- Marcelo Pedroza
- Psicólogo y magíster en Educación
- mpedroza20@hotmail.com
En su obra “El ser y la nada”, Jean-Paul Sartre (1905- 1980), filósofo francés, escritor y dramaturgo, exponente del existencialismo, sitúa la problemática del prójimo en el centro de su ontología fenomenológica. Lejos de tratarse de un problema derivado o secundario, la cuestión del otro emerge como una dimensión constitutiva del ser humano, cuya elucidación exige un desplazamiento decisivo desde el plano epistemológico hacia el plano ontológico.
En la tercera parte, titulada “El para-otro”, del libro citado precedentemente, Sartre no se propone demostrar la existencia ajena, sino esclarecer el estatuto y el sentido de una certeza que precede a toda prueba: la presencia irreductible del otro en la experiencia humana.
El punto de partida de esta reflexión es el cogito, heredado de la tradición cartesiana pero profundamente transformado. Para el Nobel de Literatura del año 1964, el “yo pienso” no inaugura una conciencia clausurada sobre sí misma, que deba luego salir de su aislamiento mediante inferencias problemáticas. Por el contrario, el cogito sartreano es siempre ya un cogito situado, atravesado por el mundo y habitado por la presencia del prójimo.
La resistencia del profesor Sartre al solipsismo no es de orden teórico, sino fenomenológico: en la experiencia concreta, la conciencia jamás se vive como única.
De este modo, Sartre introduce la noción de un cogito que concierne al otro. Tal cogito no consiste en un conocimiento reflexivo de otra conciencia, sino en una evidencia existencial: el otro se da como aquel que me excede y me confronta, sin reducirse jamás a un contenido representacional.
La tarea filosófica consiste, entonces, en explicitar las estructuras de esta experiencia originaria, determinando su alcance ontológico y evitando toda tentación de convertir al prójimo en objeto del conocimiento.
La crítica sartreana a las teorías representacionalistas del otro es particularmente radical. El prójimo no es una representación, ni una síntesis de representaciones, ni una unidad reguladora de la experiencia.
Si el otro fuera meramente un objeto para la conciencia, su alteridad quedaría anulada. Sartre insiste en que el prójimo no puede ser aprehendido como una cosa del mundo, porque su modo de aparición compromete directamente el ser del para-sí.
Este punto conduce a una tesis central del existencialismo sartreano: el otro no constituye ni mi conocimiento del mundo ni mi conocimiento de mí mismo, sino que me concierne en mi ser mismo. Su presencia no opera como condición trascendental a priori, sino de manera concreta y óntica, en las situaciones empíricas de mi facticidad. El ser-para-otro designa precisamente esta dimensión en la que el para-sí se ve afectado, descentrado y expuesto por la existencia ajena.
La experiencia del prójimo introduce así una fractura en la autosuficiencia de la conciencia. A través de la mirada del otro, el para-sí se descubre como objeto posible, como aquello que puede ser fijado, juzgado y significado desde fuera. Esta experiencia no es accidental, sino estructural: revela una vulnerabilidad constitutiva del ser humano y anticipa el conflicto que atraviesa toda relación intersubjetiva.
En este sentido, la ontología del prójimo en Sartre no conduce a una armonía intersubjetiva, sino a una tensión permanente. El otro es simultáneamente condición de mi autocomprensión y amenaza para mi libertad.
Esta ambigüedad no es un defecto de la teoría, sino la expresión misma de la condición humana, entendida como coexistencia conflictiva de libertades.
En conclusión, la afirmación sartreana de la existencia del otro se inscribe en una ontología de la finitud y de la exposición. El prójimo no es una hipótesis ni una construcción teórica, sino una presencia que compromete mi ser y lo redefine constantemente.
Al desplazar el problema del otro desde el conocimiento hacia el ser, Sartre ofrece una de las formulaciones más densas y radicales de la intersubjetividad en la filosofía contemporánea, afirmando que existir es, desde el inicio, existir-con-y-frente-a-otros.

