- Jorge Torres Romero
En política, la crítica es necesaria. Es el oxígeno de la democracia. Pero cuando la crítica se convierte en profecía apocalíptica pierde rigor y gana estridencia. Decir que el gobierno de Santiago Peña dejará “un país en ruinas”, como afirmó el senador Rafael Filizzola, no es un análisis: es una consigna. Y las consignas, por lo general, sustituyen a los argumentos.
¿Cómo puede un legislador ignorar –o peor aún, omitir deliberadamente– los datos objetivos que hoy están sobre la mesa? Paraguay ha alcanzado el grado de inversión, un hito histórico que durante décadas fue apenas una aspiración técnica. Ese reconocimiento no es una narrativa oficialista; es la evaluación de calificadoras internacionales que miden estabilidad macroeconómica, disciplina fiscal y previsibilidad institucional.
¿Eso es “un país en ruinas”?
El crecimiento económico sostenido, la expansión de la inversión pública y privada, los programas de inversión social ampliados y los esfuerzos por ordenar la administración del Estado tampoco encajan en esa descripción catastrófica. Se han encarado reformas estructurales –discutibles, perfectibles, debatibles–, pero reformas al fin. Y reformar implica asumir costos políticos. No es precisamente la conducta de un gobierno que administra escombros.
La oposición tiene todo el derecho de cuestionar. Es más: tiene la obligación de controlar, auditar y denunciar cuando corresponde. Pero la torpeza aparece cuando la crítica se divorcia de la realidad. Cuando el discurso se vuelve exageración permanente. Cuando todo es desastre, todo es fracaso, todo es ruina.
Esa miopía no solo empobrece el debate: explica, en buena medida, por qué la oposición atraviesa la situación política en la que se encuentra. No se ganan elecciones generales con diagnósticos desmesurados ni con relatos que desconocen la percepción cotidiana de la gente. El ciudadano común no vive en un país idílico, pero tampoco camina entre escombros.
El problema de los discursos fatalistas es que no construyen alternativa. Destruyen confianza. Generan desánimo. Alimentan una sensación de desesperanza que no aporta soluciones. Paraguay necesita debates serios, contrastes de modelos, propuestas superadoras. No necesita anuncios de catástrofes inminentes.
Decir que todo terminará en ruinas puede sonar combativo en una tribuna partidaria, pero resulta irresponsable en boca de un legislador de la República. La palabra pública tiene peso. Modela percepciones. Influye en la inversión, en el ánimo social, en la estabilidad.
Los paraguayos necesitamos salir adelante. Abrazar este país con realismo; sí, pero también con convicción. Señalar lo que falta, sin negar lo que se ha logrado. Construir alternativas sin incendiar el escenario.
Pero cuando la oposición prefiere el apocalipsis antes que el argumento, termina explicando –sin querer– por qué no logra convencer a la mayoría. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

