- Dr. José Duarte Penayo
- Presidente de la ANEAES
Cuando Jorge Luis Borges regresó a Buenos Aires en 1921, después de sus años europeos y de su contacto en España con el ultraísmo, volvió a mirar su ciudad como quien descubre una patria pendiente.
De esa experiencia surgieron “Fervor de Buenos Aires” y, en 1926, “El tamaño de mi esperanza”, libro juvenil que su autor repudiaría luego, pero donde surgió una pregunta decisiva que nos sigue interpelando: qué imágenes, palabras y pensamientos necesita una comunidad para reconocerse y proyectarse.
“Mi argumento de hoy es la patria”, afirmaba en dichas páginas el joven Borges. La definía como la reunión de presente, pasado y porvenir, y denominaba a la esperanza como la “memoria del futuro”. La nación, concebida como la expresión viva de la patria, apunta, por lo tanto, a una continuidad histórica que solo adquiere plenitud cuando una comunidad logra comprender su legado y forjar su destino.
En ese sentido, para Borges la pertenencia a una nación no depende de la sangre. Así, pertenece a ella quien siente que vive y muere en esa tierra, mientras que permanece extranjero quien, aun en su propio país, habita mentalmente en otra parte y cree que “el sol y la luna están en Europa”, como leemos en uno de sus mejores pasajes.
Sin embargo, su condición de gran lector de la literatura universal, del canon occidental en términos de Harold Bloom, excluye cualquier prédica de aislamiento. Su combate se dirige, más bien, contra la dependencia imaginativa que vuelve invisible la experiencia propia y espera que toda grandeza llegue desde afuera.
Sumergido en la lectura de Macedonio Fernández y Evaristo Carriego, Borges afirma que la “realidá vital es grandiosa”, mientras que la “realidá pensada es mendiga”. En estas líneas se advierte algo que cierta historiografía profesional, guiada por una vocación desmitificadora, suele perder de vista. Borges no formula una teoría historiográfica, pero percibe una dimensión de la vida colectiva que el especialista, encerrado en el trabajo de archivo, puede dejar fuera, esto es, que los pueblos también se forman mediante un imaginario simbólico compartido y relatos fundacionales capaces de enlazar a las generaciones.
El historiador que reduce el mito a “falsificación” puede establecer que una leyenda contiene inexactitudes y, aun así, no comprender nada de su eficacia histórica. Puede confundir, fácilmente, la verificación de los hechos con la compleja génesis de los procesos históricos. Un símbolo no necesita reproducir literalmente el pasado para volverse una fuerza real, porque su función central es orientar lealtades, organizar pérdidas, volver reconocible un nosotros y proporcionar coherencia a experiencias que, sin esa mediación, permanecerían dispersas.
De allí la fuerza sugerente de su lamento: “No hay leyendas en esta tierra y ni un solo fantasma camina por nuestras calles”. La frase permite comprender que una nación sin fantasmas no es necesariamente una nación reconciliada con su pasado; puede ser, más bien, una nación que ha perdido la capacidad de incorporarlo y elaborarlo, enriqueciendo con él su conciencia histórica.
El poeta y el ensayista, en este punto, enseñan al historiador profesional que la imaginación no aparece después de los acontecimientos para mistificarlos, sino que interviene en la manera en que son recordados, transmitidos y convertidos en identidad.
Por eso, Buenos Aires necesita, según Borges, “la poesía y la música y la pintura y la religión y la metafísica” correspondientes a su grandeza. Beatriz Sarlo, en “Borges, un escritor en las orillas”, entendió que esa universalidad nace de una posición nacional, “marginal en el centro” y “cosmopolita en los márgenes”, dado que toma materiales europeos, los desplaza y los reorganiza desde una cultura periférica y fecunda.
El punto fundamental es que, para pensar la nación, Borges propone superar dos falsas alternativas, la imitación progresista (condenada a ser apenas europea) y el criollismo, que convierte la autoctonía en un pasado idílico. Frente a ambas, plantea “un criollismo que sea conversador del mundo y del yo, de Dios y de la muerte”.
En esa fórmula se juega la posibilidad de que toda nación concreta participe del mundo sin perder su singularidad. La nación constituye, así, un punto de vista situado que no conduce al relativismo, sino que funciona como un prisma a través del cual se manifiesta el hecho universal de que los seres humanos somos seres históricos y, en la modernidad, la nación es la forma concreta en que lo universal se encarna y se irradia hacia el mundo.
Más allá de sus retractaciones posteriores, los motivos de este periodo no desaparecieron de su obra, más bien fueron depurados y transformados. La orilla, el duelo, el coraje, el cuchillo, la lealtad, el doble y el instante en que un hombre reconoce su destino reaparecen en “Hombre de la esquina rosada”, “El muerto”, “Biografía de Tadeo Isidoro Cruz”, “El fin” y “El Sur”. El Borges de los laberintos, los espejos y las identidades inciertas que tanto fascinó a la crítica europea y sus celebridades académicas, conservaba, bajo su perfección abstracta, la memoria telúrica de la pampa, la gauchesca, el suburbio y los cuchilleros.
Con Borges, así como con tantos otros escritores de nuestro continente, con sus diferencias, desde Rodó, Rubén Darío, Haya de la Torre, Vasconcelos o Natalicio González, podemos iluminar, entonces, una verdad que toda historiografía “desmitificadora” prefiere ignorar: la nación no es una mentira añadida a los hechos, sino una forma histórica de reunirlos y transmitirlos para darles continuidad.

