DESDE MI MUNDO

Me llamó la atención hace unos meses el relato de don José, un productor de soja en el departamento de Itapúa. “Cuando sembré, parecía primavera; al cabo del mes, el sol ya estaba feroz, y la lluvia tardaba”, me contó.

Su campo, que siempre había dependido del ciclo lluvioso sin mayor sorpresa, se vio enredado en una danza impredecible: lloviznas que no alcanzan, luego chaparrones que arrastran tierra fértil. Ese testimonio resume lo que, lentamente, va dejando de ser solo un testimonio y se convierte en estadística.

En nuestro país, Paraguay, el fenómeno del cambio climático no es una historia lejana ni un futuro hipotético: es ya parte del presente.

Según la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), de continuar un aumento de temperatura media de 4,2 °C hacia el año 2100, el impacto económico para Paraguay podría oscilar entre USD 80.200 millones y USD 14.300 millones. Y en el escenario más moderado, con 3,4 °C de aumento, las pérdidas podrían ubicarse entre USD 50.500 millones y USD 9.700 millones.

Ese productor, don José, vive una realidad que los datos confirman: el Ministerio del Ambiente y Desarrollo Sostenible advierte que las proyecciones para nuestro territorio indican una subida de hasta 5,5 °C en la temperatura media anual hacia finales del siglo XXI, bajo el escenario de altas emisiones. Además, se anticipan alteraciones relevantes en la precipitación estacional, lo que afecta la agricultura, los recursos hídricos y la infraestructura.

Lo que ocurre en Itapúa, en Alto Paraguay, en Concepción, en todas las regiones, es parte de un mapa mayor: un país que tiene en su fisonomía, sus ríos, sus tierras, su ganadería, tanto su identidad como su fragilidad. Las inundaciones y sequías ya muestran su rostro habitual.

Y, sin embargo, nos falta, creo, esa pausa colectiva para reflexionar en voz alta: ¿qué hacemos con esta nueva realidad?

En mi conversación, don José no se limitó a quejarse. Me dijo: “No es que no podamos producir, podemos, pero ya no como antes, ya no con la certeza de antaño”.

Esa certeza es la que se evapora.

Los datos nos dicen que el país es “altamente vulnerable” al cambio climático. Que existe un inventario nacional de gases de efecto invernadero desde 1990-2015, para que podamos saber los orígenes de la emisión. Que se trabaja en un sistema de monitoreo y evaluación para la adaptación al cambio climático desde 2023-24.

Pero me pregunto: ¿Qué sucede cuando la adaptación tarda más que el cambio? Cuando la sequía quema lo que el bosque deja y cuando la inundación arrastra lo que la ganadería construyó…

La voz de quienes trabajan la tierra es una brújula que nos indica el camino hacia dónde ya vamos: hacia un clima menos predecible, hacia un futuro más lleno de riesgos. Y nosotros, ciudadanos, comunidades, Estado, somos parte de él. Si seguimos creyendo que esto es algo que “le pasará al otro”, nos levantaremos una mañana y descubriremos que el otro somos nosotros.

Pero esa es otra historia.

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