Berta Rojas invita a su casa, con música y reflexiones
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“Queridos amigos, les espero en mi casa, el martes, a las 7 PM de New York y Paraguay, a las 8 de Río de la Plata, a las 6 de México; para que juntos, a través de la música, recorramos los sentimientos y emociones que surgen en este tiempo”, expresó Berta Rojas en un video publicada en sus redes sociales, para invitar a su primer recital online, denominado “Home Sessions”.
“Berta Rojas Home Sessions” será el martes 7 de julio a las 19:00, y podrá verse desde la página web de Americas Society y el Facebook de Berta Rojas, de manera gratuita y sin inscripción previa.
A través de esta propuesta, la guitarrista nos compartirá, por primera vez, desde la intimidad de su hogar en Boston, un recital prodigiosamente producido y con la complicidad de los compositores de distintos países Byeong Woo Lee, Julio César Oliva, Vincent Lindsey-Clark y Edín Solís, quienes en esta oportunidad, serán espectadores y presentadores de sus obras, relatándonos cómo fueron compuestas.
“Estamos proponiendo algo que conecte, a través de la música, los sentimientos de estos tiempos”, explica Berta. Agrega que esta presentación es la excusa que pretende comunicarnos que, a pesar de las distancias, existe un sentimiento y arte capaz de unirnos con el resto del mundo.
Acompañarán también la ejecución musical, desde Argentina, el cuarteto de cuerdas compuesto por los violinistas Diego Tejedor y Guillermo Rubino, Sepehr Marjouei Nouri, en la viola y en el cello Rafael Delgado. Bajo la dirección, arreglos y mezcla del maestro Popi Spatocco.
“Estábamos corriendo con el mundo, sin pararnos a disfrutar. La vida no es una carrera, no es un destino, es vivir un eterno momento”, con estas palabras empezamos a descubrir la inspiración tras cada una de las canciones que nos acompañarán esa noche.
Repertorio de 45′
“Mother” (Madre) del compositor coreano Byeong Woo Lee, representa la nostalgia hacia las despedidas que no pudieron ser y la añoranza hacia los afectos que quedaron. Mientras que “Run” (correr), del mismo autor, evoca la incertidumbre y el nuevo valor encontrado en las cosas simples, la capacidad de salir, correr, abrazarse el uno al otro.
El mexicano Julio César Oliva, contrasta por la simplicidad de su premisa y estilo, sin más ornamentos que su poesía en la canción “Vengo a decirte que te quiero”, expresa la necesidad imperiosa, de que en tiempos como los que vivimos en la actualidad, más allá de la tecnología usemos el corazón para conectarnos.
“Danza” de Edín Solís, de Costa Rica, se desenvuelve entre la esperanza de que superaremos estos momentos juntos y la felicidad que se vivirá en cada abrazo de reencuentro, una gran fiesta donde los músicos también estarán presentes.
Desde Inglaterra, Vincent Lindsey-Clark propone primero la fuerza y poder de la naturaleza al recuperar su territorio, a través de “El vuelo de la mariposa”. Y finalmente, para cerrar la transmisión su composición “Salsa roja”, notas y ritmos que nos dicen que volverán las reuniones familiares y con amigos para disfrutar juntos del tiempo.
El primer “Home Sessions” de Berta es presentado por The Americas Society y el New York Guitar Seminar at Mannes. No requiere registro previo alguno; los invitados solo deben conectarse a la hora y fecha acordada a las páginas web de Americas Society y Facebook Berta Rojas.
Victor Willis, de The Village People, en el escenario durante los premios Streamy, el 26 de septiembre de 2017 en Beverly Hills, California. Foto: Kevin Winter/Getty Images/AFP
La voz de “Y.M.C.A.”: muere Victor Willis, líder de Village People
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Victor Willis, líder del grupo disco Village People, cuyo éxito “Y.M.C.A.” se convirtió en un clásico en los mitines del presidente estadounidense Donald Trump, ha muerto a los 74 años, anunció el miércoles su esposa. El músico nacido en Texas cofundó Village People y coescribió éxitos como “Y.M.C.A.”, “In the Navy” y “Macho Man”, que arrasaron en las pistas de baile de todo el mundo a finales de los años 1970.
“Con profunda tristeza debo anunciar el fallecimiento de mi esposo, VICTOR WILLIS. Victor murió el martes 30 de junio de 2026 como consecuencia de una enfermedad breve, pero agresiva”, informó su esposa en Facebook. Trump no tardó en reaccionar: “Era un tipo fantástico y alegre que adoraba que yo usara la canción de su grupo”, dijo en Truth Social.
“Pensaremos en Victor cada vez que se ponga Y.M.C.A, como hoy, y durante toda esta semana de aniversario del Cuatro de Julio”, añadió Trump, en referencia a los 250 años de la independencia de Estados Unidos, que se celebra este fin de semana. Village People comenzó en 1977 cuando Willis aceptó una invitación de los productores franceses Jacques Morali y Henri Belolo.
Con sus extravagantes vestuarios y coreografías, se volvió un fenómeno de la cultura pop con sus integrantes vestidos de obreros de la construcción, motociclistas, vaqueros y soldados. Willis solía aparecer en el escenario vestido con un uniforme de policía. Durante mucho tiempo se asumió que el nombre Village People hacía referencia al Greenwich Village, en Nueva York, el centro de la escena gay de la ciudad en la década de 1970.
Willis dejó temporalmente el grupo en 1980 mientras enfrentaba problemas de drogadicción. En 2006 se declaró culpable de posesión de cocaína ante un tribunal de San Francisco. En 2017 se reincorporó a Village People tras ganar una demanda de derechos de autor, que le permitió recuperar la copropiedad de algunos de los mayores éxitos de la banda.
Himno adoptado por Trump
“Y.M.C.A.”, abreviatura de “Young Men’s Christian Association” (Asociación Cristiana de Jóvenes) fue incorporada en 2020 al Registro Nacional de Grabaciones por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, así como al Salón de la Fama de los Grammy. Lanzada en 1978, la canción tuvo una inesperada segunda vida al ser adoptada por Trump, con la aprobación del grupo, en una decisión que, para muchos, desvirtuó su significado original.
“Y.M.C.A.” terminó asociándose a la victoria del candidato republicano para su segundo mandato. Trump incluso desarrolló su propio baile característico para acompañar la canción: un rígido balanceo de caderas y golpes de puño a la altura de la cintura. Compuesta por Willis junto con Morali y Belolo, “YMCA” fue concebida originalmente como un himno de la comunidad homosexual masculina, un mensaje que contrasta con las posiciones conservadoras de Trump.
Pero Willis insistió en reiteradas ocasiones que “YMCA” no es un himno gay y en 2024 anunció que demandaría a cualquiera que le atribuyera ese significado. La banda interpretó “Y.M.C.A.” en un mitin de Trump en enero de 2025, antes de que el republicano fuera investido para su segundo mandato, lo que le valió muchas críticas.
Willis dijo en esa ocasión: “Démosle una oportunidad al presidente Trump, independientemente de lo que hayan pensado de él en el pasado. Veamos qué hace en el futuro y, si toma medidas para restringir los derechos de las personas LGBTQ, Village People será el primero en alzar la voz”. “Village People actuará tanto para demócratas como para republicanos. No somos un grupo político”, aseguró.
Luis Szarán: “La música tiene el poder de humanizar a los humanos”
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Jimmi Peralta
Fotos: Cristóbal Núñez / Gentileza
El material audiovisual “Mborayhu porã: Luis Szarán” propone un recorrido íntimo por la historia de un hombre que convirtió la música en una herramienta de transformación social. El documental reconstruye el camino de quien, tras formarse en el exterior, eligió regresar al Paraguay para demostrar que el arte puede sembrar oportunidades, fortalecer comunidades y, sobre todo, humanizar a las personas.
“Mborayhu porã: Luis Szarán” es el nombre del documental producido por Maneglia-Schembori, dirigido por Armando Aquino y Alfredo Galeano. Se trata de un trabajo que presenta la vida de superación del reconocido músico, intelectual y gestor social Luis Szarán. El audiovisual cuenta con coproducción de la Presidencia de la República, la Oficina de la Primera Dama, la Secretaría Nacional de Cultura (SNC), Itaipú Binacional y el Ministerio de Tecnologías de la Información y Comunicación (Mitic).
“Cuando me plantearon hacer el documental, yo pensé en principio que iba a ser algo muy sencillo, buscar fotos de archivo, recortes de periódicos, fotos, relatos en general y había sido era más complicado. Primero hacer el guion en tres meses de trabajo, para luego filmar con los directores, eso nos llevó 9 meses”, comenta el maestro respecto a la producción en conversación con La Nación/Nación Media.
La pieza audiovisual aborda distintas facetas de su vida: la dirección orquestal, su momento de creación musical, la investigación histórica y los últimos 25 años como “emprendedor social”. “El objetivo no era mostrar medallas de condecoración y todas las vanidades del mundo del espectáculo, sino un ejemplo de lucha, de vida, de alguien, de una persona que de la nada surgió, se fue armando herramientas, que tuvo que emigrar de un lugar a otro para capacitarse, para lograr sus objetivos y en el momento culminante de una carrera decide devolver a la vida lo que la vida le dio, un poco la síntesis de mi trabajo”, explica Szarán.
UNA HISTORIA
Hijo menor de inmigrantes polacos, nació en Itapúa en 1953. Empezó con apenas 8 años sus estudios musicales maravillado por el sonido de la guitarra. Se trasladó a Asunción para estudiar con el maestro José Luis Miranda y con un poco más de 20 años ya obtuvo becas internacionales para perfeccionarse, primero en Argentina, después pasó por Brasil y luego dio el gran salto a Italia. No obstante, ese no fue un camino recto y sin obstáculos, aunque siempre contó con cómplices para lograr su sueño.
“Mi madre era ultrarracional. Nos impulsó a pisar tierra siempre, a cuidar los recursos, a trabajar desde chicos, hacerse un pequeño capital, hacerse un techo. Su preocupación era la solidez. Por eso un poco era la negativa de acompañar mis sueños de ser músico”, comenta.
“Mi hermana mayor fue la que fue cómplice, porque me veía con talento. Ella era educadora, una educadora muy importante y buscó la forma de que yo cumpliera mis sueños. Mis otras dos hermanas que siempre están son las del equipo de aplauso desde el comienzo y también mis asesoras para bajar los humos cuando hay que bajar y para no desanimarme en esta profesión, que es una lucha permanente contra la indiferencia, contra la falta de apoyo, son personas claves dentro de mi carrera”, agrega.
El maestro Miranda fue su mentor, otorgándole una beca de por vida al hijo de dos agricultores que apenas conocía. El padre fue violinista aficionado que dejó esa práctica cuando subió al barco huyendo de la Segunda Guerra Mundial. Su madre se resistió a que su pequeño tome una carrera incierta como la de músico, aunque se haya inspirado en Luis Alberto del Paraná para darle el nombre.
“Mi padre fue un músico aficionado nomás en Polonia. No era músico, viene de una familia de agricultores y tenía sí su grupo musical, que los fines de semana tocaban entre ellos. Dentro del proceso de mi formación, como músico estudié un año violín y después estudié violonchelo. Recuerdo una vez que tenía el violín, le puse en sus manos y temblando pudo sacar una melodía sin problemas y no había tocado por más de 50 años”, recuerda.
“Mborayhu porã: Luis Szarán” narra a través de sus palabras y de la voz de dos hermanas y sus hijos cómo es el maestro, qué relación tuvo con sus padres, qué legado y aprendizajes hereda a su descendencia.
COMPARTIR LA MAGIA
“Mi proceso con la música fue bastante natural. A mí me motivó de niño el sonido que salía de una guitarra, me parecía casi algo de magia, que algo que suena y que está en el aire, que es una belleza inaudita y que no podés tocar con las manos, no podés modificarla. Es un arte realmente mágico, porque en la literatura ves las palabras, en la pintura ves los cuadros, podés tocarlo físicamente”, explica.
Para el maestro Szarán, la música sigue siendo una magia extraordinaria que permite unir voluntades y talentos, eso vive regularmente como director de orquesta. Él celebra ese momento al que no podría llegarse tal vez a través de la palabra, sino solo a mediante el sonido, el instante de construir conexiones en las personas, algo propio de la música.
“La música tiene ese poder de apagar o encender las pasiones. Apagar digo en el sentido de hacer contención a momentos desagradables, a penurias. La gente que va a un concierto o a una sesión familiar de música en menos de 10 o 15 minutos experimenta ese milagro de que te limpia todo, es parte de la ceremonia de asistir a esos eventos. Y, por otro lado, en hacerte soñar y conectar con las personas”, sentencia.
EXPERIENCIA HUMANIZADORA
Ser no solo testigo, sino actor de esos momentos de magia lo llevaron a reflexionar sobre cómo podría compartir esa experiencia humanizadora con el resto de su pueblo. Y es así que luego de su formación en Europa regresa al país, primero comparte conocimiento musical, después documenta con registros la música popular, la música indígena, luego rescata archivos musicales de las comunidades jesuíticas de los siglos XVII y XVIII, de las misiones en Paraguay, para finalmente arrancar con un proyecto que le permite compartir el don de la música y abonar el tejido social alrededor de ella, Sonidos de la Tierra.
“Esa conexión yo ya la sentía cuando era adolescente, cuando con mi guitarra recorría y cantaba canciones en eventos de familiares, de amigos, donde sale una canción buena y a la gente le brillan los ojos y parece que se vuelve más buena, más sensible, más comprensiva, más humana. Y hoy día, con el trabajo masivo de la música que llevamos a cabo en los programas de orquestas juveniles, que sí produce un efecto social muy grande, de humanizar a los humanos, no solo a los participantes, sino a quienes acompañan. Eso es muy necesario, es una herramienta educativa hoy día fundamental para ir buscando crear las sociedades equilibradas emocionalmente, como necesitamos aquí en el Paraguay y en todo el mundo”, comenta.
VALORES Y BUENAS PRÁCTICAS CIUDADANAS
Sonidos de la Tierra nace en 2002 de la mano de Szarán para promover valores y buenas prácticas ciudadanas mediante escuelas comunitarias de música, algunas en zonas muy vulnerables, poniendo lo social y lo humano como norte y la música como medio. Con ese mismo marco creó la Orquesta H2O Sonidos del Agua, promoviendo un mensaje ambiental y comunitario.
“Mborayhu porã: Luis Szarán” habla de la vida de un profesional de la música, pero lo presenta en un tono profundamente humanista y esperanzador. Szarán, quien decidió en un momento volver a Paraguay a pesar del contexto cuesta arriba que supone encarar una carrera artística de manera profesional en el país, cuenta aquí su historia poniendo lo social en el centro y reivindicando la mágica de la música como catalizador de un cambio estructural en la sociedad.
Lejos de limitarse a una biografía de logros y reconocimientos, el filme retrata una convicción que ha guiado toda una vida: la música no es un fin en sí mismo, sino un puente hacia una sociedad más sensible, solidaria y esperanzada. En tiempos marcados por la fragmentación y la indiferencia, el documental invita a redescubrir el inmenso poder del arte para transformar vidas y recuerda que las melodías más perdurables son aquellas que logran resonar en la condición humana.
El libro “The number 26 bus to Paraguay”, del guitarrista británico Richard Durrant, explora la extraordinaria capacidad de la música para derribar fronteras y convertir a Paraguay en una patria espiritual construida desde la imaginación, la memoria y las cuerdas de una guitarra.
Hay viajes que comienzan mucho antes de que el viajero haga las maletas. Empiezan en una melodía escuchada en la infancia, en una fotografía apenas entrevista, en una intuición que permanece dormida durante años hasta encontrar el momento de revelarse.
Para el guitarrista británico Richard Durrant, Paraguay fue durante décadas una geografía invisible construida a partir de las cuerdas de una guitarra.
Mucho antes de conocer Asunción, San Bernardino o Caazapá, el músico ya había recorrido el país en la imaginación, guiado por la música de Agustín Barrios y por aquellas viejas grabaciones de Los Paraguayos que sonaban en la estrecha casa familiar de Brighton.
El título “The number 26 bus to Paraguay” posee precisamente esa rara cualidad poética de las imágenes sencillas que contienen una vida entera. El autobús número 26 no conducía realmente a Sudamérica: llevaba a un niño inglés desde las afueras de Brighton hasta sus clases de guitarra en Waterloo Street.
Sin embargo, mientras observaba por la ventanilla el paso de las estaciones y escuchaba a Alirio Díaz interpretar a Barrios, el trayecto cotidiano comenzó a transformarse en una travesía espiritual. Cada viaje en aquel ómnibus acercaba al joven Durrant a un territorio remoto y casi mítico llamado Paraguay.
La historia resulta fascinante porque revela el extraño poder de la música para abolir distancias. Un compositor paraguayo nacido en San Juan Bautista, Misiones, a fines del siglo XIX lograba conmover a un muchacho inglés varias décadas después y al otro lado del océano.
En esa cadena invisible de resonancias culturales se encuentra quizás el verdadero milagro del arte: la posibilidad de que un sonido nacido en una pequeña nación mediterránea encuentre refugio en la sensibilidad de alguien que jamás había pisado esta tierra.
ENCUENTRO
Cuando finalmente Durrant llegó al Paraguay en 2011, descubrió que la realidad podía ser incluso más intensa que la fantasía acumulada durante años. El encuentro con músicos como Felipe Sosa, Juan Adolfo Duarte, Kike Pedersen y la redescubierta obra de Quirino Báez Allende amplió su universo musical y afectivo.
Ya no se trataba solamente de perseguir el fantasma de Barrios, sino de comprender que aquella tradición seguía viva, respirando en nuevos creadores capaces de dialogar con el legado mangoreano sin convertirse en simples imitadores.
Particularmente revelador resulta el episodio de su encuentro con Juan Adolfo Duarte en la casa de Felipe Sosa. La escena posee algo de aparición literaria: una habitación oscura, una figura misteriosa sosteniendo la guitarra y una música –“Panambi raity”– que altera para siempre la sensibilidad del oyente.
Durrant describe aquella experiencia como una transformación íntima, casi mística. Y acaso toda gran música opere de esa manera: no como un entretenimiento pasajero, sino como un acontecimiento capaz de modificar la percepción del mundo.
REIVINDICACIÓN EMOCIONAL
La trilogía paraguaya de Durrant –“The number 26 bus to Paraguay”, “Hijo de hombre” y “The girl at the airport”– constituye mucho más que un ejercicio de admiración extranjera hacia la música nacional. Es, en cierto modo, una reivindicación emocional del Paraguay profundo; un intento de demostrar que la obra de Barrios y de tantos otros compositores paraguayos posee una universalidad que trasciende idiomas, fronteras y contextos históricos.
Mientras gran parte del mundo cultural latinoamericano continúa mirando obsesivamente hacia los grandes centros de legitimación europea o norteamericana, resulta paradójico que sea precisamente un músico británico quien recuerde a los paraguayos el valor extraordinario de su propia tradición guitarrística.
Hay además una dimensión entrañablemente humana en la figura de Durrant. Sus relatos mezclan humor, melancolía y asombro con una naturalidad desprovista de solemnidad académica.
Puede pasar de hablar de armonías complejas a narrar cómo bajó en plena madrugada al bar del Hotel del Lago esperando encontrarse con el espíritu de Barrios.
La anécdota podría parecer extravagante si no estuviera atravesada por una emoción genuina: la necesidad de dialogar con aquel artista cuya música acompañó toda su vida.
Tal vez por eso sus interpretaciones producen una impresión tan intensa. Durrant no toca las obras paraguayas como piezas de museo ni como meros ejercicios técnicos. Las toca como quien vuelve a una patria afectiva.
En sus manos, las piezas de Barrios y otros compositores paraguayos dejan de ser partituras para convertirse en recuerdos vívidos, en paisajes interiores, en conversaciones íntimas sostenidas a través del tiempo.
Al final, el bus número 26 nunca dejó de avanzar. Sigue atravesando Brighton, las rutas del Reino Unido y los caminos del Paraguay imaginario que Richard Durrant construyó desde niño entre discos, sueños y guitarras.