- Jorge Duarte
- Economista
- Rector de la Universidad Politécnica Taiwán Paraguay
Aunque sea un intangible, sí es visible y notoria la identidad. Cuba, como cultura e identidad, a todas luces no pasa desapercibida. Desde sus playas, su tono y cadencia en el lenguaje, hasta su manera de hacer política, sobresale en toda Latinoamérica.
Los Castro han sido un caso excepcional de permanencia en el poder en el continente. Este récord de duración de la dictadura del clan, la construcción del relato de la revolución, la mano férrea de su gobierno, y su gran capacidad para esparcir la ideología marxista formando grupos de insurgencia armada en la región, infectando casi todos los países del continente, debería seguir estudiándose en la academia de una manera seria.
Se podría atribuir la fuerza y el impacto de esta influencia política a la formación y los recursos ofrecidos por la Unión Soviética a la isla durante la Guerra Fría. Sin embargo, tanto esta Unión como la guerra terminaron hace aproximadamente 35 años, tiempo suficiente para agotar los recursos recibidos. No obstante, el régimen mantuvo su influencia, adaptándose a las necesidades y desafíos del momento.
El impacto que ha ejercido su política en todo el continente es significativo. Constituyó una amenaza inmediata, visible y de primer orden para EE.UU. en la crisis de los misiles de 1962, y siguió amenazando el dominio del país del norte con posterioridad.
De manera anecdótica, me tocó visitar a un enfermo desposeído internado en el Hospital de Clínicas de Asunción a inicios de la década de 2000.
El hombre, en un guaraní cerrado, me comentó que su primo estaba siendo entrenado por un grupo paramilitar en el Departamento de San Pedro, que se reunía en túneles y veneraba como reliquia cuasi religiosa un casquillo de proyectil de fusil usado por Fidel Castro en la Revolución Cubana.
Fue enorme mi sorpresa ante esa situación: un labriego venido del Paraguay profundo, sin ninguna afinidad con el castellano, hablándome de Fidel y de la revolución: esa es la efectividad de la infiltración cubana.
La capacidad cubana de hacer política, en resumen, es la capacidad de mirar estratégicamente la construcción del poder y de ejercer, de manera efectiva, influencia en la toma de decisiones. Si bien el clan Castro la usa de manera subversiva, esa capacidad también se puede usar con fines legítimos.
Marco Rubio, Secretario de Estado de EE.UU. y Consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca —doble cargo no visto desde la época de Kissinger en los años 70—, es heredero de la capacidad estratégica cubana, hijo de inmigrantes de la isla.
Rubio está dando un giro a cómo EE.UU. se mueve, teje el poder e interviene en el continente americano. El decidido foco en neutralizar la influencia china en la región —empezando por interrumpir el proyecto de la nueva ruta de la seda mediante la intervención en las concesiones logísticas de Panamá, extirpar la influencia china de Venezuela y apoyar de manera consistente a gobiernos latinoamericanos en línea con la visión del Departamento de Estado— son solo algunas de las acciones patentes en la región.
Sin embargo, hay otras menos visibles pero mucho más eficaces, vinculadas al delicado trabajo de la persuasión, el tejido de alianzas y la construcción de un relato coherente de valores que genere adhesión, dentro de un marco estratégico más amplio.
La captura de Maduro, realizada de manera quirúrgica en Caracas, bajo la mirada atónita de las fuerzas especiales cubanas que custodiaban la seguridad del dictador chavista, es la dimensión coercitiva de la intervención.
Sin embargo, el trabajo minucioso de coordinación con las autoridades neofiloamericanas en Venezuela —Delcy Rodríguez y su cúpula—, además de la articulación con los presidentes de la región para apoyar la transición democrática del país bolivariano, constituye la labor delicada de legitimación de la intervención del Departamento de Estado.
El caso de la estrategia de intervención en Cuba tiene pasos distintos. Rubio busca primero generar la legitimidad de la futura intervención, reduciendo al mínimo la capacidad de reacción del clan Castro.
Para ello, se pone en perspectiva histórica todo el daño acumulado que el régimen castrista ocasionó al continente americano, y se suman sanciones económicas contra el conglomerado militar, GAESA, que maneja las inversiones económicas en la isla.
Esa capacidad de influencia en la región, que fructifica en la elección de líderes políticos en línea con la mirada de Washington y se reafirma por la capacidad creíble de una intervención militar exitosa, hace visualizar una Latinoamérica consolidada como territorio unificado en una visión común.
Este panorama se hace muy difícil de asimilar para los gobiernos que todavía tienen el ideal del “Socialismo del Siglo XXI” y han planificado sus horizontes políticos desde esa mirada “progresista” para LATAM.
No es en vano que Lula, en vez de dirigir diatribas contra la Casa Blanca, busque justificar su aumento de gasto militar apelando al riesgo de una invasión paraguaya, evocando al héroe máximo —al Mariscal Francisco Solano López—, un fantasma histórico de más de 150 años para el Brasil.
Pero así como la izquierda latinoamericana romantizó la figura de un cubano revolucionario como Fidel, es tiempo de que otro despierte asombro y admiración ante la clara visión estratégica, la lógica argumentativa y la capacidad de ejecución de su plan: quien es hoy el Secretario de Estado N.º 72 de los Estados Unidos de América, Marco Rubio, con su sello cubano de hacer política.

