- Por Pepa Kostianovsky
A pesar de ser graduada universitaria —mi título de la UNA dice “Abogado”— y de mi larga carrera como comunicadora, nunca he sido docente. Del mismo modo, nunca quise ser jefa. Sé que la torpeza, la pereza y la desidia me fastidian y me ponen argel. Y lo que siempre intenté evitar fue ser humillante con gente a mi cargo, que tuviera que soportar mi malhumor de jefa.
Siempre cuidé muchísimo el trato con las empleadas del hogar, algo que aprendí en la casa de mis padres. Y cuando me tocó ser concejal municipal, por casi 11 años, no tuve más opción que contar con un pequeño equipo –abogada, arquitecta, asistente– a mi cargo. Con ellas también cuidé el trato. Y no me costó, porque eran los mejores funcionarios de la historia de la Junta Municipal de Asunción.
De hecho, como decía, no quise ser docente para no retar a los alumnos vagos o “akané”. Pero creo haber ejercido una suerte de cátedra práctica durante mis más de treinta años de periodista. Cualquiera que me haya conocido en esas lides puede dar testimonio: mi trabajo siempre fue excelente. No solo por mis dotes, genes, preparación y ética, sino porque lo hacía muy bien. Hoy tengo 78 años y todo el derecho del mundo a decirlo sin rubores.
Desde esa óptica, sigo las informaciones –esencialmente en prensa escrita y televisiva– y a menudo me pregunto cómo puede ser que haya colegas tan torpes ejerciendo el oficio (y no solo en nuestro país). Sé perfectamente que la mayoría de los medios responden a los intereses sectarios de sus propietarios, lo cual ya condiciona a los periodistas a cumplir órdenes. Pero… ¡todo tiene un límite!
Dedicar primeras planas a declaraciones gravemente incriminatorias de un empleado despedido por sus patrones, durante días y días, sin el más mínimo indicio de prueba… y de paso adjetivar, escandalizarse hasta las lágrimas, llorar por la “patria sangrante”… ya excede lo que implica la obligación de informar con una mínima dosis de honestidad profesional.
Leí en un recuadro que al director de Ingresos Tributarios le preguntaron su versión sobre el tema, porque a la prensa le parecieron “llamativas” sus visitas al presidente. Orué respondió: “¿Mi versión de qué? ¿De que hable o me reúna con mi jefe? Realmente me sorprende lo que están publicando”.
Comparto plenamente la sorpresa de Óscar Orué, titular de la DNIT. Es la investigación más torpe que podría intentar un periodista. Solo faltaría que llamaran a la esposa del presidente para preguntarle qué le dijo su marido.
¿Tanto cuesta, incluso a colegas de experiencia y prestigio alguna vez ganado, ser un poquito más decorosos y respetuosos de sí mismos? ¿Hace falta despojar de dignidad a lo que fue, hasta hace poco, un noble oficio?

