• Ricardo Rivas
  • Periodista – Enviado especial

El Hércules C130 TC 64 sobrevoló el aeródromo de Marambio lenta y pesadamente. Lo escuchamos claramente. No conseguimos verlo. Cerca de un centenar y medio de ojos lo buscaron en el cielo gris muy oscuro.

“Nubosidad baja”, desde un par de días atrás anuncian las plataformas meteorológicas globales. Pronóstico cumplido. La invisibilidad de aquella máquina transformó el ánimo colectivo. Pero no fue suficiente para abandonar la esperanza, aunque la misma expectativa construimos justamente un día atrás cuando un intento de regreso se frustró. Pienso en ayer.

Que fue tan raro como este hoy porque en ningún momento fue de noche. ¡Qué extraño es todo esto! Decir que es como “un atardecer permanente” –como poéticamente lo describe Juan Gómez, vicecomodoro de la Fuerza Aérea Argentina, jefe de la Base Marambio– no parece suficiente para bajar el telón de cada día. Los motores de la enorme aeronave vuelven a escucharse.

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El rugido mecánico parece llegar desde el invisible Mar de Weddel oculto por debajo del “mar de nubes”, como aquí se llama a esta condición climática. Una vez más el centenar y medio de ojos se clavan en el cielo. Lo patrullan. Silencio. Parece eterno. “Allá viene... lo veo!”. Parece suspendido en el aire.

Una estela de humo negro se desprende de cada uno de sus motores. La imagen crece vertiginosamente. Casi a ras del piso sobrevuela los primeros 400 metros de la pista cubierta por una fina capa de hielo y unos 4 centímetros de nieve. En el mismo tiempo que se posa sus motores rebajan al máximo sus revoluciones.

El comandante lo deja correr hasta cerca de los 900 metros. Se detiene. Advierto que detrás de mí, bajo la Bandera, al pie del mástil que la sostiene y le permite flamear, un grupo de jóvenes que finalizan la “invernada” se empujan y revuelcan sobre la nieve como algunos años antes lo habrán hecho en el momento en que finalizaron sus viajes cuando egresaron de la secundaria. Los percibo alegres, aunque no me parece que esa presunta alegría sea por partir. Son y se sienten antárticos y antárticas.

La aeronave no se mueve. El comandante procura saber si puede girar y transitar sobre piso firme. Con cuidado extremo gira para llegar hasta donde se detendrá para que desciendan algunas personas y subamos otras. Debemos hacerlo con rapidez.

La compuerta trasera se abre. Nos acomodamos lo mejor posible en el interior de un avión carguero. Los motores continúan encendidos. Silencio profundo. Respiraciones lentas. Ritmos cardíacos acelerados y ruidosos. Las pibas y los pibes se recuestan (acurrucan) sobre sus mamis. Miro y me pregunto... ¿por qué los traen para invernar en la Antártida en familia?.

Llegar al continente con el colega periodista Daniel Bertagno y esperar para en la segunda etapa volar hasta El Palomar, una base aérea militar en el Gran Buenos Aires. Faltan 3.000 kilómetros. El final de una aventura periodística

EN VUELO

Los cuatro motores turbohélices aceleran al mango. El fuselaje vibra intensamente. Los SKUAS (como apodan a la y los pilotos de helicópteros con los que almorcé y cené cada uno de mis días siempre diurnos en la Base Marambio) me enseñaron que “cuando el vuelo se inicia todo está chequeado varias veces”.

También me aseguraron que “en 800 metros” el avión ganará altura “para volver a casa”. Cierro los ojos. Daniel Bertagno –hermano amigo, colega periodista y académico– gran compañero de viaje me codea. Hace un par de selfies.

El comandante suelta los frenos. Por las pequeñas ventanillas solo se ve el gris oscuro del cielo. Se escucha claramente cuando el hielo en la pista se quiebra y vuela en pedazos. Algo de nieve, también. Silencio extremo. La nariz del Hércules C130 TC 64 le apunta de lleno al cielo. Comienza a ganar altura. Estable. Solemne. Épico.

La meteorología era complicada pero el Hércules C130 TC64 llegó al aeródromo de Marambio para buscarnos. Pilotaje de excelencia
Caminar con cuidado extremo para llegar hasta el Hércules C130. Resbalar sobre el hielo es muy peligroso

El piberío estalla en ovación. Alguna mamá lagrimea. Un chiquilín de 11 años deja su lugar. Me invita a choca puñitos. “¿Lo voy a volver a ver señor?”, me pregunta mirándome fijamente. Creo que la Antártida, tal vez, comienza a quedar atrás. ¿Será así?

En las entrañas de Heracles (Hércules) hijo de Zeus –dios supremo de los dioses el Olimpo, senior del cielo, del trueno y la justicia, también llamado “Padre de dioses y hombres”– regresa el silencio. Los cuatro motores ronronean parejos. Adormezco. En alguna dimensión transito la Antigua Grecia. Valoro a Hércules. Lo asumo como un rescatista de altísima gama como los que seguramente impulsan a los que vi entrenando en Marambio con clima extremo.

Tengo la convicción de que el nieto de Cronos y Rea nos llevará hasta Río Grande, donde el 15 de noviembre comenzó esta misión académica que devino en aventura tan inesperada como inevitable. T

al vez de eso también se trate vivir. Hasta unas pocas horas atrás los interrogantes iban por otros senderos. ¿Con quiénes y dónde brindaremos en las medianoches del 24 y el 31 de diciembre próximos? Sé que muchos y muchas de aquellas y aquellos que nos vieron partir porque finalizaron sus invernadas todavía piensan en ello.

Gera Gómez –el YD (yanki delta, en código de la Organización de Aviación Civil Internacional-OASI)–, jefe del aeródromo Marambio, deberá esperar para desayunar con su hija en Córdoba, Argentina. La niña y su papá entristecerán. Otros muchos y muchas también tendrán que esperar.

Las proyecciones climáticas pronostican que “no serán posibles las operaciones aéreas” por varios días. ¡Qué bajón! Daniel me despierta. Poco más de tres horas estuve en situación de ausencia. Llueve cadenciosamente en Río Grande. Una brisa helada obliga a recordar la Antártida. Aun así, nos reciben calidez.

“Bienvenidos, antárticos”, nos dice el comodoro Rober Romero. Nos abraza y ofrece acompañarlo con café caliente recién hecho. Se agradece y disfruta. Todavía deberemos volar unos 3 mil kilómetros para llegar a El Palomar (un aeropuerto militar en los alrededores de Buenos Aires) a bordo de otro Hércules.

LOS REGRESOS

Los regresos –vaya a saber por qué– siempre me parecen mucho más largos que los viajes de ida. Volver, siempre es incierto. Vivir es un viaje de ida permanente. El profe don Édgar Morin –palabra más, palabra menos– suele reivindicar la incertidumbre como una suerte de motor vital. Lo pienso y re-pienso.

Llega Maximiliano Magiaterra, el comandante conjunto antártico a bordo de otro Hércules. Nos abraza después de recibir los honores protocolares que corresponden a su cargo y jerarquía militar. “¡Bienvenidos, antárticos!”, repite como momentos antes lo hiciera su camarada dirigiéndose a nosotros.

Embarcados en el Hércules para la primera etapa del regreso. Marambio - Río Grande

Nos despedimos con el compromiso de reunirnos para cenar “el año que viene”. De nuevo estamos en la panza del Hércules. Nos sorprende que avanza la nocturnidad. En treinta y cinco días cerca del Polo Sur nos desacostumbramos a la noche que sigue a cada día. Ganamos altura. Entrecierro los ojos. Vuelvo a la Antigua Grecia.

El hijo de Hipnos y Pasitea –corporizado– avanza sobre mí irremediablemente. Morfeo se me acerca. Me atrapa. No resisto. Sé que cuenta con el respaldo de los Oneiros que obedecían fielmente a su madre.

Tal vez hayan pasado casi cinco horas de vuelo suave. En el momento que bajé del TC 66, es noche cerrada. Puse mis ojos en el cielo. Después de 36 días volví a la nocturnidad. Caminamos juntos hasta un recinto desprovisto de toda comodidad. Solo lo justo. Austero. Militares –hombres y mujeres– compañeros de viaje y de muchos de nuestros 35 días en la Antártida esperan órdenes. Un niño de unos 11 años se me acerca.

“Lo voy a extrañar, señor”, me dice mientras me abraza con fuerza. Me hace lagrimear. No puedo pensar con claridad. Mucho para recordar. Mucho para procesar… Para revisar. En el Cabify viajo en silencio. Mañana temprano avisaré a La Nación que estoy de regreso.

Es tarde. Cerca del mediodía más próximo volaré a nuestra casa... Hoy hace ocho días que regresé. La inmanencia antártica me invade. Las noches me quedan largas. Muy largas. No consigo dormir con continuidad. Con cada insomnio los recuerdos recientes me atropellan. Las consultas médicas, varias, solo tienen una respuesta coincidente. “Síndrome posantártico”, diagnostican. Es demoledor. Cansa. Confunde. Agobia.

Tengo la convicción y la necesidad de llamar a mi querido amigo-hermano, colega periodista y maestro Augusto dos Santos. Debo advertirle que muchas de las respuestas que le di cuando me entrevistó a distancia para “Expresso” no fueron las más adecuadas. Carecieron de precisión. Vestir de antártico como lo estaba entonces no fue suficiente para contestar con suficiencia.

No pocas veces la ignorancia nos induce a creer que sabemos de aquello que desconocemos. También quiero que sepa que hasta el pasado 15 de noviembre –cuando llegué a la Antártida– aquel continente para mí era un sueño más entre muchos que, como tantos otros, ya lo tenía en el largo listado de los incumplidos.

Por esa razón, querido Augusto, siento que antes de responderte debiera haberte advertido que como dicen que alguna vez dijo Woody Allen, “si quieres hacer reír a Dios, cuéntale tus planes”.

Es posible también que Woody nunca lo haya dicho. Pese a todo, para este caso siento que con esa frase podría haber respondido a todas tus preguntas cuando quisiste saber qué hacía allí. Espero sepas comprender que, como vos y tu curiosidad natural devenida en oficio, tampoco lo tenía claro.

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