• Por Aníbal Saucedo Rodas
  • Periodista, docente y político

La clase política está intelectualmente vacía. Que no es una deficiencia exclusivamente nuestra podría generarnos un falso alivio. Falso, porque el raquitismo mental –en este caso no se trata de una enfermedad física– sigue carcomiendo los cimientos de las instituciones y condenándonos a una pobreza estructural que deviene de un pauperismo conceptual el que, a su vez, se presenta como un obstáculo para que el pensamiento medular sea una guía para la acción. Los imprescindibles liderazgos con visión de vigía, en las tres fuentes del poder, que abren las puertas a una transformación cultural, social y económica son opacados por las miradas que se agotan en las urgencias –el síndrome del bombero– y el inmediatismo, sin que, paralelamente, se construyan políticas públicas con vocación de Estado y que sean aprobadas y defendidas por una sociedad que sintió el impacto de sus beneficios.

Los técnicos –de alta calificación, algunos– se recluyen en sus perímetros de operaciones específicas, sin un conducto comunicador con sus pares. Otros, probablemente, no pueden decodificar los signos de las funciones que les fueron asignadas, dificultándose su conexión con la misma realidad y con sus propios colegas. La propaganda, por más bien elaborada que se presente, nunca podrá suplir a la eficiencia de una gestión que pueda ser percibida por la ciudadanía. Los cantos de sirenas de los profesionales de la apología y el panegírico solo embaucan a los débiles, llevando la embarcación directamente contra los arrecifes. Pocos son los hombres y mujeres de carácter y con virtudes que se atan voluntariamente al mástil para escuchar los elogios, pero sin dejarse seducir por sus empalagosas tentaciones. Porque la intelectualidad no implica solamente la compleja tarea de problematizar la realidad. Implica, además, una sólida coraza moral y un compromiso ineluctable con la honestidad y con los demás. Es, sobre todo, el espíritu crítico en movimiento –parafraseando a Umberto Eco– para descubrir nuevas formas de hacer las cosas, es decir, aquel “que produce nuevos conocimientos haciendo uso de su creatividad”.

De los intelectuales que tenemos, específicamente en el campo de la filosofía o las ciencias sociales, no existe un acercamiento visible a la política. Y los pocos que sí lo hicieron, no tuvieron la suficiente fuerza del lenguaje para hacerse comprender por las clases populares. Hasta, quizás, por ninguna clase. Y tampoco faltan los diletantes de la simulación tartufiana, que aspiran aparentar lo que no son con la trillada justificación de que en el país de los ciegos el tuerto es rey. Entonces, irremediablemente, la política pierde la lucidez del pensamiento, tal como ya lo había advertido en varias oportunidades en este mismo espacio de opinión. Los que más abundan son los repetidores de textos ajenos, quienes, en vez de asumir la paradoja de la docta ignorancia, se jactan de un conocimiento que no es sino el eco repetido de lo que otros ya dijeron. Algunos los llaman “grabadoras con diplomas”. Y, por supuesto, obvian la cita del autor, tratando de adquirir la preponderancia de la cual se carece, ante un público con escaso o nulo sentido crítico.

Semanas atrás –exactamente el 31 de octubre de 2025– hablaba de una intelectualidad dispersa y que no logra conectarse con las masas, que es el camino de la verdadera universalidad. Desde Kansas, el profesor Mario Ramos Reyes me hace una devolución: “No es un mal de ahora, sino una vieja enfermedad del alma nacional. Ya Cecilio Báez veía con dolor a una élite ilustrada, lúcida, pero aislada del pueblo al que decía servir”. Sin embargo, “su palabra no bajaba de las cátedras ni de los periódicos al corazón de la gente. Y así seguimos más de un siglo después”. Y citando al doctor Adriano Irala Burgos, o Adrianito, como suele referirse a él Ramos Reyes, expone una definición exacta de esa situación; “Falta, quizás, formar conciencia cívica, educar en libertad, moralizar el ejercicio del poder”.

Y, siempre mencionando a su maestro, prosigue: “El pensamiento que no se hace carne en el alma del pueblo es un lujo estéril”. Y ya de su propia cosecha: “Sin degradar la palabra, urge traducir el pensamiento al idioma del pueblo, a su dolor y a su esperanza. De lo contrario, seguiremos en un plagueo ilustrado, brillante, pero infecundo, que no toca ni transforma. No obstante, es un plagueo noble”. A veces, sí; a veces, no tanto. No todos los plagueos tienen fines altruistas. Muchos trillan desde la sesgada perspectiva de la mala fe. Otros eligieron el edulcorado camino de la adulación, envuelta en una crítica embustera para que todo siga igual, aunque, eso sí, con un engañoso lenguaje altilocuente. Buen provecho.

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