Anita despide a Giuseppe en el puerto de Montevideo y observa en la proa la línea del horizonte marcando la divisoria entre el mar y el cielo. Atrás quedan los siete años que la pareja vivió en Uruguay y los combates del sur de Brasil contra el Imperio. Giuseppe irá tras ella en poco tiempo. No tiene miedo. En la travesía que la lleve a Italia, Anita Garibaldi será como un mascaron de proa, jugando libre con el viento. Aquella idea le enciende el alma y siente la adrenalina de la aventura, la misma que sintió cuando conoció a Giuseppe y se fue con él, huyendo de las maledicencias y de los días simples para siempre. Anita arropa a sus tres hijos que viajan con ella, y no siente nostalgia alguna por la América que deja. Italia los llama ahora y los espera.

Sabe que su marido tiene una causa grande por la que luchar en Italia: Nada menos que la unificación e independencia. Cuando llega a Niza y va a Génova a anunciar el retorno de Garibaldi, la gente la reconoce por sus hazañas en las Américas y la respeta. Finalmente llega el día en que Giuseppe regresa y una multitud se agolpa en los muelles para recibirlo. Pero entre toda la muchedumbre, resalta la imagen de la morena de cabellera azabache que con sus propias manos rema y avanza hacia el barco que aún está esperando la señal para el desembarque. Anita legendaria, sube a la nave y abraza fuerte a su hombre. La gente los ovaciona. La popularidad crece y empieza a suceder lo mismo en todas partes. Niza. Venecia. Las masas se desplazan para saludar a la pareja que trae la ilusión de una Italia libre, y se van alistando a sus filas soldados que irán a sumarse a la gran aventura de las camisas rojas. Comienza entonces la Primera Guerra de la Independencia. Pero las cosas no se dan tan fáciles. Al año de llegar, todo se complica y Garibaldi tiene que abandonar su cuartel general y luchar ferozmente en situaciones adversas. Esta vez Anita no puede estar a su lado como estuvo en las tantas batallas de Sudamérica. Hay un nuevo bebé en camino que la tiene rezagada en Niza. Garibaldi la extraña. Le escribe cartas desde el fragor más intenso de las batallas y se lamenta. Se queja del espíritu decaído de los soldados. Y es que era difícil mantener la moral en tales circunstancias: Garibaldi acaudillaba a las masas, pero tenía tres o cuatro imperios batallando en su contra.

En esa pesadumbre andaba el italiano comiendo unos mendrugos con sus hombres, cuando de pronto según cuentan, Garibaldi se incorpora sorprendido y sofoca un grito:

-ANITA!!!!

Su mujer avanza hacia él en el caballo, burlando las tropas enemigas. Tiene un vientre de cinco meses pero no le importa. Está resuelta a apoyar a su hombre que la mira extasiado y la baja del caballo emocionado. Se seca las lágrimas y anuncia: “Aquí tienen a mi Anita. Tenemos un soldado más en la batalla”. Anita y su camisa roja, sable, pistola y un sombrero gaucho. El momento es épico, pero la situación es crítica. Más de 40 mil hombres luchan contra el ejército de Garibaldi que solo cuenta con cinco mil almas. Muy pronto, la única opción es huir. Esconderse y buscar nuevas estrategias. Garibaldi convoca a una asamblea y se despide de una multitud que lo ovaciona. La pareja a duras penas se refugia en la ínfima república de San Marino. De los cinco mil hombres que habían salido de Roma, son apenas doscientos los que quedan. Los que no cayeron en la batalla han desertado. Pero de San Marino los sacan a disparos y tienen que huir hacia los pantanos del norte de Ravenna. Para complicar aún más las cosas, la salud de Anita empieza a deteriorarse. Vuela de fiebre sobre el caballo y deciden detenerse en una playa en las afueras de la ciudad para recuperar las fuerzas. Alguien pregunta a Garibaldi:

  • ¿No podríamos dejar a su mujer?

Garibaldi niega tajante. Y continúan. A Garibaldi le preocupa mucho el estado de Anita pero ella quiere seguirlo a toda costa. Tal vez sospecha que va a morir. A veces parece que se olvida de todo y se pierde en algún delirio y vuelve a ser fuerte y combativa, y arrolla todo con su belleza. Luego vuelve a la realidad y se angustia por ese hombre a quien entregó su vida y que ahora la acompaña al borde de su propia muerte. La tropa presiona. Como deber con su patria, con ellos y consigo mismo, debe dejarla al cuidado de médicos amigos que velarán por ella y seguir camino. Anita desespera y se aferra a él y Garibaldi no se anima a contradecirla. La lleva consigo hacia Ravenna. Llegan al mar. Anita esta postrada sobre un colchón improvisado en la barca. Apenas mantiene la conciencia. Continúa el vía crucis de agonía hacia el Valle de Agosta. Garibaldi acaricia la cabellera sudorosa de su esposa, que entre convulsiones y delirios batalla la muerte con fiereza. Llegan a una granja, donde un doctor la diagnostica y la desahucia: Fiebre Tifoidea. Anita está en las últimas. Mientras la transportan en un colchón por las escaleras de la casa para ubicarla en una cama, Anita toma la mano de su hombre y lo mira, y lanza el último suspiro perdida en los ojos tristes y azules, aún más azules por las lágrimas ante la más grande e inevitable derrota.

Anita murió un 4 de agosto de 1849, antes de cumplir 28. La enterraron en la arena. Y aunque Garibaldi siguió su vida rumbo al destino que lo consagraría como el Héroe de los Dos Mundos y de la unificación italiana, jamás se olvidó de ella. Tal vez en su memoria, es que estando en Perú un tiempo más tarde, quiso encontrarse con Manuela Sáenz, la compañera también legendaria de el gran libertador Simón Bolívar. Pero eso amerita otra historia.

Dicen que mucho tiempo después, ya en 1860, cuando Garibaldi montado a caballo se dirigía a proclamar a Victor Manuel II como rey de la Italia unificada, vestía la bufanda de Anita abrigándole el pecho, como un símbolo de aquel amor infinito grabado a fuego para siempre en su memoria.