- Por Juan Carlos Dos Santos G.
- juancarlos.dossantos@nacionmedia.com
Mientras las calles de las ciudades iraníes vuelven a ser escenario de protestas, represión y sangre, el progresismo mundial guarda un silencio que ya no es ingenuo ni casual: es cómplice. Mujeres, jóvenes y ciudadanos comunes se rebelan contra un régimen teocrático que gobierna mediante el miedo, la violencia y la imposición religiosa, y sin embargo, los mismos actores que suelen levantar la voz contra “las injusticias del mundo” hoy miran hacia otro lado.
¿Dónde están ahora los movimientos feministas internacionales? ¿Dónde están las celebridades de Hollywood, los activistas de redes sociales, las ONG siempre dispuestas a señalar a Israel? ¿Dónde está la flotilla “humanitaria” que navegó hacia Gaza para denunciar a una democracia y defender a un grupo terrorista, pero jamás se atrevería a acercarse a Teherán?
El régimen islámico de Irán no reprime con matices: encarcela, tortura, ejecuta y silencia, especialmente a las mujeres que se atreven a desafiar la imposición del velo y la estructura clerical del poder.
Pero para el progresismo global, estas víctimas parecen no encajar en el relato conveniente. No son útiles. No sirven para alimentar la narrativa ideológica que divide al mundo entre “opresores occidentales” y “víctimas revolucionarias”.
Feminismo selectivo, derechos humanos a conveniencia
El feminismo que marcha, grita y exige en París, Madrid, Nueva York o Buenos Aires, hoy calla frente a un régimen que niega derechos básicos a las mujeres por ley divina. No hay hashtags, no hay campañas, no hay discursos encendidos.
Porque denunciar a Irán implica cuestionar al islamismo político, y eso —para el progresismo— es un tabú.
La misma lógica se aplica al conflicto en Medio Oriente. Israel es señalado, juzgado y condenado con una severidad que jamás se aplica a Hamás, un grupo terrorista que gobierna Gaza mediante la violencia, utiliza a civiles como escudos humanos y niega toda libertad política. El terrorismo, cuando es “antioccidental”, parece gozar de una indulgencia moral inaceptable.
Venezuela, Irán y el club de los intocables
El doble estándar se repite en América Latina. Venezuela ofrece pruebas claras de una degradación democrática profunda, con procesos electorales cuestionados, persecución política y concentración del poder.
Sin embargo, buena parte del progresismo internacional prefiere relativizar, justificar o directamente callar, mientras acusa de “autoritarismo” a gobiernos que no comulgan con su ideología.
Irán, Venezuela, Cuba o Nicaragua forman parte de un eje de regímenes autoritarios que comparten algo más que discursos antiimperialistas: comparten la tolerancia —cuando no el aplauso— de sectores progresistas que han abandonado la defensa universal de los derechos humanos para abrazar una militancia selectiva.
No es ignorancia, es elección
El silencio frente a Irán no es falta de información. Es una decisión política e ideológica.
Denunciar al régimen teocrático iraní obligaría a admitir que el mayor enemigo de muchas mujeres no es Occidente, sino el islamismo radical.
Obliga a reconocer que no todas las dictaduras son iguales para ellos, y que algunas merecen ser protegidas por conveniencia narrativa.
La revuelta del pueblo iraní desnuda esa hipocresía. Y cada día que pasa sin pronunciamientos, sin marchas, sin campañas, deja en evidencia que para el progresismo mundial hay víctimas que importan y víctimas que estorban.
El silencio, en este caso, no es neutral. Es una forma más de violencia.

