- Ricardo Rivas
- Periodista – Enviado especial
La Antártida es un territorio tan lejano y extraño como escasamente conocido. Veo caer la nieve que hace remolinos delante de las ventanas. No consigo hilvanar pensamientos ante lo desconocido que me arrolla.
El viento, desde el Polo Sur, sopla con fuerza. De a ratos –cuando supera los 90 kilómetros– parece rugir. Desde que nuestros relojes marcaron las 3 am el sol hace esfuerzos para superar las nubes sin ningún éxito. El cielo está plomizo. Desde el mar de Weddell –todavía congelado y con témpanos tan lentos como inquietos que se desplazan incansables– claramente se acerca un tipo de niebla a la que aquí se la menciona como “mar de nubes”.
La isla Seymour, donde nos encontramos, está doscientos metros más arriba que de espejo de aguas que en los veranos se muestran muy azules. “El clima no se estabiliza todavía”, dice un veterano que en pocos días más habrá de finalizar su tercera campaña antártica.
Con Daniel Bertagno, amigo y colega periodista, llegamos un puñado de días atrás. Desde entonces, la única calidez de la que disfrutamos es la humana. El clima sacude. Apremia. Estresa. El paisaje –para estos dos recién llegados– tiene solo dos matices cromáticos. El naranja de las construcciones y las ropas que nosotros también vestimos y el blanco de la nieve y el hielo que está por todas partes. Enorme contraste. En una ceremonia tan sencilla como breve recibimos nuestros certificados personales que acreditan nuestro “paso en la Base Antártica Marambio”.
En el clima humano es posible percibir agitación emocional y algún grado de ansiedad que alcanza por igual a quienes dejan este lugar después de invernar un año y quienes arribamos con los ojos bien abiertos. Hay abrazos entre muchos y muchas. Los cuatro potentísimos motores turbohélice Allison T56, del Hércules C130 TC64 que nos trajo hasta aquí, no se detienen desde que llegamos.
ATERRIZAJE IMPECABLE
El aterrizaje fue impecable. Se apresta para partir. Nos buscará dentro de 36 horas. La plataforma donde nos encontramos se despobló. Una nube de polvo saturada con piedritas pequeñas que las sentimos cuando golpean contra nuestras camperas nos envuelve. El hijo de Zeus se eleva en el cielo.
Como en las películas, desde la cabina de mando nos saludan a quienes quedamos en tierra. Respondemos. Damos la espalda a esa pista de aterrizaje que desde el 29 de octubre de 1969 opera ininterrumpidamente. Recorremos en silencio la “avenida Noemí Troche”. Alguien nos explica que “llamamos así a esta pasarela en homenaje a la meteoróloga que más sabe del clima en la Antártida, a donde llegó por primera vez hace poco más de 25 años desde Tandil”, corazón de la provincia de Buenos Aires.
El viento sopla como nunca lo percibí antes de este día. Alguien me dice que supera los 85 kilómetros en la hora. Ruge. La nieve se arremolina. Pega contra las ventanas. El mar del Weddell –de un momento para otro– ha desaparecido cubierto por una nube grisácea impenetrable. Los intentos para caminar por las pasarelas demandan esfuerzos. Daniel hace fotos. Captura momentos. Sugiere que regrese. Lo hago. Sentado en un viejo sillón ubicado en un espacio al que aquí llaman pub, con la vista nublada por la bruma que todo lo cubre, repaso las horas más recientes.
Unos 5.548 kilómetros al norte de este destino asombroso está mi querida Asunción con su calidez permanente. Un reporte climático que recibo en este minuto me dice que la sensación térmica llega a los -25 grados. El informe advierte que, en el exterior –si por alguna razón tuviera que abandonar este lugar– no debería exponerme por más de 80 minutos.
EXPOSICIÓN LETAL
Nada dice la advertencia sobre el después de ese tiempo. Todo permite pensar que puede ser letal. Las suposiciones me exceden. Permanezco en silencio. Decido que es tiempo de escuchas y percepciones. El ecosistema hace docencia en mí. Los recuerdos de corto plazo ganan espacio. Eran las 4:30 am cuando se inició este viaje.
El pasaje del enorme avión en el que viajábamos estaba en silencio profundo. Hombres y mujeres –mayoritariamente desconocidos entre sí– tal vez parecían estar profundamente comprometidos con el silencio. Solo hablaban –escasamente– los tripulantes. Alguien quiere saber si estamos todas y todos los viajeros. Se percibe excitación. Una llovizna pertinaz empapa la pista del aeropuerto de la ciudad de Río Grande, en el extremo norte de la provincia de Tierra del Fuego, esa enorme isla donde la Argentina continental queda al otro lado del estrecho de Magallanes.
El viento troca en presencia inevitable. Lentamente la nocturnidad de baja intensidad noviembreña se desvanece. La máquina mueve. El aeropuerto comienza a quedar atrás. La “nariz” de la enorme aeronave busca el mar. El Atlántico Sur se despliega majestuoso delante de los ojos de la tripulación que conoce cada vibración de la vieja estructura como los propios ruidos de sus cuerpos. Dormitamos hasta que alguien invita a pasar a la cabina de mando. Los dos pilotos, el navegante, el ingeniero de vuelo y el jefe de carga saludan sin permitirse que sus sentidos se relajen. La vista aérea es sorprendente.
Témpanos, aguas congeladas, hielos imponentes reflejan los rayos solares que fragmentan en gamas cromáticas definitivamente más eficientes que el Pantone. ¡Hermoso y sorprendente! Aterrizar en el aeródromo de la Base Aérea Militar Conjunta Vicecomodoro Marambio es un espectáculo muy fuerte. El comandante posó al hijo de Zeus y lo frenó en menos de 700 metros. Inolvidable.
UN TERRITORIO LEJANO Y EXTRAÑO
La Antártida es un territorio tan lejano y extraño como escasamente conocido. Las tareas de las y los científicos para que sepamos más de esta tierra sorprendente nunca parece terminar y, seguramente, siento que no habrá de finalizar. Caminar por sobre estos hielos que en esta época de cada año comienzan a descongelarse –en algunos lugares– torna difícil.
Por debajo del bellísimo paisaje níveo, blanco, radiante está el barro en el que los borceguíes se hunden irremediablemente. Casi... la vida misma, pienso y valga la paráfrasis. El ruido mayor que se percibe es el del silencio. Sacude. Estremece, por cierto. Después que el avión Hércules C130 TC 64 se va el tronar de sus cuatro motores queda entre nosotros. Entre quienes nos quedamos hasta que regrese para buscarnos y devolvernos al continente.
Con Bertagno miramos la partida con nuestros ojos clavados en el cielo. Como pibes mirábamos al viejo Hércules. Tal vez, supongo, así seguramente miramos aquel primer barrilete que, en mi caso, buscaba ese ventarrón para elevarse en el cielo (mi cielo) de la esquina de la plaza de Monroe y Ramsay en mi pueblo natal, el Bajo Belgrano, en Buenos Aires. Mi querido viejo, con frases cortas, sencillas, me enseñaba cómo hacerlo. Así me siento ahora.
Un puñado de brazos color naranja se alzaron hacia la tan vieja como poderosísima aeronave. Saludamos a sus tripulantes y pasajeros cuando nos sobrevolaron. Claramente vimos cuando nos respondieron. Comenzaron los saludos, las presentaciones. Tal vez hayamos estrechado más de sesenta manos. Y luego, las largas y distendidas charlas con gentes que atesoran experiencias de todo tipo.
RESERVA
Con quienes dialogo –para esta “Cierta historia incierta”– no tienen ni tendrán nombres. No los consignaré. Es un compromiso. Les di mi palabra de que así será. El mar de Weddell que momentos antes me deslumbró, desapareció. El viento ruge. El escenario cambia de un minuto para otro. El sol radiante que nos recibió también desaparece. La visibilidad es cero. Comienza a nevar. Veo caer la nieve que hace remolinos delante de las ventanas de las instalaciones. No consigo hilvanar pensamientos ante lo desconocido que me arrolla.
“Inocente... me has contado / Tu manera de sufrir... / Y no sabes que conozco / Cómo te gusta vivir... / Que no vuelves por las noches... / Que no llegas a dormir / Y no sabes que conozco... / Cómo te gusta vivir...”. Ivonne (Guzmán) me sorprende. La Delio Valdez ocupa todos los espacios.
Escucho que una cocinera que cada día prepara manjares para siete decenas de mujeres y hombres que habitan aquí tararea. En el gym quienes entrenan con las mancuernas, las pesas, la cinta... cambian el ritmo y, en algunos casos, cantan en voz baja. “Y una noche solo aparecerás... / Del otro lado de esa puerta / Queriendo suplicar que te perdone / Mirándome a los ojos... / Pidiendo una oportunidaaaaaad...”.
Las horas pasan velozmente. Un jefe aeronáutico se acerca. Con profunda seriedad nos mira e informa que “el Hércules que debía buscarlos mañana no llegará. Se averió. Un motor dejó de funcionar. No sabemos cuándo podrán volver para buscarlos”. Aquí, todo es repentino. Como la tormenta. Para la cena me siento junto a un rescatista. Muchos y muchas de quienes aquí se encuentran lo son. Entrenaron duro para ello. Se lanzan al mar desde helicópteros en vuelo, desde gomones. También son buzos.
La mesa facilita la charla distendida. “Aquí entendí mucho de lo que me contó un amigo que hace rescates en alta montaña. ¡Tiene casi 50 cumbres en el Aconcagua (el pico más elevado en la cordillera de los Andes con 6.961 metros en la provincia argentina de Mendoza) y allí está... siempre!”, dice.
CERCA DE LOS OTROS
Creo percibir que habla con él mismo más que conmigo. Lo escucho con profunda atención. “Siento que lo mío es estar cerca de los otros. De ayudar. No cambiaría este trabajo por ningún otro”. Es su primera vez en la Antártida. Se quedará para invernar. Dentro de una docena de meses, si el clima lo permite, otro ocupará su lugar aquí.
Miro una y otra vez el reloj. Son casi las 22. La luz natural que nos ilumina me confunde. Ayer –cuando el clima era apacible– el cielo, a esta misma hora, desde el oeste, todo lo coloreaba intensamente de un color naranja que viraba por momentos al rojo vivo. Una meteoróloga que viajó hacia aquí en el mismo avión que nosotros –cerca de las 24– me dijo que a las 22:03 se había puesto el sol.
DIURNIDAD
La diurnidad, pese a ello, no cede. Aviso a Arturo y a Paulo –mis jefes en La Nación– que “no sé cuándo regresaré”. No lo pueden creer. Bromean para levantarme el ánimo que –debo decirlo– para nada ha cambiado. ¡Esta aventura inesperada es tan fantástica como única! La sobremesa es extensa. El viento rugiente –omnipresente– hace que por momento podamos imaginar que somos protagonistas de una serie finlandesa.
Solo en Karppi pude ver e imaginar climas extremos como el que desde largas horas protagonizamos. Pero aquí no nos acompañan –afortunadamente– personajes tan particulares como los que con excelencia componen Pihla Viitala, Lauri Tilkanen, Jani Volanen y Tommi Korpela con tanto éxito en Netflix. No. Esto se parece mucho más a una enorme familia ensamblada cuyos miembros procuran empatizar. En alguna mesa juegan encarnizadamente al truco.
Un ex casco azul en varias misiones de paz de las Naciones Unidas recuerda momentos y situaciones muy particulares en Chipre y en otros escenarios que no mencionaré por el compromiso de preservación de la fuente asumido. “En esos lugares aprendí para siempre la importancia y el valor que tiene reconocer la condición humana para comprender qué hacemos, dónde lo hacemos, cuándo lo hacemos cuando cumplimos con nuestro trabajo”.
Comparto con mi interlocutor la misma sensación de sorpresa que alguna vez también tuve en el Líbano cuando vi que allí “toman mate como nosotros”, aunque “cada uno tiene el suyo y no lo comparte”. Notable, por cierto. Pero ese detalle es, justamente, lo que desde el inicio de 2010 pienso que hace muy diferente el sentido de esa práctica social en la Argentina.
Volvemos a preguntar por “la pingüinera”, como llaman aquí a un fragmento de tierra donde esas aves monógamas habitan. Un científico nos dice que “está a poco más de dos kilómetros y medio de aquí”, pero nos exhorta a “no ir a molestarlos... ni siquiera acercarse para que no se estresen”. El pingüino emperador es majestuoso.
HAZAÑA
La Antártida es noticia desde siempre. En 1901, una expedición sueca, a bordo del Antartic, a cargo del geólogo Otto Nordenskjöld, se lanzó a explorar el Continente Blanco. Pidieron ayuda alimentaria a la Argentina que gobernaba Julio Argentino Roca. El presidente accedió, pero –como contraprestación– embarcó en el Antartic al alférez José María Sobral. Desembarcaron en el Continente Blanco.
El sueco y el argentino instalaron un campamento en la isla Cerro Nevado. Permanecieron unos 18 meses. El buque debía recogerlos dos años después, pero se hundió entre los hielos. Los náufragos –como pudieron– sobrevivieron casi doce meses. El presidente Roca decidió auxiliarlos. Ordenó al capitán de navío Julián Irizar que comande a la corbeta Uruguay para rescatarlos. Lo hicieron el 8 de noviembre de 1903. Con botes pequeños los embarcaron en la corbeta. Irizar, con ellos a bordo, regresó al puerto de Buenos Aires, donde una multitud los vitoreó.
Los medios gráficos más importantes de entonces en Europa registraron y reportaron la hazaña con amplitud. Le Petit Parisien, Le Petit Journal, La Domenica del Corriere, entre otros, lo ubicaron en sus portadas. Los restos de uno de los botes que salvó tantas vidas se conservan en el Museo de la Base Marambio. Emociona verlo.
EL CESE DE LA TORMENTA
La tormenta pierde fuerza. Sin embargo, el viento sopla con fuerza desde el sudoeste a poco más de treinta y cinco kilómetros en la hora. El cielo tiende a despejarse. Dejó de nevar. Enormes montículos de hielo rodean las instalaciones. Hombres y mujeres en pocas horas más –con picos y palas– despejarán los accesos antes que el hielo endurezca. Se preparan para ello.
En el pub un capitán y un comodoro comparten con Daniel y conmigo café caliente. También algunas fotos con las que saturan las memorias de sus dispositivos. Nos regalan algunas. Una vista de la Vía Láctea. Otra de la luna que ilumina el gigantesco hangar donde se estacionan los helicópteros de rescate.
Con Daniel decidimos terminar con el encierro y aventurarnos a la intemperie. Aun arropados como “antárticos”, el viento frío nos sacude. No aguantamos más que unos pocos minutos. Solo el tiempo necesario para guardar una panorámica en la memoria del celu.

