• Por Jorge Torres Romero

La política paraguaya no nos acostumbró a la armonía en la cúpula del poder. Mucho menos al entendimiento sincero entre presidente y vicepresidente. Por el contrario, la historia democrática reciente está plagada de boicots, traiciones, operaciones subterráneas y ambiciones desmedidas que terminaron erosionando gobiernos y, de paso, la institucionalidad.

El ejemplo es casi pedagógico. Nicanor Duarte Frutos nunca logró una relación sana con Luis Castiglioni, quien terminó boicoteando la candidatura de Blanca Ovelar, impulsada por el propio Nicanor. Fernando Lugo convivió bajo fuego amigo permanente de Federico Franco, hasta que el “serrucho” se consumó y derivó en su destitución.

Más tarde, el vínculo Horacio Cartes-Juan Afara terminó en ruptura abierta y traición política. Y el último antecedente es quizá el más descarnado: Mario Abdo Benítez no solo bloqueó internamente a su vicepresidente Hugo Velázquez, sino que operó para imponer a Arnoldo Wiens como candidato y habilitó un escenario que derivó en la designación de “significativamente corrupto” por parte de Estados Unidos.

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Por eso llama la atención –y molesta– la relación entre Santiago Peña y Pedro Alliana. No hay boicot. No hay mezquindades públicas. No hay lucha por protagonismo. Hay, para sorpresa de muchos, una lógica de equipo.

Peña gobierna con una hoja de ruta clara, enfocada en resultados económicos, previsibilidad y señales de confianza hacia el exterior. Alliana, lejos de sabotear esa línea, entiende algo elemental: esos logros pueden convertirse en plataforma política futura si el gobierno funciona. No hay contradicción, hay racionalidad.

No es casual que la oposición y algunos sectores mediáticos hayan puesto el foco en destruir esta alianza. Son plenamente conscientes de que la unidad –rara en la política paraguaya– es una amenaza real. Por eso la insistencia en erosionar, dramatizar y sembrar sospechas donde no las hay.

Los hechos, sin embargo, son tozudos. Mientras Peña anunciaba en Emiratos Árabes la obtención de recursos para financiar el tren de cercanías, Alliana trabajaba en paralelo para generar las condiciones políticas que permitan avanzar con la reforma de la Caja Fiscal en el Congreso.

En una entrevista reciente en Universo 970, Alliana fue aún más explícito: el presidente le otorga todas las prerrogativas institucionales, incluso la posibilidad de remover ministros. Un dato impensable en otras administraciones, donde el vicepresidente era visto como un enemigo interno.

Esta unidad no es romanticismo ni ingenuidad. Es trabajo en equipo. Es empujar el carro en la misma dirección, aun sabiendo que las voces destructivas seguirán destilando odio y dramatismo, porque es lo único que saben hacer.

Tal vez por eso incomoda tanto. Porque en un país acostumbrado al sabotaje, la cooperación parece sospechosa. Y porque, por primera vez en mucho tiempo, el problema no está dentro del Palacio, sino afuera, intentando romper lo que funciona.

Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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