- Toni Roberto
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Este domingo Toni Roberto parte de un acontecimiento meteorológico de la pasada semana y rememora, muy a su estilo, otros acontecimientos parecidos de décadas pasadas, y un detalle muy particular, la situación residencial de una egregia dama asuncena del barrio Manorá después de la tormenta.
Todo estaba preparado para la elección de Reina en Asunción en 1998, que recayó en Luz Marina González. De repente, en el recinto se escuchaban unos estruendos que parecían de otro mundo.
La luz iba y venía, mientras la sólida estructura del gran Teatro del Banco Central del Paraguay hacía como caparazón de una tortuga gigante, salvando a todas las personas que estábamos en ese gran complejo arquitectónico adornado por los jardines que había diseñado el célebre arquitecto brasileño Burle Marx e inaugurado en 1984.
AQUEL 1993
Del otro lado de la ciudad, en la zona de Sajonia, caía peligrosamente la hoy ya legendaria y desaparecida antena del Canal 9 y en muchos puntos de la ciudad se perdían grandes archivos de connotados intelectuales y también el de fotografías del señor Norberto Miltos de Foto Estudio París sobre la calle Quinta.
Como si fuera un documento gráfico hecho para este artículo, diseñado hace ya treinta y tres años por Ricardo Migliorisi, un dibujo que luego se convertiría en serigrafía para la invitación a una cena en la casa de Guillermo Caballero Vargas, para apoyar al Museo del Barro que había sufrido la caída del techo en ese año por una gran tormenta, así, la pieza artística inmortalizó ese infausto acontecimiento meteorológico del año 1993.
EL SONIDO DE OTRO MUNDO
El sábado pasado de tarde, a eso de las 18:00, volví a escuchar aquel sonido de 1998, como una antesala de la indomable naturaleza, de repente, como si fuera una acción de algún francotirador, empezaba el granizo. Momentos después, semejándose a una combinación orquestada en los cielos de Asunción, caía la gran lluvia, llevándose por delante, mis libros, cuadros y dibujos, uno, muy particular, al que yo le denomino “Paisaje roquero de las cuatro plazas”, dedicado a mi compañero de infancia Rolando Chaparro, que se manchó para siempre y dejando una huella indeleble.
LA DAMA DE MANORÁ Y LA TORMENTA
Siempre después de una tormenta viene la calma. Voy a una gran residencia vecina del barrio Manorá y veo un somier matrimonial en la sala, con los fastuosos muebles estilo Luis XV haciendo de improvisados roperos, agujeros en el techo como si fuera una gran ducha del más encumbrado toilette.
La dama incólume, siempre vestida de punta en blanco, me invita a tomar un té en su comedor, entre portarretratos salvados, otros manchados, cuadros amontonados, tejas francesas rotas y su chofer, una especie de “Perkins vernáculo”, esperando en la puerta principal con el auto absolutamente bombardeado por la naturaleza.
Siempre trato de quitar lo positivo de lo negativo, la imagen y estos recuerdos nos muestran al final que somos muy pequeños frente al infinito que decide encaprichado, recordarnos que es amo y señor de todas las batallas, que nada humano puede detenerlas y mientras escribo estas líneas, en el “jaborái” de mi estudio, de mi techo sin techo, escucho que Mingo, una especie de profesor Fermín Villalba de esta época, nos anuncia la próxima tormenta.

