• Por Víctor Pavón

“El agronegocio mata la tierra”, dijo el obispo de la Diócesis de Caazapá, Mar­celo Benítez. Lo dicho no es casualidad ni debe tomarse a la ligera. Hay mucho detrás de esta frase. La afirmación muestra la interpretación sesgada del mensaje cris­tiano y una equivocación sobre la ciencia por parte del prelado.

Los fieles consideran infali­bles esa opinión y la toman como verdad. Pero lo dicho por el obispo no es ocurren­cia. Es la punta del iceberg de toda una línea de ideas. Cuando el obispo Benítez se opone al agronegocio se coloca contra el pobre para que este no salga de su infor­tunio.

Se hace necesario, por tanto, encontrar el hilo de la madeja. Ir a las fuentes. En la Biblia cuando se lee sobre la pobreza, se refiere a la pobreza del espíritu, tal como está escrito en el Sermón de la Montaña, que dice: “Bienaventura­dos los pobres de espíritu porque de ellos es el Reino de los Cielos”. El mensaje se refiere a la humildad y a la necesidad de Dios, siendo clarificado con lo siguiente: “Buscad primero el Reino de Dios y su Justicia y el resto se os dará por añadidura”.

De modo que si una per­sona eleva su capacidad económica, no significa que sea pobre de espíritu. La Sagrada Escritura dice: “...Acuérdate que tu Dios es quien te da la fuerza para que te proveas de la riqueza”. La riqueza en sentido material puede ser una bendición, siempre y cuando “la codicia y la ido­latría del dinero” no suplan­ten a Dios.

Es la tradición judeo-cris­tiana. Interpretaciones sesgadas, sin embargo, la han desvirtuado. Algunos desean al hombre arrodi­llado ante el poder de polí­ticos, tecnócratas o lo que es lo mismo el Estado y sus organizaciones afines. De ahí proviene la tenaz oposi­ción a la sociedad libre.

El agronegocio es el resul­tado de la inversión e inno­vación mediante la división del trabajo que implica acti­vidades económicas que conecta las cadenas de pro­ducción, comercio e indus­tria agropecuaria y para ello, la biotecnología de lo genéticamente modificado se convirtió en su porten­toso aliado.

El maíz, el algodón, la soja y otros se vuelven resistentes a insectos y enfermedades. Se eleva la producción por hectárea, se incrementan los ingresos de las familias, se evitan las hambrunas, los niños y las mujeres emba­razadas son mejor alimen­tados por el alto contenido de hierro, fibras, minerales y vitaminas. Con la biotec­nología y la siembra directa se cuida la tierra evitando su erosión. Solo las oenegés ambientalistas y una parte de la Iglesia no ven al agro­negocio y a la biotecnología como lo que son: ¡Una ben­dición!

(*) Presidente del Centro de Estudios Sociales (CES). Miembro del Foro de Madrid. Autor de los libros “Gobierno, justicia y libre mercado”, “Cartas sobre el liberalismo”, “La acreditación universita­ria en Paraguay, sus defec­tos y virtudes”, y otros como el recientemente publicado “Ensayos sobre la libertad y la República”.

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