- Alex Noguera
- Periodista
- alex.noguera@nacionmedia.com
Existe alguien que, al despertar, no estire la mano hacia el celular como si respirar fuera un gesto secundario? Hoy la forma de pensar, los gustos y hasta nuestras inclinaciones más íntimas están regidas por aplicaciones informáticas.
Incluso el amor parece haberse vuelto accesorio: vivimos atrapados en una cárcel tecnológica invisible, cómoda y eficiente.
Asusta este mundo. Estamos fusionados a una pantalla que nos dirige sin que lo notemos. Desde algún lugar –llámese China o Estados Unidos– alguien ya pensó, programó y monetizó aquello que nos va a emocionar o indignar. Mientras tanto, la gente aplaude como focas de espectáculo, convencida de que su pensamiento es único, auténtico, propio.
Esta reflexión nació a partir de un mensaje inesperado. Hace unos días recibí una felicitación de Martín, con quien no hablaba ni me veía desde hacía más de cuarenta años.
Su gesto me sorprendió y me conmovió. En cuestión de minutos, aquella afinidad dormida durante décadas volvió a fluir con una naturalidad desarmante, como si nunca nos hubiéramos despedido a la salida de la escuela.
Recordamos anécdotas de los trotecitos obligatorios alrededor de la cancha de fútbol –que en aquel entonces éramos capaces de cumplir–, regresaron imágenes del pasado y hasta el aroma inconfundible de los sándwiches de dulce de guayaba que su mamá preparaba con tanto esmero.
Todos los chicos los mirábamos con angurria, mientras soñábamos, sin saberlo, con ser campeones de algo algún día.
Y así, mientras la mente intenta sobrevivir a las órdenes diarias de las aplicaciones, se rebeló. Desde algún rincón del subconsciente emergió una viñeta de Quino: el papá de Mafalda, frente al espejo, a punto de afeitarse, reflexiona con melancolía sobre el paso del tiempo y cómo la rutina lo fue consumiendo sin aviso.
Una sola frase lo dice todo: “¿Quién abrió la ventana de los años?”.
¿Dónde se fueron los años? La angustia no nace tanto de la edad como de la sensación de no haber aprovechado mejor el tiempo, de haberle dado una importancia desmedida a las urgencias laborales y al mundo adulto, siempre tan serio, siempre tan impostergable.
Y ya que estamos sumergidos en este sábado de nostalgia, aparece inevitablemente el tango “Volver”, de Gardel y Le Pera, estrenado en 1934 con aquella sentencia inolvidable: “que veinte años no es nada”. Sin embargo, pasaron cuarenta como si nada.
Para muchos jóvenes de hoy, estas reflexiones provocan burlas o incomprensión. Están demasiado ocupados en la vorágine de la inmediatez. Pero, como decía el maestro Robin Wood, la juventud es una enfermedad que solo se cura con el tiempo. Ese tiempo llegará. Y recién entonces entenderán. O tal vez no. Y la vida les habrá pasado por delante, silenciosa, como al papá de Mafalda.
Por ahora, esos recuerdos son los tesoros más valiosos que nos quedan. A veces una sonrisa pícara se escapa sin que quien está al lado entienda por qué. Martín me recordó que la bandera a cuadros ya se ve a lo lejos. Y que, antes de que alguien más vuelva a abrir la ventana de los años, conviene levantar la vista del celular y aprovechar cada tramo del camino.