DESDE MI MUNDO
- Por Carlos Mariano Nin
- Columnista
- marianonin@gmail.com
Hay ciudades que uno no solo visita: lo visitan a uno. Taipéi fue así conmigo.
Y pienso en eso ahora, cuando la isla impulsa otra batalla silenciosa: su campaña para ingresar a Interpol. No es un gesto diplomático más. Es el intento de un país que vive bajo amenaza de hacerse escuchar en los espacios donde se define la seguridad global. Porque sin acceso a alertas internacionales, sin inteligencia compartida, sin coordinación policial real, Taiwán queda expuesta en un mundo donde las amenazas ya no llegan solo por aire o por mar, sino también por cables y pantallas.
Recuerdo la primera mañana en el metro, impecable como un quirófano y silencioso como un templo. Nadie empujaba, nadie levantaba la voz. Había algo en esa disciplina cotidiana, en ese respeto por el espacio común, que me hizo pensar en lo frágiles que somos cuando la convivencia depende apenas de un hilo delgado: la confianza.
Esa palabra volvió a mí estos días, cuando Taiwán lanzó una alerta sobre los riesgos de las aplicaciones chinas de inteligencia artificial, como DeepSeek.
El principal organismo de inteligencia lo dijo sin rodeos: hay amenazas a la privacidad y una creciente posibilidad de que la desinformación se infiltre disfrazada de ayuda tecnológica.
No es casualidad.
Para una isla que ha aprendido a vivir bajo la sombra permanente de un gigante, cada dato que se filtra y cada algoritmo que se cuela puede convertirse en un arma más silenciosa que un misil.
Pienso en el edificio Taipei 101, tan esbelto que parece desafiar los terremotos con solo voluntad. Subí hasta arriba una tarde gris y desde allí la ciudad se veía como un tablero de circuitos: millones de vidas conectadas por cables, señales, pantallas. Una belleza llena de vulnerabilidad.
¿Qué pasa cuando en ese tablero empieza a circular información manipulada? ¿Qué queda de la verdad cuando es moldeada por herramientas que responden a intereses ajenos?
En el palacio de Chiang Kai-shek, con su imponente plaza blanca, entendí algo de la memoria taiwanesa: ellos saben lo que significa perder la propia voz, y por eso la cuidan.
Lo mismo sentí en el Gran Hotel, rojo, majestuoso, vigilante sobre la ciudad. Allí, mientras miraba desde un balcón antiguo hacia el caos ordenado del tráfico, alguien me dijo que en Taiwán la libertad tiene un valor que el dinero no puede comprar. Quizás por eso ahora levantan la mano para advertir que incluso en la era digital, las invasiones no siempre llegan con uniformes.
Juifen, mientras tanto, fue el reverso íntimo de todo eso.
Calles angostas, linternas colgadas como pequeños corazones rojos, olor a té y lluvia.
En ese pueblo que parece flotar entre nubes, sentí cómo la tecnología se vuelve irrelevante por un rato. Pero apenas bajé de la montaña, la realidad volvió con fuerza: vivimos en un mundo donde nuestras emociones, nuestros hábitos, nuestras búsquedas y hasta nuestras dudas pueden ser recolectadas, clasificadas y devueltas en forma de mentira sofisticada.
Taiwán lo entendió antes que muchos: no se trata solo de aplicaciones inteligentes, sino de quién sostiene los hilos detrás.
No es paranoia, es prevención.
Mientras caminaba por las calles de Taipéi, entre faroles y avenidas futuristas, pensé que las democracias ya no se defienden solo en las urnas o en las fronteras, sino también en cada clic.
La libertad digital, esa que aún no sabemos proteger bien, quizás sea la última frontera.
Y entonces me pregunto: ¿estaremos prestando suficiente atención a las sombras que proyectan las luces de nuestras propias pantallas?
Sí, esa es… otra historia.