Hace unos días me detuve a reflexio­nar sobre la manera en que, muchas veces, concebimos el liderazgo. Es muy común asociar la figura del líder con la exigencia de metas, la certidumbre absoluta y los títulos corporativos. En ocasiones, la percepción general se enfoca en un rol dis­tante, volcado principalmente a las cifras y al rendimiento.

Sin embargo, la realidad nos demuestra algo distinto.

El liderazgo empieza en el espejo. Liderar es conocerte a vos mismo, saber hacia dónde querés llevar tu propia vida y tener la cla­ridad de cuáles son tus valores no negocia­bles. En definitiva, es entender quién sos. Un cargo alto o un nombramiento impor­tante otorgan una tarjeta de presentación con más responsabilidades. El respeto y el derecho a guiar a otros, eso que hace que la gente decida acompañarte, te lo da única­mente la coherencia de tus actos.

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Cuando una persona en un puesto de mando busca imponerse, se siente superior o persi­gue metas aplastando a los demás a su paso, suele reflejar inseguridad. Es alguien que necesita mostrar fuerza por fuera porque, por dentro, no ha logrado conectar consigo mismo.

Esto tiene un costo directo y severo en el entorno laboral. El agotamiento no es un simple cansancio físico que se cura con un fin de semana de descanso; es un desgaste profundo que apaga el talento, anula la ini­

ciativa y drena la energía de las personas. Cuando un equipo opera bajo una presión desmedida y constante, pierde su capacidad de innovar y se limita a sobrevivir. A propósito del Día Mundial de la Salud Mental, que rememoramos hace unos días atrás, los datos actuales son claros. Estu-dios de firmas como Gallup, junto con inves-tigaciones de la Universidad de Harvard, muestran que hasta un 70 % del bienestar o del agotamiento de un equipo depende del comportamiento de su líder. Cuando quien encabeza un grupo no genera seguridad psicológica –ese espacio donde un colaborador puede opinar, proponer ideas, crear o equivocarse sin miedo a represa-lias–, la salud mental de la organización se quiebra. La seguridad psicológica no es sinónimo de ser complacientes o de evitar las conversaciones difíciles. Al contrario, se trata de crear un entorno lo suficiente-mente maduro y abierto para que cualquiera pueda levantar la mano, manifestar un des-acuerdo o plantear una duda sin temor a ser juzgado, ridiculizado o castigado. Es en esa confianza donde nacen las grandes ideas y donde los equipos verdaderamente se consolidan. No hay resultado ni meta comercial que jus-tifique quemar a la gente. La salud mental de una empresa es el reflejo de la madurez emocional de quienes la dirigen. Si el líder no está bien, su entorno tampoco lo estará. La invitación es clara. Todos estamos lla-mados a ser líderes de nuestra propia vida primero. Cuando elegís liderar desde quien sos, conectando humanidad, convicción y resultados, lográs algo fundamental; cons-truís un espacio seguro donde las personas que te rodean pueden florecer.

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