Las fortalezas están intactas en el seno de cada ser. Siempre dispuestas a dar ese empujón necesario para ver sus frutos. En uno habita ese manantial de gracias que vivifica en su fluir lo que tiene para dar. Es el arte de conocerse el que requiere atención para desarrollar esa obra que tiene potencia constante y que se labra entre el mundo de las circunstancias.

En esa creciente de vida, las experiencias se encargan de darle sentido a todo lo que acontece. Entonces, lo que parece inentendible ante la simple vivencia, se torna digno de admiración, más allá de su efecto inicial o de su cometido práctico, o de las consecuencias que acarree. Es el proceso de las enseñanzas el que se encarga de darle naturalmente el paso a las comprensiones de la existencia.

Aprender implica cambiar. “No es la especie más fuerte la que sobrevive, ni la más inteligente, sino la que responde mejor al cambio”, expresó Charles Darwin (1809-1882), naturalista inglés.

Desde el pensar se produce esa inacabable secuencia transformacional, es que en esa usina de ideas se provoca una constante mutación, que es inherente al ser humano. Por consiguiente, donde se proyecta el ingenio se activan las fuerzas internas para lograr su realización.

Es abundante lo que sucede mientras se camina diariamente, su valoración depende de quien lo siente. Es indescriptible el conjunto de sensaciones ante el permanente desenlace de los episodios, que traen consigo la impronta de la movilidad.

Siempre hay un posible inicio, está latente, atento al primer paso, desde ahí nace la viabilidad de dar un giro, de construir lo pensado, de animarse a seguir, a orientar la mente hacia lo soñado; en ese transitorio instante se manifiestan las verdaderas intenciones de circular con la firmeza que yace desde adentro, y que representa el poderío del ánimo que no tiene explicación, está y hace lo suyo.

El respeto a las particularidades favorece el andar de las metamorfosis, ocasionando la presencia de las adaptaciones, de las tolerancias, de la apertura a nuevos hechos, que testimonian la notable característica que es inherente a cada vida, esa que se llama incertidumbre, y que acompaña sí o sí durante el viaje. Y que invita a aprender de sus lecciones e insiste en cada amanecer a que se la considere imprevisible y vivaz, haciendo que se admire lo que se vive y que se valore como una gran oportunidad.

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