El relato de hoy aborda otra etapa de la vida como profesional del periodismo, nuevos desafíos en un país donde la libertad de prensa y opinión eran un sueño imposible, donde, sin embargo, con ingenio y capacidad se pudo salir adelante.

  • Por Pepa Kostianovsky

El regreso no fue rei­vindicatorio. La salud de Eduardo se había resentido en aquellos meses. Y todas nuestras cosas habían ido a remate.

Sin embargo, alquilamos una casita modesta cercana a la de mis padres y nos arremanga­mos. Eduardo se pasó al ramo inmobiliario, con entusiasmo y suerte.

Invitación al canal de WhatsApp de La Nación PY

Papá y yo volvimos a Última Hora, colorido y modernizado, pero ya las circunstancias nos ponían a menos de media máquina. Kostia se resignó a escribir una columna de viejas anécdotas, las que luego de su muerte recopiló Alfredo Seifer­held en un librito encantador que decidimos llamar “Comen­tarios ligeros y desprolijos”.

Yo hacía notas anodinas, cual­quier cosa. Como para pasar desapercibida. Por el mes de mayo, Zuccolillo me llamó.

–Vos tenés que venir a Abc. Aquí no precisás esconderte.

Prácticamente fue una orden. El 20 de mayo de 1978 llegué a Abc. Sin mayor mérito ni currí­culum. No sé si fue la intuición de “Acero”, que me imaginó “hija de tigre”, o sus propias ganas de fastidiarlo a Montanaro.

Cuando ya me tenía allí, no sabía qué hacer conmigo. Pri­mero me mandó a hacer notas en la Revista Dominical. Ya en la primera armé barullo. Se me ocurrió investigar por qué los próceres de la Independencia eran igualitos. Todos tenían la misma cara, uno con raya al medio, otro con barbita, el ter­cero con incipiente calvicie y el cuarto con trenza. Pero los rasgos eran idénticos. Así fue como me enteré de que el maes­tro Alborno, a quien le habían encargado pintar los retratos un siglo más tarde, no disponía más que de algunas referencias. Y, sin preocuparse demasiado, los hizo a su gusto.

La publicación motivó una ofen­didísima réplica de los descen­dientes del artista, que se nega­ban a aceptar la creatividad paterna.

La verdad es que escribía sobre lo que me viniera en gana. Y eso era muy cómodo. Hasta que a Zuccolillo se le ocurrió que Abc necesitaba un suplemento feme­nino. Y no encontró nada mejor que encargármelo.

Al principio me resistí. Por aquella época, las páginas de la mujer transitaban entre trapos y ruleros, ramos que no son de mi especialidad, por lo menos en lo conceptual.

ANTE SU INSISTENCIA, PUSE MIS CONDICIONES

– Yo hago un suplemento feme­nino, pero como a mí se me antoja.

– Hacé lo que quieras. Pero poné también cocina –dijo en un intento de recuperar el mando.

– Pongo cocina, peo como yo quiero. La cocina es faceta esen­cial de las culturas. Como tal hay que tratarla.

Prefirió no seguir discutiendo. Y me anunció que el suplemento debía salir el siguiente miércoles.

En el primer número publi­qué una de las notas más her­mosas que elaboré en mi vida. Hice una suerte de collage con una entrevista a Chichita Velilla de Aquino y las antiguas rece­tas compiladas por la señora de Artecona, en un librito poco conocido, publicado por los años 30, llamado “La cocinera paraguaya”, que incluye recetas increíbles, desde la sopa para­guaya que prefería el mariscal López hasta el “caldo de sustan­cia” en el que se mezclan licores, entrañas de diversos animales, hierbas y clavos herrumbrados y se suministra a tuberculosos, convalecientes y moribundos en general. La nota se llamó “El sabor del a buen tiempo”.

Incorporé comentarios de libros, notas sobre salud y psi­cología. Opiniones de colum­nistas invitadas. Entrevistas a intelectuales. En fin, una serie de cosas que hoy son absoluta­mente comunes. Pero entonces, fueron novedosas.

Después de una amplia entre­vista que le hice a Josefina Plá, lo convencí a Zuccolillo de que la contratara como colabora­dora del diario. Sus artículos eran maravillosos y nos enviaba tantos que ya no sabíamos donde incluirlos. No daban abasto el suplemento Cultural, la Revista y el Femenino. Sospecho que en algún estante de Abc todavía debe haber una carpeta verde con artículos inéditos de doña Josefina.

Abc era un diario serio, se supo­nía que no podía apelar a mi imaginación para llenar colum­nas con saraos fantasiosos ni reportajes imaginarios. Hasta que un día, Francisco Talavera, leyendo La Nación de Buenos Aires, subrayó una información sobre un Congreso de Geriatría que se llevaría a cabo en Puerto Yguazú, para cuyo cierre estaría presente la por entonces famo­sísima médica rumana Anna Aslan, que había descubierto unas drogas con supuestas pro­piedades rejuvenecedoras.

Coincidía con la reciente inau­guración del sensacional Hotel de las Cataratas, en el lado argentino.

Por supuesto, allá fuimos yo y Marilyn Parini, que oficiaba de fotógrafa, a hacerle a Anna Aslan un reportaje exclusivo para los lectores paraguayos.

Llegamos el viernes. Nos instala­mos en el hotel. Y nos enteramos que la doctora llegaría el sábado a la siesta y daría una conferencia a las siete de la tarde. Cuando el gerente supo que éramos perio­distas de Asunción, se encargó de atendernos como a reinas. Des­pués del almuerzo del sábado, nos dispusimos a esperar la lle­gada de nuestro objetivo. Apa­reció a eso de las tres e la tarde, su secretaria nos dijo que estaba muy cansada, peo que bajaría a las seis para darnos la entrevista, antes de su conferencia.

La muy malandra bajó a las siete en punto. Ni nos miró y fue directo a instalarse frente al micrófono para dar su charla.

Era obvio que al terminar haría lo mismo.

MARILYN ESTABA DESESPERADA

–No te preocupes –le dije-. Hacele unas fotos de costado, en las que no se vea el micrófono.

Por mi parte. Tomé nota de todos los pasajes humanos o que superaban el interés mera­mente médico de su conferen­cia. Cuando llegó el momento del debate, levanté la mano y le hice una pregunta.

Al terminar, me mezclé entre los médicos que se acercaban a saludarla. Marilyn captó el momento preciso en que nos dábamos la mano.

–Ya está. Con esto es suficiente –le dije a mi partenaire, que tem­blaba como una hoja.

–¿Qué vas a hacer?

–Vos quedate tranquila, aquí no hay ningún paraguayo y esta bruja jamás va a leer Abc.

Ni se te ocurra comentar que no conseguimos la nota.

El domingo volvimos a Asun­ción. Marilyn seguía asustada.

El lunes, en la redacción yo me limité a decir que todo había marchado sobre ruedas. Ella entregó el rollo para revelar. Me senté frente a la máquina y fabri­qué un reportaje que ocupó las dos páginas centrales del suple­mento. Transformé el material pirateado de la conferencia en una entrevista y la culminé con mi única pregunta:

–De lo que usted ha dicho, ¿podemos inferir que sólo nos quedará la posibilidad de morir en un accidente?

Y SU RESPUESTA

–Viviremos hasta los ciento treinta años, pero sanos.

De paso, me cobré una pequeña venganza consignando que la doctora Aslan tenía 80 años y no aparentaba ni uno menos.

El reportaje fue un éxito. Chi­qui Ávalos, nuestro colega y “rival”, que dirigía por entonces el Dominical de Hoy, me envió un inmenso ramo de rosas con una tarjeta, felicitándome por el “logro periodístico”.

En Abc nadie se enteró jamás. Y si el director lo lee ahora, espero que el tiempo transcurrido haya hecho prescribir la causal de despido.

Las entrevistas fueron por mucho tiempo mi fuerte. No usaba grabador, no solamente porque “desgrabar” es un tra­bajo odioso, sino porque tenía una especial torpeza con esos aparatejos, casi nunca lograba hacerlos funcionar. Simple­mente tomaba notas en una suerte de taquigrafía personal y luego recomponía las char­las, sintetizándolas y dándole a la conversación un desarro­llo lógico.

Las entrevistas que se transcri­ben textualmente son aburridas para el lector. Porque la conver­sación puede ser difusa y reite­rativa. Y la lectura reclama un diálogo ágil que revele no solo el contenido, sino el tono de las palabras, de las pausas y de los silencios. Es como hacer un libreto teatral, requiere mucho más que una simple transcrip­ción de una serie de preguntas y respuestas.

Eran mi especialidad. Me salían redonditas. Al punto que en los últimos cinco años de la dicta­dura, durante la clausura de Abc y Radio Ñanduti, publiqué dos libros de entrevistas a políticos, intelectuales y periodistas, ana­lizando el momento y pronos­ticando el futuro del país. Eran más de cincuenta, ninguno ima­ginó lo que pasaría entre “el San Blas y la Candelaria” del ‘89.

Déjanos tus comentarios en Voiz