Por Bea Bosio, beabosio@aol.com

Cuando empezó la cuarentena, Leonarda supo inmediatamente que era cuestión de días para que el hambre comenzara a hacerse sentir en el barrio. En la zona donde vive, son muy pocos los que como ella tienen el privilegio de un trabajo estable y el resto se maneja al día:

Alguna obra de albañilería.

Alguna changa callejera.

Algún servicio pasajero que permita seguir luchando.

Leonarda conoce a sus vecinos porque ya son 30 años de convivencia en la base del Parque Caballero, en esa suerte de paraíso verde intervenido por un sistema que por una razón u otra ha ubicado a ciertas familias debajo del barranco. La génesis del éxodo siempre es parecida: Algo va mal en el interior y llegan a la capital a buscar abrigo. En su caso, fue un problema sanitario. Un miembro de la familia enfermó tan grave que en un acto desesperado por salvar su vida lo apostaron todo. Y lo perdieron todo. Hasta el terreno familiar luqueño, que los obligó a migrar buscando un lugar donde empezar de nuevo. Durante muchos años batalló en la calle para el sustento de sus cinco hijos cuidando coches, limpiando vidrios. Todavía se emociona cuando relata lo que fue para ella el gesto de que alguien le diera un primer trabajo estable y remunerado. (Y hasta me enternece en medio de tanta fortaleza, cuando de pronto ríe y comenta femenina el desafío –y el orgullo– que fue subirse a su primer par de tacos.)

Leonarda hoy en día es un referente comunitario. Con los años se ha vuelto líder en ese matriarcado donde la mayoría de los hombres duran lo que un suspiro y muchos están de paso. Fue ella con un grupo de mujeres quienes empezaron preparando tortilla y cocido debajo de un árbol cuando empezó la pandemia para que ningún niño anduviera con un agujero en el estómago. Al ver la respuesta de la gente, siguió el próximo paso. Una colecta puerta a puerta donde cada quien donaba algo. Arroz. Poroto. Fideo. Y de ahí un par de cocineras de la zona –expertas en raciones– hacían el milagro.

Poco después se agenciaron para armar una estructura de madera que sirviera de techo y con el apoyo de la Pastoral Social, hoy en día sirven 150 platos diarios. Leonarda maneja su olla y a la vez coordina dos comedores donde otro par de mujeres lleva el mando. Es obligatorio el barbijo para quienes vienen a servirse, y una bacha está dispuesta para el lavado de manos. Todo está organizado. Hasta la cartulina en la pared que tiene escrita la lista de “prioritarios”: Un niño que queda solo cuando su mamá sale a buscar trabajo. Una profesora que lucha un cáncer, otro par de enfermos postrados y un grupo de ancianos.

A ellos les llevan la comida hasta sus casas con un sistema de delivery que han ideado.

A Leonarda no le amedrentan los madrugones ni el cansancio. Reparte su tiempo entre sus horas laborales y las comunitarias de la olla que ha armado. Su sueño cuando todo esto termine es pintar las casas de su zona en colores vivos y armar un “paseo de las luces”, de manera que el camino de todos esté siempre alumbrado…

“Para eso tendrá que pasar todavía un tiempo” –me dice y sonríe– y yo creo que es su propia luz la que ilumina todo su barrio.



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