Hubo un tiempo en que Hugo Javier no necesitaba un cargo para ser querido. Le alcanzaba un micró­fono, un escenario y esa capacidad que tenía para conectar con la gente, para hacerla divertirse y convertir una fiesta en algo especial.

Era el hombre de la televisión, el animador que había conseguido algo que no todos con­siguen: entrar en las casas sin necesidad de conocerlas, convertirse en parte de sus cele­braciones y construir durante años una rela­ción de cariño con miles de paraguayos que lo seguían y lo admiraban.

Los cachaqueros no eran solamente seguido­res; eran parte de una historia que se cons­truyó durante años alrededor de aquel perso­naje que entraba en los hogares paraguayos con una enorme sonrisa.

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Hasta que un día el escenario cambió.

Hugo Javier decidió entrar a la política y asumir la responsabilidad de administrar la Gobernación de Central. Y allí comenzó una historia completamente diferente y qui­zás la más grande lección que deja su historia.

Ser querido no significa estar preparado para todo. Tener llegada a la gente no significa necesariamente saber administrar. Haber sido exitoso en una actividad no garantiza que podamos serlo en otra.

Pero él llegó a la política siendo un hombre querido y salió de ella cargando una historia que difícilmente podrá sacarse de encima.

Al final terminó preso y con el paso del tiempo, muchos de quienes estuvieron cerca suyo cuando tenía poder fueron tomando distancia. Es algo que conocemos dema­siado bien en la política: mientras hay car­gos, sobran los amigos, los teléfonos que suenan y los abrazos; cuando llegan los pro­blemas, la oficina queda vacía.

Pero no todos se fueron. Los cachaqueros siguieron allí. Solo basta abrir hoy las redes.

Quizás porque ellos no recuerdan al gober­nador. Recuerdan al Número 2. Al anima­dor que conocieron antes de la política, al hombre que los hizo reír, al personaje que durante años compartió con ellos una parte de sus vidas.

Esto no pretende absolverlo ni condenarlo. Para eso están los hechos y la Justicia. Pero su historia permite mirar algo que va mucho más allá de Hugo Javier: la importancia de conocer nuestros propios límites.

Todos tenemos capacidades y también tene­mos limitaciones. El problema aparece cuando confundimos popularidad con pre­paración, cariño con capacidad o una elec­ción ganada con la certeza de que estamos preparados para gobernar.

Hugo Javier cambió el escenario de su vida y terminó pagando un precio enorme por ese cambio.

A veces, conocer nuestros límites no es renunciar a nuestros sueños. Es la forma más inteligente de no terminar perdiéndo­nos a nosotros mismos.

Hay oportunidades que pueden cambiarnos de mil maneras. A Hugo lo hizo de la peor.

No es la típica historia con un final feliz, es una que deja una lección… y si, esa es… otra historia.

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