• Jorge Torres Romero

Cuando el presidente Santiago Peña anunció al nuevo titular del Instituto de Previsión Social, el médico Isaías Fretes, la reacción fue casi automática: el IPS no necesita un médico, necesita un administrador. El diagnóstico parecía obvio: el problema es de gestión, no de guardapolvos.

La primera impresión tras escucharlo fue otra: estamos ante un hombre honesto. Y en el ecosistema del IPS, esa no es una cualidad menor; es casi una rareza.

Fretes no llegó con promesas grandilocuentes ni con un libreto de consultoría internacional bajo el brazo. Llegó con algo más elemental y, a la vez, más urgente: sentido común y una mirada humana sobre el sistema. Porque el IPS no solo está enfermo en sus números. También lo está en su trato.

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Fretes puso el dedo en la llaga: médicos que ya no tocan al paciente, asegurados que deambulan como expedientes sin rostro, hospitales donde la deshumanización se volvió rutina. Puede parecer un detalle menor frente a los balances y los déficits, pero ahí está una de las claves del colapso. El propio presidente Peña fue claro cuando le explicó por qué lo eligió: por su prestigio. No por su perfil de gerente, sino por su trayectoria médica.

Es una apuesta que rompe el molde y que, de entrada, genera dudas razonables. Pero también abre una posibilidad distinta: que alguien desde adentro del oficio entienda lo que afuera no se ve. Ahora bien, el desafío administrativo no desaparece por arte de voluntad. El frente jubilatorio –hoy con superávit– estará bajo la lupa del equipo económico, con la supervisión de Juan José Galeano, hombre de confianza del Ejecutivo. Es decir, el Gobierno intenta dividir roles: la sensibilidad en la salud, la disciplina en las finanzas.

Fretes también anunció medidas concretas. Una de ellas, casi de manual pero largamente postergada: depurar el vademécum. Dejar de comprar medicamentos que no rotan y terminan vencidos en depósitos mientras faltan los esenciales. En cualquier empresa eso sería básico; en el IPS, es casi revolucionario.

Pero quizás lo más disruptivo no está en las decisiones técnicas, sino en el tono. Prometió hablar con la verdad. Admitió que no hay recursos suficientes y pidió ayuda para comunicar mejor.

Incluso dejó una confesión que pinta de cuerpo entero el momento: preguntó cuánto ganaría –alrededor de G. 35 millones– y admitió que no le alcanzará. Por eso pidió licencia para seguir, después de las 17, con su consultorio.

Un dato que puede incomodar, pero que también revela que no estamos ante un burócrata típico. La pregunta de fondo sigue en pie: ¿puede un médico ordenar una de las instituciones más complejas y golpeadas del país? La respuesta no está en el currículum, sino en la capacidad de ejecución.

Los asegurados no esperan teorías. Esperan resultados. Esperan no volver a ver casos como el de Braulio, donde la negligencia se convierte en tragedia. Esperan ser atendidos, no soportados.

El IPS no necesita solo un administrador ni solo un médico. Necesita liderazgo, coraje y, sobre todo, honestidad. Fretes ya mostró la primera carta. Ahora le toca demostrar si puede sostener el pulso en un sistema donde, históricamente, los buenos diagnósticos terminan sepultados por la mala praxis administrativa. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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