Las relaciones entre padres e hijos no funcionan de la misma forma toda la vida. ¿Será verdad que de adultos comprendemos mejor sus roles?

Por: Micaela Cattáneo

Si tuviera que describir, con películas, la relación que existe entre padres e hijos, en las diferentes etapas de la vida, sería así: la niñez estaría representada por En búsqueda de la felicidad; la juventud por Un viernes de locos; y la adultez por Una cuestión de tiempo. La primera —en la que Will Smith personifica a un padre desempleado que busca una mejor vida para su hijo— muestra cómo de niños tomamos las enseñanzas de nuestros padres al pie de la letra y cómo, de alguna forma, ellos se convierten en nuestros héroes de lo cotidiano, aún cuando todo parece caerse a pedazos.

Por otro lado, Un viernes de locosdonde Lindsay Lohan se pone en la piel de una adolescente rebelde que, un día cualquiera, amanece en el cuerpo de su madre y su madre en el de ella— expone lo revolucionario de la edad y la incapacidad de ponernos en el lugar del otro, especialmente, de quienes son responsables de nuestro cuidado.

Por último, Una cuestión de tiempo —donde Tim (Domhnall Gleeson) viaja al pasado y al presente desde que su padre le revela que todos los hombres de la familia tuvieron el don de hacerlo– plantea esa necesidad de volver hacia atrás, corregir los errores y valorar más el tiempo con nuestros seres queridos.

Si la ficción propone estos modelos en la pantalla grande es porque, de alguna forma, proyectan una realidad; estas historias se nutren de la vida misma para reflejar lo que sucede en las relaciones humanas. Y es que, como individuos, estamos en constante cambio. No somos los mismos de hace diez, veinte o treinta años; perseguimos otros sueños, nos interesan otros temas y nos relacionamos con los demás, de otra manera. En otras palabras, evolucionamos.

De hecho, la psicología evolutiva estudia estos procesos. Según la psicóloga Cecilia Giménez Arce, la edad del ser humano es clave para entender cómo se generan los vínculos entre padres e hijos, a lo largo de la vida. “De niños, soñamos ser como nuestros padres. Con ellos nos sentimos a salvo. Y esto se debe a que, en la infancia, desarrollamos el complejo de Edipo y de Electra, que es el enamoramiento y admiración del niño hacia la madre y, de la niña hacia el padre, respectivamente”, explica.

Esa idea se rompe en la pubertad y la adolescencia. Y es que se trata de una etapa intensa de cambios físicos y emocionales que, sí o sí, afectan al comportamiento. Sumado a esto, la búsqueda de identidad, que también provoca inestabilidad en las relaciones de todo tipo. “A esta edad, influyen diversos factores como los objetivos, las formas de ver la vida y de sobrellevar las adversidades”, cita la especialista.

Pero en la adultez, el asunto vuelve a dar un giro. Y no es que se desarrollen, nuevamente los complejos de enamoramiento hacia los padres, pero sí se los comprende desde otro lugar. “Conforme maduramos, sentimos más empatía por ellos. El trabajo, el sacrificio para acceder a lo que uno quiere, la formación de una pareja estable y la consolidación de la paternidad y la maternidad ayudan a que entendamos sus roles”, menciona la profesional.

De todas formas, esto no significa que, a una cierta edad, debamos ser una copia exacta de lo que ellos son. Lo sostiene Pilar López, psicopedagoga española, en su blog de educación emocional Bienpensar (bienpensar.com). Para ella, en las relaciones de padres e hijos, “si no se separan las obligaciones y derechos de unos y otros, es muy fácil que el conflicto esté servido”. Y con un ejemplo, lo explica mejor: “Conozco gente que tiene hijos y que pide a los abuelos que cuiden de ellos, pero este favor en muchas ocasiones se convierte en un foco de conflictos, porque los abuelos no se ocupan de los niños como los padres creen que deberían. Y a su vez, los abuelos, piensan lo mismo”.

Sobre el punto, López escribe: “Muchas veces maduramos nosotros, como personas, pero no siempre lo hacen nuestras relaciones. Seguro que tus padres también opinan que no se te puede decir nada”. Pese a las diferencias, ella aconseja “tratar de comprender a los padres” para llevar adelante un vínculo más sano y respetuoso.

Es difícil que te puedas poner en su lugar, ya que sus creencias y vivencias han sido muy diferentes a las tuyas, pero precisamente por eso, hay cosas que no van a poder entender ni cambiar. Comprender no es justificar, así que si tras pedirles que no te traten a ti o a tus hijos de una manera que no toleras, siguen haciéndolo, puedes espaciar el tiempo que pasas con ellos”, comenta la bloguera.

Asimismo, apunta a que el respeto debe funcionar de forma bidireccional para ambas partes. Que sean tus padres o que seas su hijo o hija no justifica cualquier cosa, todos somos personas adultas antes que otras categorías y eso es lo que tiene que prevalecer”, concluye.

Por su parte, Giménez sugiere que para que una relación de padre e hijo se sostenga en el tiempo, y encuentre el equilibrio más allá de las personalidades y las “formas de ver el mundo” de cada uno, hay que darle el merecido espacio al diálogo y a la confianza, y “dejar los tabúes atrás”. No vaya a ser que sea demasiado tarde para, por fin, tener una relación de respeto, entendimiento y amor.