Existe una trampa peligrosa en la manera en que entendemos la liber­tad. A veces creemos que lo que hace­mos solo nos pertenece a nosotros y que un descuido, un exceso o una mala decisión no le hacen daño a nadie más. Pensamos que no pasa nada hasta que la realidad nos gol­pea de frente con una tragedia que se pudo haber evitado.

Lo vemos de forma constante en nuestras calles y rutas. Una persona toma alcohol, decide subir a su auto y en cuestión de segundos le arrebata la vida a un inocente. No se trata de un simple accidente impre­visto, sino del resultado de una conducta irresponsable. En ese instante, se des­truye una familia entera, pero el impacto no termina ahí. La sala de urgencias de un hospital ya colapsado tiene que absorber otra emergencia evitable y una comuni­dad entera queda con miedo, impotencia y rabia. Lo mismo sucede cuando vemos carreras clandestinas de motos o hechos de violencia que se repiten cada fin de semana. La mala decisión de una persona genera un dolor que termina pagando todo el entorno.

En Paraguay nos acostumbramos a nor­malizar el descontrol y la falta de conse­cuencias reales. Sabemos de sobra lo frá­gil que es nuestra justicia y la impunidad con la que muchas veces se cierran estos casos. Por eso resulta tan urgente mirar cómo resuelven este problema otros paí­ses donde la vida de la gente sí se respeta.

En Japón, por ejemplo, la ley no tolera una sola gota de alcohol al volante. La persona que maneja ebria va a prisión, pero la res­ponsabilidad no termina en el conductor. La Justicia japonesa también sanciona con cárcel y multas millonarias a quien le prestó el vehículo, al acompañante que no impidió el viaje e incluso al bar que le vendió la bebida sabiendo que iba a mane­jar. En el Reino Unido, desde el año dos mil veintidós endurecieron sus leyes de tránsito de tal manera que causar una muerte por conducir de forma peligrosa bajo los efectos del alcohol o las drogas puede significar una condena de cadena perpetua. Esos países entendieron algo elemental. Subir ebrio a un vehículo no es una equivocación menor, es un desprecio total hacia la vida ajena.

A los paraguayos nos gusta hablar de nues­tra solidaridad y de lo cálida que es nues­tra gente. Sin embargo, cuidar al otro no es solo tender una mano cuando ya ocu­rrió una desgracia. Cuidar al otro nace de ser conscientes de nuestros propios actos en la vida diaria.

Ser un ciudadano responsable significa comprender que nadie vive aislado. Cada vez que decidimos no manejar si toma­mos, que respetamos una norma básica o que frenamos a un amigo antes de que cometa una locura estamos cuidando a quienes nos rodean. El cambio que tanto reclamamos afuera empieza en la seriedad con la que asumimos cada una de nuestras propias decisiones.

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