Lorenzo Silva Arce era indígena y también indigente. Tenía 29 años cuando lo asesinaron mientras dormía en una parada de buses en el centro de Asunción. Ya pasaron nueve meses del crimen y hasta ahora nadie sabe quién lo asesinó.

Por Aldo Benítez - Fotos Fernando Riveros – gentileza

Ni siquiera se sabía su identidad cuando encontraron su cuerpo. La Policía le practicó las pruebas dactilares con el Sistema de Identificación Automática por Huellas Dactilares (AFIS) y no figuraba en los registros. Los agentes del Departamento de Investigación de Homicidios acordonaron la cuadra y trabajaron en la escena del crimen. No encontraron nada relevante para dar con el o los responsables del asesinato. Así, al amanecer del 16 de diciembre del 2019, un cuerpo con impactos de bala fue ingresado a la Morgue de Asunción como NN.

Recién al día siguiente, el 17 de diciembre, cerca de las tres de la tarde, desde la Policía Nacional se confirmaba que el hombre asesinado era Lorenzo Silva Arce. Que tenía 29 años. Que había nacido en Tacuatí, departamento de San Pedro, uno de los más pobres del Paraguay. Que trabajaba por las calles asuncenas reciclando de las sobras de la basura desde unos meses antes. Que hasta ese día no había familiares que lo habían reclamado. Y que, por supuesto, no tenía ningún antecedente policial.

Según la definición académica, indigente hace referencia a aquella persona que “carece de lo necesario para vivir o que lo tiene con escasez”. No es casualidad, viendo esta equivalencia, que la palabra indigente tenga mucho parecido con indígena, sobre todo en Paraguay, donde la vida de estos pueblos cada vez es más difícil, ya sea para mantener sus territorios, sus costumbres, sus culturas.

Lorenzo Silva formaba parte de este micromundo indígena. Muchos años antes de llegar a la capital del país a rebuscarse entre las basuras, Lorenzo vivía en la comunidad Naranjito Santa Lucía, que corresponde al pueblo mbya, un pequeño remanente de árboles y chacra que se ubica en el distrito de General Resquín, departamento de San Pedro. Su madre, Florencia Arce, falleció cuando él era apenas un niño. Así fue que desde su infancia quedó a cargo de su padre, don Virgilio Silva, y de su hermano mayor. Esos tiempos no eran fáciles para Lorenzo, a pesar de estar con los suyos.

Así lo recuerda don Benicio Ramírez, líder de la comunidad. Dice que desde muy pequeño, Lorenzo tenía que trabajar en la chacra o ayudando a su padre en estancias cercanas. Pero el problema en ese entonces –y hasta ahora– es que don Virgilio tiene problemas para controlar su consumo de bebidas alcohólicas, algo que se profundizó cuando Florencia falleció. “Lastimosamente cuando decidió irse a Asunción a rebuscarse ya perdimos contacto. Nos enteramos recién después lo que le pasó, realmente es triste”, dice a La Nación don Benicio, en un guaraní pausado, a través de una llamada telefónica, en referencia a Lorenzo.

En Naranjito, Santa Lucía, actualmente viven 86 familias indígenas. Según don Benicio, la situación es complicada porque están subsistiendo gracias a los víveres que reciben y al trabajo diario en las chacras dentro de la comunidad, atendiendo el contexto del covid-19. “No podemos salir y, además, creemos que es mejor estar aislados para no traer la enfermedad a nuestra comunidad porque eso sería grave si llegamos a contagiarnos”, dice don Benicio.

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El banco de madera está gastado. Al costado de una de las bases está un pequeño nicho con unas flores de plástico en colores rojo y amarillo. Ahí estaba acostado Lorenzo cuando fue atacado. En la parte superior del banco le agregaron un letrero que reza “Parada Lorenzo” y por la pared, una madera pegada con la inscripción “yo era Lorenzo”, escrita a mano. Después del asesinato de Lorenzo Silva, la parada de buses ubicada sobre Jejuí casi Montevideo, en el microcentro de Asunción, adquirió un valor humano diferente.

Quienes tuvieron la iniciativa de hacer estos arreglos forman parte de un pequeño colectivo de personas que se formó después del asesinato. Gente vinculada a la Iglesia Católica y referentes históricos en esto de abogar por los más vulnerables de este país, como el pa’i Oliva, además de referentes en la defensa de derechos humanos e indígenas, se unieron en manifestaciones pacíficas. Incluso armaron un grupo de Whatsapp para compartir información y datos. Estar actualizados.

Desde enero empezaron a juntarse casi todos los lunes de noche. Compartían unos momentos sobre los avances de la investigación fiscal-policial, si es que tal cosa ocurría, o simplemente estaban ahí, con velas encendidas, como una manera de manifestación. Así lograron convertir la pequeña parada en un lugar de reunión para que se pueda escuchar la voz de Lorenzo de reclamar justicia. Era una pequeña forma de resistencia contra el olvido. Un mensaje mínimo de memoria.

El asesinato de Lorenzo no formó parte de la agenda mediática y política del país en esos días de diciembre del 2019. Salvo algunas publicaciones en redes sociales o medios digitales, lo que acaparó la atención esa semana fue la imprevista renuncia de Mario Ferreiro a la intendencia de Asunción, con todo lo que eso implicó, más las denuncias de una supuesta caja paralela en la administración municipal. Para ese entonces, el mundo todavía estaba lejos de sospechar que hoy estaríamos ante una pandemia.

Todo esto y otras cosas pasaban en el país mientras las investigaciones trataban de dar con el asesino de Lorenzo. Pero nada parecía conducir a que sería un caso típico de crimen; es decir, al menos partir de una hipótesis sobre posibles sospechosos, algún enemigo identificado o los antecedentes del asesinado que podría ayudar a dar pistas. Por dar un dato, la Fiscalía pudo contactar con un familiar recién después de días de que su cuerpo fue identificado. El papá de Lorenzo, Virgilio, también estaba por Asunción recorriendo calles y juntando lo que había en basureros o calles todo lo que pueda ser reciclado. Se enteró lo que pasó con su hijo recién cuando desde el Ministerio Público contactaron con él.

La fiscal Daniela Benítez es la encargada de la investigación desde el primer día. En comunicación con La Nación, Benítez habla de que la causa investigativa sigue abierta, aunque reconoce que hay muchos elementos que dificultan avanzar hacia lo más importante, que es determinar quién es la persona que disparó contra Lorenzo Silva la madrugada del 16 de diciembre.

“Nosotros verificamos todas las cámaras de la zona, se siguió el vehículo hasta donde se tiene cámara y en ninguna parte se puede identificar la chapa, las luces no permiten ver los números”, asegura Benítez. Relata además que se hizo todo el trabajo que se requiere en estos casos, trabajando con los agentes policiales del Departamento de Investigación de Homicidios. Tenemos informe de balística, tenemos el trabajo que hicieron los forenses en el lugar donde fue encontrado el cuerpo, todo. Sin embargo, no tenemos algo para conducir a identificar al que disparó", dice Benítez.

El informe de balística señala que el proyectil que mató a Lorenzo salió de un arma tipo revólver calibre 38, que no figura en el sistema de registros de la Policía Nacional para verificar el posible dueño. Hasta hoy, la Fiscalía no pudo encontrar el testimonio de algún testigo que pueda ayudar a esclarecer el hecho. Benítez dice que revisando las imágenes se puede comprobar que el vehículo del cual salió el disparo pasó al menos dos veces antes de encontrar a Lorenzo Silva acostado en la parada.

“Entiendo que se diga que no hay nada nuevo, pero en la medida de las posibilidades se está trabajando en el caso”, dice Benítez. Agrega que junto a ella trabajan las fiscalas Silvia Cabrera y María Alvarez, ya que el Ministerio Público decidió crear un equipo de investigación en este caso, dadas las circunstancias extrañas del asesinato del indígena Lorenzo.

Benítez prefiere no calificar si el motivo del crimen haya sido una cuestión de odio, pero asegura que no hay elementos que puedan vincular a Lorenzo en un caso en el que haya generado alguna reacción violenta en su contra, no hay ni siquiera testimonios contra él. “Hicimos desde el primer momento todo y en forma consecutiva, pero con todos los resultados que tenemos hasta ahora, informes técnicos, del laboratorio forense y de la Policía, lamentablemente es así, uno siente como que nos quedamos estancados porque no podemos dar con el responsable”, dice la agente del Ministerio Público.

Una cámara de seguridad muestra el momento exacto en el que disparan a Lorenzo Silva. El vehículo gris se estaciona muy cerca de Lorenzo, que está acostado en el asiento de la parada de buses, aparentemente durmiendo. De repente, desde dentro del automóvil se ven los destellos de los disparos. Lorenzo cae, se toma del estómago y queda tendido en el suelo. Algunos vecinos que escucharon los disparos salieron a ver lo ocurrido y alertaron a la Policía. Cuando los agentes llegaron, Lorenzo ya estaba sin signos de vida.

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Don Virgilio, papá de Lorenzo, abandonó la comunidad de Naranjito. Según cuenta don Benicio, no podía con las constantes preguntas respecto a lo que pasó con su hijo, ya que los dos salieron de la comunidad para buscar otras cosas que hacer y la vuelta le tocó hacerlo solo a él. Por de pronto, los hombres de Naranjito, que generalmente trabajan en estancias o fincas, hoy no están saliendo para evitar cualquier tipo de contagio del covid-19. Se dedican a la chacra y en lo que pueden. Mientras, están aguantando con sus familias gracias a los víveres que proveen la municipalidad local, el Instituto Paraguayo del Indígena (Indi) y la gobernación. Hasta el momento, no se reporta ningún caso positivo en la comunidad, dice don Benicio.

El líder indígena, sin embargo, hace una reflexión sobre la vida. Se pregunta cómo es posible que alguien pueda matar a otra persona así, de la nada, por aquello que algunos llaman odio. Y termina haciendo un pedido, que suena casi a desgano, como un cumplido sin fe: “Ojalá que haya justicia”.

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