• Jorge Torres Romero

Hay algo revelador –y profundamente incómodo– en la forma en que muchos extranjeros describen al Paraguay. Hablan de su gente hospitalaria, de una gastronomía sencilla pero honesta, de un país ordenado en lo macro, con oportunidades reales de crecimiento y una economía que, sin estridencias, avanza.

Para quien viene de afuera, Paraguay aparece como una tierra posible, previsible, con margen para construir. Para muchos paraguayos, en cambio, ese mismo retrato provoca enojo.

El fenómeno es digno de análisis. Cada vez que un inversor, un turista o un migrante elogia al país, emerge una pequeña pero ruidosa legión de indignados dispuestos a descalificarlo. “No sabe nada”, “le pagaron para decir eso”, “que viva acá antes de opinar”. Como si la mirada externa fuera una amenaza y no un espejo. Como si reconocer virtudes fuera una forma de traición.

Ahí aparece un rasgo preocupante: la cultura del odio. En lugar de empujar el carro hacia adelante, pareciera que algunos prefieren frenar o, peor aún, tirar para abajo. No se discuten datos, se impugnan intenciones. No se contrastan argumentos, se ataca al mensajero. Es una pulsión autodestructiva que ya conocemos demasiado bien.

Y los datos están ahí, aunque incomoden. Crecimiento económico sostenido, grado de inversión, ventajas fiscales claras, estabilidad monetaria, reglas de juego que –con todas sus imperfecciones– resultan más previsibles que en buena parte de la región. Eso convierte a Paraguay en un punto de atracción. No por marketing, sino por realidad. No porque sea perfecto, sino porque es competitivo.

Entonces surge la pregunta inevitable: ¿por qué los odiadores quieren tirarnos para abajo? La respuesta no es solo psicológica; es política y mediática. Hay sectores que viven del conflicto permanente, del relato apocalíptico, de la negación sistemática de cualquier avance que no lleve su firma. Admitir que el país progresa sería aceptar que su discurso se vacía. Y eso, para algunos, es inadmisible.

El problema es que ese ruido no es inocuo. Contamina el clima social, desalienta, distorsiona la percepción interna y externa. No frena el progreso –porque los procesos económicos suelen seguir su curso–, pero sí erosiona la confianza y la autoestima colectiva.

Tal vez la salida sea más simple de lo que parece: ignorar a los odiadores. Valorar lo positivo sin negar lo que falta. Entender que el elogio ajeno no es una humillación propia, sino una oportunidad para mirarnos con menos prejuicios y más honestidad.

Paraguay no necesita unanimidades forzadas ni relatos edulcorados. Necesita, simplemente, dejar de pelearse con su propio reflejo y seguir adelante. Puedo estar equivocado, pero es lo que pienso.

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