• Por Cynthia, mamá de Milagros
  • Miembro de la Fundación Down Paraguay

Un estudio de rutina nos derrumbó toda esa ilusión que generaba el ser padres primerizos puesto que había una fuerte sospecha de que nuestro bebé viniera con síndrome de Down.

Me supongo que cada per­sona procesa ese tipo de noticia de manera distinta. Yo en ese momento desafié a Dios, a la vida misma y me pregunté por qué a nosotros (con mi marido). La llegada de Milagros a nuestras vidas cambió nuestra manera de ver el mundo, nos enseñó que Dios nos confía la vida de uno de sus hijos, y que ese ser ya nos había elegido mucho antes de nacer.

El día de su nacimiento nuestros brazos recibieron a una niña perfecta, tanto para hacernos entender que Dios solo nos pedía que con­fiemos en él.

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Después de tres años pare­ciera que ese temor al que nos prepararon los docto­res se transformó en orgullo, orgullo de vivir una realidad distinta a la que escuchamos, orgullo de cada logro que Milagros alcanzaba puesto que era un logro igual al de otros niños de su edad, satis­fechos de saber que como padres hicimos bien en hacer caso omiso a los mitos sobre esta condición y por sobre todo entregarnos a la intui­ción de padres, que no falla.

Actualmente Milagros tiene 11 años, en cada uno de los cuales no paramos de aprender de ella, valorar y aplaudir cada logro, está cursando el quinto grado y para sus compañeros es una niña más, con ella Dios nos demuestra que su tiempo es distinto al nuestro y perfecto a la vez, por sobre todo saber qué esperar de ella. Los límites solo están en nuestros pensamientos y para los niños como Mila­gros el límite es el cielo.

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