de estos recibió a un primo en su casa. El muchacho había venido de la campaña. El tiempo que no se veían y los efectos hicieron que Juan se entregue a esas muestras de afecto tan corrientes en nosotros.

Hubo apretones de manos y abrazos. Una larga charla, tereré de por medio.

Sin saberlo Juan contrajo el virus que pronto contagió a su padre y ahí se desató un drama que estoy seguro va a cambiar sus vidas.

No sé cómo va a terminar la historia y, sin embargo, pude ver la angustia en sus ojos. Es de los que no se perdonan un error. Ese error que cometemos todos. Pero esa… es otra historia.

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