Por Aníbal Saucedo Rodas

Periodista, docente y político

La costumbre de describir al otro por algún defecto físico o enfermedad no será exclusivamente nuestra, pero es muy nuestra. Casi nos identifica como sociedad. Ante la duda del interlocutor de saber de quién exactamente se trata, invariablemente, aflora como respuesta un adjetivo que los lectores ya estarán recreando en su imaginación, lo que me ayuda a evitar desagradables detalles. Las buenas referencias para identificar a alguien pasaron de moda. Es el morbo el que alimenta la conversación y no las virtudes. Generalizar sería una torpeza, invalidando la nobleza de algunos, pero una gran mayoría es así. La cotidianidad y las redes sociales confirman la tesis.

El bullying tampoco es algo nuevo, aunque no se lo conocía con ese nombre. Ni había campaña alguna para prevenirlo y desterrarlo. En la década de los setenta nos discriminaban por nuestro origen geográfico. En las facultades nos llamaban campesinos, con acento despectivo. Nunca faltaba el compadrito rodeado de una turba que le hacía coro. Ni remotamente era una reivindicación al esfuerzo de llegar a la universidad desde el interior del país, con padres obreros o agricultores. Era una vana creencia de superioridad que no se percibía en las clases. Con el tiempo, con una generación de jóvenes más abiertos al mundo o, tal vez, menos detallista, esa práctica insultante fue desapareciendo. Lo que no significa que las vallas privadas de separación social hayan sido completamente derribadas.

Hoy, los altisonantes de siempre pretenden instalar una falsa delimitación intelectual y moral, y una permanente descalificación social desde las redes. Así, por ejemplo, el que no usa tapabocas es el “paraguayito”, el motociclista que no utiliza casco es el “paraguayito”, el que se ofende por la exhibición de las partes pudendas –pero él quiero verlas– es el “paraguayito”, el que vota por los “impresentables” de todos los períodos es el “paraguayito”… En síntesis, el “paraguayito” es la suma de todos los defectos. Pero defectos de los otros, nunca nuestros. Pelusas en los hombros de los demás son fácilmente advertidas y criticadas, pero la viga que nos atraviesa los ojos impide que nos autoexaminemos con honestidad.

Si fuera una exhortación para educar, sería una iniciativa encomiable. Pero no son comentarios que tengan ese propósito; son expresiones que pretenden una elevación personal a costa de disminuir o menoscabar al otro. Si siguiéramos la lógica de la descalificación por malas costumbres todos somos “paraguayitos”. Como el que hace fraude en los exámenes, los que con su auto modelo del año atropellan la luz roja cuando nadie los ve, los hijos de papá que agreden en patota, los estafadores de guante blanco, los que limpian su conciencia con una confesión para luego volver a pecar libremente, los que diezman con esa misma finalidad, los que con la misma lengua alaban a Dios y denigran al prójimo, los que condenan la corrupción pero a diario la practican, los que insisten en demostrar la inocencia de su cliente sabiendo que es culpable, los que teclean llamando a la desobediencia civil pero no concurre a su propia convocatoria… Es apenas la punta del ovillo de una lista interminable. Un recomendable ejercicio es ir enumerando otras imperfecciones y ubicarnos en el casillero que nos corresponde. Nunca tan sabia la frase: “Si quieres cambiar al mundo empieza por ti mismo”.

Muchos escritores han indagado con aguda pluma en el “ser paraguayo” donde nos revelamos con todas nuestras carencias, debilidades, vicios, virtudes y picardías, y cada personaje fue calificado y encerrado en su propio ámbito, a más de los males comunes que nos informan. Pero ninguno de estos estudiosos esbozó siquiera la posibilidad de etiquetar al compatriota con un término genérico de connotación selectiva y peyorativa: “paraguayito”. Y cosa rara, no tiene su correlativo femenino. Igual que hombre público. Supongo que ha ser parte del lenguaje inclusivo a la antigua.

Detrás del hueso perdido que inquietaba al dictador Rodríguez de Francia, un hombre de lengua afilada como fue Helio Vera, construyó un compendio que merece ser releído. Lo mismo que las obras de monseñor Saro Vera y de Ramiro Domínguez.

Los que secaron el seso para crear al “paraguayito”, tendrían que indagar más a fondo sobre el vaivai, las técnicas del cepillo y del serrucho, el yvytuismo, el pokarê, el requecho, el výro chusco, el kyse yvyra, áğa ajapóta hína (en algún momento voy a hacerlo), ¡che la estatuto!, la ley del jepoka, el braguetero, la solución so’o, el oparei… Releer “En busca del hueso perdido” siempre será útil para saber dónde encajamos. Salvo que, como dijo aquel senador, seamos de otro planeta.

Moraleja: mientras los que satanizan desde las redes dormirán hasta tarde el día de las elecciones, ese humano “paraguayito” satanizado se levantará temprano (nos levantaremos) para ir a decidir el futuro de todos. Así nomás es.

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