• Por Aníbal Saucedo Rodas

En los últimos tiempos, los análisis políticos en nuestro medio –y, por ende, los analistas– han diseñado escenarios y anticipado acontecimientos con temeraria apreciación. No evalúan factores ni circunstancias para sentenciar sus conclusiones finales, con pretensiones apodícticas, sino que se movilizan a partir de miradas subjetivas, influenciadas por sus particulares deseos. Entonces, tales posiciones colisionan irremediablemente con los hechos consumados.

No vivimos en un contexto predecible, lo que debería ser el primer elemento a considerar en el momento de valorar situaciones del presente para proyectarlas hacia el futuro, generalmente inmediato. Por eso siempre resultará recomendable incluir en los juzgamientos de la realidad el conector condicional “salvo que”, a fin de cubrir también el otro lado del examen que, no pocas veces, se ignora deliberadamente, procurando que el criterio direccionado permee y se imponga a diferentes franjas de la sociedad.

A partir de esta orientación, lo que se percibe con mayor intensidad y frecuencia es el empeño de desalojar al Partido Nacional Republicano del poder. Una aspiración absolutamente legítima, aunque los medios utilizados sean dudosos, como mínimo, por los motivos antecedentemente expuestos. Las pifias, todavía sin la reprobación del silbido público, se multiplican durante las elecciones, así en las municipales como presidenciales. No por sonar repetitivos dejaremos de subrayar algunas predicciones apocalípticas de quienes creyeron interpretar el sentimiento colectivo –profesionales con una formación en las ciencias sociales que no ejercitan con los métodos exigidos– y que, aclaremos, no se originan solamente desde la academia, sino, también, desde las calles, con amplificaciones en algunos medios de comunicación. La campaña “ANR (Asociación Nacional Republicana) nunca más” fue un estrepitoso fracaso. Y, en su contracara, resultó un acicate para que el Partido Colorado aglutinara sus filas de militantes que estaban dispersos a razón de sus polarizados movimientos internos, a pesar de que las cúpulas mantenían una cerrada y soterrada discrepancia.

Desde el pedestal de la cátedra se sumaron quienes afirmaban que “colorado no vota dos veces a perdedor”, haciendo alusión a Santiago Peña, hoy presidente de la República. Tampoco faltaron los que tradujeron “el silencio del pueblo como un garrote” en las urnas en contra del candidato oficialista de entonces (el mismo Peña). Ni los políticos seudointelectuales que presagiaban la dispersión y posterior desaparición del movimiento Honor Colorado, liderado por el exmandatario Horacio Cartes, porque “vivía sus horas más agónicas”, aunque hoy, por aquellas luces mágicas que enciende el poder, hayan cambiado radicalmente de opinión. Integraban el coro algunos periodistas que daban por seguro que este sector interno del partido se encontraba en estado terminal.

Por de pronto, el 2026 se enfocará en los comicios internos simultáneos del 7 de junio, para elegir candidatos a intendentes y miembros de juntas comunales (de todos los partidos, movimientos políticos y concertaciones). Y, después, para las municipales del 4 de octubre. Algunos observadores ya vaticinaron que dentro de las filas del coloradismo se plantea una encrucijada rocambolesca: que X tiene chances de ganar las internas, pero no las municipales; que el único que puede derrotar a la oposición es XX, porque tiene características similares a S (opositora), quien, sin embargo, no goza de arraigo popular.

Quienes analizan estos comicios desde la vereda anticolorada, incluso, fueron más categóricos: La señora S solo dividirá a la oposición, porque, quien realmente puede derrotar a los republicanos, es J. Pero algunos devaneos ya miran –con el alcance de un catalejo– el 2028: El único que podría vencer a los colorados es el exintendente de Ciudad del Este, Miguel Prieto. No obstante, en la actualidad, su liderazgo se fue difuminando aceleradamente. Ya no es intenso ni claro. Y para coronar nuestro paisaje criollo, un economista devenido en crítico político, haciendo cálculos en la línea del tiempo, infirió que –cumplido el ciclo de los astros– ha llegado la fase de la luna menguante (la llanura) para el coloradismo. Así de astrológicos andamos. Buen provecho.

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