- Por Aníbal Saucedo Rodas
- Periodista, docente y político
“La marcha sobre Roma”, en 1922, que involucró a más de 30.000 camisas negras, obligó al monarca Víctor Manuel III a nombrar a Benito Mussolini presidente del Consejo de Ministros del Reino de Italia. Un año antes había sido elegido para dirigir el Partido Nacional Fascista. El filósofo hegeliano Giovanni Gentile fue uno de los ideólogos de la movilización y luego redactaría, junto con el Duce, “La doctrina del fascismo”.
En 1925, varios escritores, poetas, dramaturgos, críticos de arte y periodistas firmaron el “Manifiesto de los intelectuales fascistas”, entre ellos, aparte del ya mencionado Gentile, Gabriele D’Annunzio, Luigi Pirandello y Curzio Malaparte (del fascismo popular), aunque este último se volvió crítico al régimen, lo que, incluso, le costó la cárcel. Pirandello ganó el Premio Nobel de Literatura en 1934. Ese mismo año de 1925, precisamente el 1 de mayo, se publica la “Réplica de los intelectuales no fascistas al manifiesto de Giovanni Gentile”, también conocido como “Antimanifiesto”, promovido por el escritor, filósofo e historiador italiano Benedetto Croce.
El asesinato del “filósofo del fascismo”, Giovanni Gentile, el 15 de abril de 1944, y el fusilamiento del dictador Benito Mussolini, el 28 de abril de 1945, no impidieron que los huevos de la serpiente se fueran multiplicando, sobre todo por la gran campaña de expansión que realizaron entre las dos guerras mundiales. Es por ello que uno de los ensayos más lúcidos de Umberto Eco sobre el tema se denominó “Ur-fascismo” o “fascismo eterno” (Editorial Lumen, 2018).
De los 14 puntos desarrollados por Eco para definir esta corriente ideológica, citaremos algunos, como, por ejemplo, “el irracionalismo, que deriva también del culto a la acción por la acción. La acción es bella de por sí y, por tanto, debe actuarse antes de y sin reflexión alguna. Pensar es una forma de castración. Por eso, la cultura es sospechosa en la medida en que se la identifica con actitudes críticas”.
De esta manera, añade es frecuente el uso de expresiones tales como “cerdos intelectuales”, “estudiante cabrón, trabaja de peón”, “muera la inteligencia”, “universidad, guarida de comunistas”. Y sigue diciendo que “la sospecha hacia el mundo intelectual ha sido siempre un síntoma del ur-fascismo”, para cuyos seguidores “el desacuerdo es traición”. Es por ello que “el ur-fascismo crece y busca el consenso explotando y exacerbando el natural miedo a la diferencia. El primer llamamiento de un movimiento fascista, o prematuramente fascista, es contra los intrusos. El ur-fascismo es, pues, racista por definición”.
Es notable la contradicción de las caracterizaciones descritas por Eco sobre el “fascismo eterno” y los inicios del fascismo, que tuvo a grandes intelectuales entre sus partidarios y defensores. Sin embargo, esa es hoy la realidad de los gobiernos fascistas en el mundo. “Para el ur-fascismo, los individuos en cuanto individuos no tienen derechos y el ‘pueblo’ se concibe como una cualidad, una entidad monolítica que expresa la ‘voluntad común’. Puesto que ninguna cantidad de seres humanos puede poseer una voluntad común, el líder se erige como intérprete (…) El pueblo, de esta manera, es solo una ficción teatral” (Eco).
También nosotros hemos padecido la hegemonía de un régimen con estas características que contó y cuenta con sus intelectuales, y que contaminó uno de los indicadores clave para el desarrollo equitativo de la sociedad: la educación. “Todos los textos escolares nazis o fascistas se basaban en un léxico pobre y en una sintaxis elemental, con la finalidad de limitar los instrumentos para el razonamiento complejo y crítico”.
Una deficiencia que seguimos soportando hasta hoy. La escuela era un lugar de domesticación y, por ende, de subordinación a la dictadura. Desaparecida la capacidad de pensar, fundada en la razón, durante ese proceso de degradación de la dignidad humana, la alienación estaba asegurada. Es urgente repensar la educación desde una visión y un contexto diferentes.
Lamentablemente, a 37 años de democratización del país aún no hemos logrado levantar esa pesada lápida que todavía pesa sobre la ciudadanía, afectando particularmente a la juventud. Una ciudadanía que no termina de constituirse como tal, de participación activa, de modo de perfeccionar esta forma de vida y convivencia que es la democracia. Buen provecho.

