- Por Arturo Peña Villaalta
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En Kinsasa, entonces Zaire, hoy República Democrática del Congo, el 30 de octubre de 1974 se escribía una de las páginas más memorables del boxeo: La pelea de la selva. En un evento de resonancia mundial –organizado por el afamado Don King– se enfrentaban la leyenda Mohamed Alí (con 32 años), como retador, y el joven campeón mundial de peso pesado George Foreman (25 años), con récord de 37 nocauts en 40 peleas.
Alí no era el favorito, las apuestas estaban 4 a 1 en su contra, sin embargo, el combate tenía un condimento especial para él, ya que buscaba recuperar una corona que le había sido arrebata por negarse a ir a combatir a Vietman por sus convicciones religiosas y éticas.
Foreman había asegurado que lo iba a noquear. Alí, por su parte, sabía que llegaba con desventaja ante su potente rival 10 años menor. Pero tenía cartas bajo la manga.
Ya en Zaire, asumió el protagonismo dando rienda suelta a su desafiante carácter. Se ganó el corazón de los africanos, que lo veían como un símbolo de lucha contra la opresión. Salía a entrenar a las calles, donde era rodeado por niños que en coro le gritaban ¡Alí, bomaye! (¡Alí, liquídalo!). Esa frase fue su grito de guerra.
Ya en el ring, sacó su otra carta. En vez de confrontar, adoptó una táctica defensiva: comenzó a asimilar los poderosos golpes de Foreman apoyado en las cuerdas, técnica que se hizo famosa con el nombre de rope-a-dope. En medio del fragor de los golpes, Alí desafiaba: ¿Es todo lo que tienes? Eso enfurecía aun más al campeón.
Resistió y resistió, y al promediar el séptimo asalto, la táctica comenzó a hacer efecto. Foreman empezó a sentir el desgaste. Alí había sobrevivido a la tormenta y comenzó el contragolpe. En el octavo round, el final impensado: un derechazo a la mandíbula, Foreman cayó cinematográficamente a la lona. Intentó levantarse, pero la cuenta marcó el final inexorable. Sin ser el favorito, sin dominar la pelea, Alí volvía a ser el campeón del mundo. La épica historia es magistralmente contada en el documental “Cuando éramos reyes” (1996).
Y si de cine hablamos, recordemos la cuarta saga de Rocky, donde Silvester Stallone (actor y director de la película) recurre a una idea similar para el desenlace contra el gigante ruso Ivan Drago (Dolph Lundgren), en Moscú. La pelea, una alegoría a la Guerra Fría, era abiertamente desfavorable para Rocky ante su oponente entrenado por computadora. Luego de un implacable castigo, Rocky logra hacer sangrar a Drago. Fue el punto de inflexión. Luego, en un final con todos los condimentos del cine norteamericano, Rocky derrota al ruso por nocaut, logrando que hasta el público local lo aplauda de pie.
Una estatua de Rocky domina la explanada del Museo de Arte de Filadelfia, en Estados Unidos. En esta ciudad, la Albirroja enfrenta hoy a la poderosa Francia, por el pase a cuartos de final.
La Albirroja viene de un combate épico contra Alemania. No era la favorita. Tampoco llegaba con el palmarés de un Mohamed Alí del fútbol. Pero salió a la cancha con la convicción de no regalar la derrota. Sorprendió de entrada con el gol de Enciso y luego se dedicó a aguantar y aguantar. Rope-a-dope.
Alí sabía que podía resistir y que en un momento su oponente iba a decaer, a desesperarse y a perder el control mental. Los alemanes golpearon y golpearon, pero al final del suplementario habían perdido seguridad. Sus estrellas se negaron a patear los penales decisivos. Octavo round. El final, ya lo sabemos.
Hoy es la poderosa Francia el desafío, otro campeón mundial, la candidata a ganar el Mundial. ¿Ali-Foreman? ¿Rocky-Drago? Paraguay de nuevo llega con las apuestas en contra, pero con la lección de Alí bien aprendida.
Entre los comentarios que iban y venían tras la victoria contra Alemania, una amiga me escribió: “La selección es como la vida en Paraguay… con los pronósticos en contra, no sabemos ni cómo, ¡pero ahí le vamos!”. A veces esa es la estrategia adecuada, en el boxeo, en el fútbol, en la vida.
¡VAMOS ALBIRROJA!