Mediante un par de videos acompañados de sus respectivos mensajes compartidos en su cuenta de Instagram, Celine Dion relató que desde hace tiempo se encuentra lidiando con problemas de salud; por lo que se vio obligada a cancelar conciertos y realizar la reprogramación de otras presentaciones.
“Celine Dion reprograma los shows de primavera 2023 para 2024, y cancela ocho de sus espectáculos de verano 2023″, reza partes del escrito publicado. En tanto que en torno a su estado de salud dice: “He estado lidiando con problemas de salud durante mucho tiempo, y ha sido muy difícil para mí enfrentar estos desafíos y hablar de todo lo que he estado atravesando”.
De acuerdo a las publicaciones Celine padece de una enfermedad neurodegenerativa denominada “Síndrome de la Persona Rígida” por lo que se encuentra en plena reestructuración de su gira Courage World Tour. En la ocasión la cantautora canadiense de 54 años aprovechó para saludar a sus fans y aclarar que no lo había anunciado antes, debido a que no estaba preparada para ello.
“Me diagnosticaron un trastorno neurológico llamado Síndrome de la Persona Rígida, que afecta a 1 de cada millón de personas. Ahora conocemos sobre qué es lo que ha estado causando todos los espasmos que he estado teniendo”, destacó Dion en la grabación.
Según informes de medios especializados, el SPR es una enfermedad neurológica muy rara, que se caracteriza por la rigidez muscular progresiva, con espasmos musculares dolorosos que se desencadenan espontáneamente o ante estímulos sensitivos.
Cabe destacar que la artista también resaltó que cuenta con el apoyo y seguimiento de un fabuloso equipo de profesionales médicos e indicó que está trabajando diariamente junto a su terapeuta deportiva para recobrar fuerzas; sin embargo, admitió que es toda una lucha y al mismo tiempo afirmó que lo que sabe y le gusta hacer es cantar, que fue lo que hizo toda su vida.
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La juventud europea se moviliza contra la clase política en una histórica ola de protestas
De las escuelas ocupadas en Roma al campamento en el centro de Madrid, pasando por las manifestaciones en Francia, los jóvenes de toda Europa expresan su ira contra una clase política que, a su juicio, no los escucha. Sus demandas son diversas, pero están unidos por la voluntad de hacer escuchar voces que a menudo son marginadas, a veces con métodos radicales ante la violenta respuesta policial.
“Nos quedaremos en la calle para arrebatar el futuro a las clases dirigentes que nos lo han quitado”, afirma Damiano Fusa, un estudiante de 18 años del Liceo Cavour de Roma, el primero en ser ocupado en la capital italiana antes de que decenas de otros centros fueran bloqueados por sus alumnos.
“Nadie nos representa”, declaró a la AFP, criticando tanto a la coalición de extrema derecha de la primera ministra italiana Giorgia Meloni como a los anteriores gobiernos de centroizquierda por sus recortes en educación y su incapacidad para tomar en cuenta las necesidades de los jóvenes.
Cientos de miles de estudiantes han manifestado en Francia, España y otros países europeos en las últimas semanas, con protestas que en ocasiones degeneraron en disturbios. Las reacciones oficiales se han concentrado principalmente en temas de orden público: Francia impuso toques de queda parciales e Italia desplegó militares, una respuesta que, para los manifestantes, oculta sus reclamos y podría empeorar la situación.
“Los políticos dan respuestas completamente desconectadas de la realidad, completamente absurdas”, opina Luis Marques, de 19 años, estudiante de Psicología en Lisboa. Los jóvenes exigen a los gobiernos tomar medidas contra el alza de los alquileres en las ciudades, reducir el gasto en defensa a favor de la educación y generar más oportunidades laborales para la juventud.
Pero los expertos señalan un problema más amplio: una parte importante de la población no se siente representada políticamente y siente cada vez más enojo por ser marginada. “Estos jóvenes no solo no se sienten integrados en la política, sino que tampoco se sienten escuchados en absoluto”, señala Geoffrey Pleyers, presidente de la Asociación Internacional de Sociología.
Para Rosario Forlenza, profesora de Historia Contemporánea en la Universidad Luiss de Roma, se trata de una “revuelta generacional europea” surgida de una crisis social y económica “a la que la política, en el fondo, no sabe dar respuesta”. “En toda Europa, los jóvenes representan la minoría de la población, una parte que disminuye cada vez más y, por tanto, su peso social, económico, cultural, político y electoral es cada vez más insignificante”, agrega.
“Inspirar a otras personas”
La ira de los jóvenes se siente especialmente en Francia e Italia, donde están previstas nuevas manifestaciones este sábado. “La gente está furiosa, ya no aguanta más. Trabajar duro todo el día para no poder llenar el carrito de compras”, contó a la AFP Eddy, un estudiante de 20 años, durante una marcha en Burdeos el pasado fin de semana.
“¿Romperlo todo va a cambiar las cosas? Creo que puede ser un sacudón para los políticos. Ya no sabemos qué hacer para que nos escuchen. ¿Las urnas? No creemos en ellas”, añadió. Los distintos movimientos de protesta nacionales en Europa se inspiran unos de otros, e incluso miran hacia movimientos juveniles en países más lejanos, como Bangladés, India o Nepal.
En Italia, un lema dirigido a los estudiantes la semana pasada los exhortaba a “hacer como en Francia” y algunos símbolos se utilizan ampliamente, como la bandera pirata de One Piece, que suele estar presente en las protestas juveniles en todo el mundo. Marcos Navarro, un madrileño de 22 años que trabaja como técnico de control de calidad en un laboratorio, explica que a la capital española están llegando manifestantes de toda Europa para compartir sus experiencias.
“Vinieron a preguntarnos: ‘¿cómo hicieron? ¿cómo se organizan?’ Ya intercambiamos ideas”, explicó el joven, quien desde finales de septiembre acampa junto a cientos de personas en la plaza de la Puerta del Sol, en el corazón de Madrid, para protestar contra el costo de la vivienda y los desalojos. Ayla Herrero, una antropóloga de 26 años que colabora en la enfermería de la acampada, considera que “es bastante motivador para nosotros saber que inspiramos a otras personas, que esto no se queda solo aquí”.
“Inaceptable”
La inquietud generada por el aumento del gasto militar en Europa desde la invasión rusa de Ucrania también es motivo de gran preocupación. Nikos Mavroudis, un estudiante de secundaria de 17 años del barrio de Exarchia en Atenas, estima que ese dinero podría destinarse más bien a renovar su escuela, donde se caen pedazos de yeso.
“No es aceptable que las aulas sean peligrosas”, sentencia el joven, quien sueña con ser cocinero y piensa irse a vivir a otro lugar de Europa, “a países donde las cosas van mejor”. En la secundaria Morgagni de Roma, donde bloquearon las puertas con pupitres, los alumnos destacan el estado de deterioro de las instalaciones.
Un joven de 18 años, que prefirió mantener el anonimato, lamenta que en Italia los medios y los responsables políticos se centren demasiado en los saqueos y los actos de vandalismo cometidos por algunos manifestantes. Y es “únicamente para dirigir el odio contra los estudiantes, que son las víctimas de este sistema”, señala.
Al ser consultada sobre la violencia, Sabrina Brizzola, de 24 años, coordinadora de la Unión de Estudiantes Universitarios Italianos, afirma que asociaciones como la suya deberían “organizar y canalizar esta ira generacional” porque “los temas son comunes”. Aunque luego cada uno se manifieste “con los métodos que considere apropiados”.
Fuente: AFP.
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La profecía de Gadafi vuelve como una pesadilla mientras Europa arde
Este martes se cumplen 15 años del asesinato de Muamar Gadafi y su profecía vuelve a resonar en una Europa sacudida por disturbios, edificios incendiados, saqueos y protestas multitudinarias. El líder libio advirtió que destruir su Gobierno podía desencadenar una crisis que desbordaría las fronteras de su país. Hoy, mientras varias ciudades europeas enfrentan episodios de violencia y una creciente tensión social, aquellas palabras adquieren una inquietante actualidad.
En una entrevista exclusiva concedida a RT en 2011, meses antes de morir, Gadafi alertó que Libia era una barrera estratégica frente a la migración africana hacia el continente europeo. “Si la situación se vuelve inestable, Libia se transformará en un segundo Afganistán: millones de inmigrantes se dirigirán a Europa”, sostuvo.
La intervención militar de la OTAN y la caída del régimen terminaron por sumir a Libia en una prolongada crisis política y de seguridad. Desde entonces, el país se convirtió en una de las principales rutas de tránsito para migrantes y refugiados que intentan cruzar el Mediterráneo, en travesías que frecuentemente terminan en naufragios y tragedias humanas.
Francia estalla
El escenario europeo vuelve a encender las alarmas. En Francia, las manifestaciones que comenzaron por el deterioro de las escuelas, el costo de vida y el aumento de los combustibles desembocaron en algunos de los episodios de violencia más graves de los últimos años.
Durante las movilizaciones del sábado 17 de octubre, cientos de miles de personas salieron a las calles. Aunque muchas marchas fueron pacíficas, grupos violentos protagonizaron enfrentamientos con la Policía, saquearon comercios, incendiaron vehículos y atacaron edificios públicos. En Limoges, un histórico ayuntamiento del siglo XIX terminó envuelto en llamas. Las autoridades respondieron con detenciones y medidas de seguridad, incluidos toques de queda localizados.
La violencia no quedó confinada a París. En Lyon, Marsella, Burdeos y otras ciudades también se registraron incidentes.
Italia tampoco quedó al margen. En Milán, una manifestación contra el encarecimiento de la vida y el deterioro de los servicios públicos derivó en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Algunos participantes arrojaron piedras y otros objetos contra los agentes, levantaron barricadas y prendieron fuego a estructuras improvisadas. Se reportaron policías heridos y decenas de detenidos.
En Bélgica se registraron disturbios y detenciones durante las protestas, mientras que en Portugal miles de personas se movilizaron contra el encarecimiento de la vivienda y los bajos salarios.
España, por su parte, también ha sido escenario de manifestaciones vinculadas a la crisis habitacional y al costo de vida. La sucesión de episodios refleja un malestar que atraviesa distintas sociedades europeas, aunque sus causas no son idénticas.
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Inmigración sin límites
En medio de este panorama, la inmigración se ha convertido nuevamente en uno de los asuntos más explosivos de la agenda política europea. Sectores de derecha sostienen que la llegada de población extranjera ha agravado los problemas de seguridad, integración y convivencia, mientras otros advierten que atribuir los disturbios a los migrantes sin pruebas alimenta la discriminación y profundiza las divisiones sociales.
Las cifras oficiales muestran la dimensión de los movimientos migratorios, aunque también obligan a ponerlos en contexto. Según Eurostat, durante 2025 se registraron 669.400 primeras solicitudes de asilo de ciudadanos de países no pertenecientes a la Unión Europea, un 27 % menos que en 2024. Los venezolanos encabezaron la lista, seguidos por afganos y sirios. España recibió el mayor número de solicitudes, por delante de Italia, Francia y Alemania.
Estos datos corresponden a solicitudes de protección internacional y no representan el total de inmigrantes ni permiten determinar cuántos son musulmanes. Tampoco demuestran que la migración sea la causa directa de los recientes disturbios. Sin embargo, la presión sobre la vivienda, los servicios públicos, la seguridad y la integración continúa alimentando un debate que divide a gobiernos y ciudadanos.
A la vez, las preocupaciones por el extremismo religioso y la presencia de organizaciones radicales forman parte de las discusiones de seguridad en distintos países. No obstante, la existencia de células religiosas concretas debe sustentarse en investigaciones o informes verificables, y no puede confundirse con la presencia de comunidades musulmanas, cuya diversidad impide tratarlas como un bloque homogéneo.
Quince años después de la muerte de Gadafi, su advertencia se mantiene como una de las controversias más incómodas sobre las consecuencias de aquella guerra. Libia continúa fracturada y Europa afronta tensiones migratorias, protestas sociales y episodios de violencia que desafían a sus gobiernos.
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El discreto encanto de la cancelación
- Dr. José Duarte Penayo
- Filósofo
- Presidente de la ANEAES
El pasado 29 de setiembre, durante la presentación de una plataforma digital del gobierno estadounidense, Donald Trump dispuso que la expresión “inteligencia artificial” fuera sustituida por “superinteligencia” en las comunicaciones oficiales. Nueve días después, anunció en su red social Truth Social que consideraría como su “enemigo” a quien utilizara el nombre anterior.
El episodio me hizo recordar algunas prácticas de la cultura “woke”, de la que Trump se ha declarado adversario. Recordemos que “woke” se relaciona con estar “despierto” en inglés y que, originalmente vinculada a la denuncia del racismo, hoy alude a una sensibilidad progresista especialmente atenta a las identidades, las discriminaciones y el lenguaje.
Sus críticos le reprochan decretar qué puede decirse y qué palabras deben desaparecer, pero ahora ellos mismos descubren las ventajas de administrar el vocabulario ajeno.
Tomemos como ejemplo la libertad de expresión. Defenderla como principio supone reconocerla también al adversario. Pero cuando una opinión se juzga por la identidad de quien la pronuncia antes que por sus argumentos, una frase puede ser valiente en boca de los nuestros e intolerable en boca de los otros.
La libertad termina convertida en privilegio de quienes piensan como nosotros, mientras sus administradores se proclaman, naturalmente, sus más fervientes defensores.
No es casual que este modo de razonar encuentre antecedentes en cierta recepción del pensamiento francés que acompañó y sucedió al Mayo del 68. Aquella constelación sometió a crítica al sujeto racional, a las verdades establecidas y a toda pretensión de universalidad.
Décadas después, algunas de esas herramientas fueron reinterpretadas en las universidades estadounidenses, donde la pregunta por las relaciones de poder se volvió gravitante.
Luego llegó la vulgarización de las teorías, el salto de la crítica a la consigna cultural. El resultado fue paradójico: se volvió sentido común sospechar de toda verdad universal, mientras determinadas interpretaciones comenzaban a exigir obediencia casi religiosa.
Esta sensibilidad nacida de la impugnación de las jerarquías encontró promotores en universidades de élite, grandes corporaciones, plataformas digitales y oficinas encargadas de redactar protocolos para cuidar las “diferencias” y las “sensibilidades”, como dicen quienes tienen la horrible obsesión de pluralizar los sustantivos.
Lo que comenzó como un lenguaje de la emancipación terminó sirviendo para clasificar personas, administrar reputaciones, realizar generosas consultorías y producir nuevos expertos. Una tradición dedicada a desenmascarar el poder proporcionó así un vocabulario cómodo para ejercerlo.
La rebeldía había conseguido algo que las barricadas de París del 68 difícilmente imaginaron, convertirse en un sofisticado departamento administrativo.
Quizás el “wokismo” sea menos una ideología progresista que un espíritu prepolítico, una actitud capaz de instalarse en doctrinas opuestas. Su denominador común sería la renuncia a reglas basadas en la argumentación, reemplazadas por la autoridad de identidades y pertenencias. Donde unos invocan la experiencia de grupos históricamente excluidos, otros invocan la supremacía étnica o nuevas jerarquías naturales. Cambian los símbolos, las víctimas y los culpables, pero permanece el procedimiento: comprobar si quien habla está “autorizado” para formular determinada afirmación.
Así prospera un “wokismo antiprogresista”, con sus sensibilidades heridas, sus propias víctimas, su vocabulario obligatorio, sus ceremonias de exclusión y, por supuesto, sus listas de cancelados.
El caso de Trump resulta particularmente irónico, porque después de que el ala dura republicana dedicara años a denunciar la corrección política, su presidente termina practicándola desde la Casa Blanca, hasta convertir una palabra en prueba de lealtad.
Más aún, asistimos a una curiosa transformación de la célebre distinción entre amigos y enemigos de Carl Schmitt. Aquello que el jurista alemán consideraba una distinción específicamente política aparece revestido de criterios morales e identitarios. Ya no basta con refutar al adversario, también hay que demostrar que pertenece a una categoría moralmente sospechosa y merece ser excluido de la conversación. Para eso alcanza con encontrar una palabra fuera de lugar y convertirlo en un condenado moral, sin derecho a réplica.
El motivo de la inteligencia artificial agrega otra ironía. Durante décadas, ciertos ambientes intelectuales cuestionaron al sujeto racional, la originalidad de las obras y las fronteras entre lo real y sus representaciones.
Ahora que las máquinas escriben, producen imágenes e imitan voces humanas, reaparece la preocupación por la autenticidad y la identidad de los autores. Resulta difícil no sonreír ante la urgencia con que algunas esencias, despedidas solemnemente de los seminarios, vuelven a ser convocadas para defender la singularidad humana.
De ese modo, en una inversión típica de las comedias de enredos, los antiguos deconstructores buscan ahora en el Hombre (como concepto) algo imposible de deconstruir, acaso para tranquilizar su buena conciencia ante los riesgos de la inteligencia artificial, mientras que los cultores de la incorrección política comienzan a mirar con creciente simpatía la posibilidad de regimentar el uso del lenguaje.
Los filósofos franceses no son responsables de cada extravagancia contemporánea, ni podemos confundir la denuncia de injusticias reales con el particularismo de sus versiones más dogmáticas. Importa distinguir las obras de sus usos, una crítica del poder de su posterior aprovechamiento por quienes lo ejercen.
Hay una diferencia fundamental entre denunciar la falsa neutralidad de una regla y pretender que ninguna regla tenga validez más allá de la identidad de quien la invoca.
La primera posición somete los principios a la crítica, mientras que la segunda termina por liquidarlos. Precisamente en esa confusión es donde proliferan los comisarios del lenguaje, de todas las tendencias, siempre dispuestos a decidir qué se puede decir, quién tiene derecho a decirlo y, sobre todo, quién merece ser silenciado.
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Exportaciones con Certificado de Origen aumentaron 15 % en setiembre
Las exportaciones paraguayas respaldadas por el Certificado de Origen alcanzaron USD 936 millones en setiembre, lo que representa un crecimiento del 15 % frente a los USD 813 millones registrados en agosto. En términos de volumen, los envíos totalizaron 1.428.174 toneladas de productos durante el noveno mes del año, de acuerdo con los datos de la Ventanilla Única de Exportación (VUE).
El continente americano se mantuvo como el principal destino de los productos nacionales, con exportaciones por USD 655 millones y más de un millón de toneladas. Brasil lideró las compras dentro de la región, con USD 276 millones, seguido de Argentina, que registró adquisiciones por USD 166 millones.
Entre los demás mercados americanos se destacaron Chile, con envíos por USD 66 millones, Estados Unidos, con USD 40 millones; Uruguay, con USD 32 millones, y Perú, con USD 28 millones. Estas cifras reflejan la relevancia de los países de la región para la colocación de productos paraguayos en los mercados internacionales.
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Por su parte, Asia se ubicó como el segundo continente de destino, con exportaciones por USD 152 millones. Dentro de este mercado, Israel concentró compras por USD 46 millones, mientras que India registró USD 27 millones, posicionándose entre los principales destinos asiáticos de los envíos certificados.
En tanto, Europa recibió productos por USD 110 millones durante setiembre. Los envíos hacia África alcanzaron USD 16 millones, mientras que Oceanía registró operaciones por USD 1,5 millones, según los datos de la VUE.
El desempeño del noveno mes del año estuvo marcado por el incremento del valor de las exportaciones respaldadas por el Certificado de Origen respecto a agosto. La distribución de los envíos muestra una concentración en América, aunque también se mantiene la presencia de productos nacionales en mercados de Asia y Europa, además de destinos de menor participación en África y Oceanía.