Es fruto de la disciplina que se requiere para poder vivirla. Aparece como un flash aunque su encendido necesita de tiempo. En su transitar se rememora inexorablemente lo que se ha pasado para poder llegar al presente que la recibe con los brazos abiertos. En esa retrospección fluye el acto de agradecer porque lo que se ha vivido merece ser aceptado, y en ese gesto de admisión se reconoce la existencia. Su concepción tiene un carácter personal porque a través de la subjetividad que le da vida encuentra su momento para dar testimonios. La victoria reside en la voluntad de quien decide palpitarla.
La perspectiva con que se la identifica puede ser ampliada conforme a la visión que cada uno posee. El enfoque de su presencia ayuda a darle el significado que amerita. Su alcance está supeditado a la experiencia con que se cuenta, además del comportamiento, coherente con el deseo intenso y vehemente de conseguir lo propuesto. Por eso es relevante saber lo que hay que realizar. Y estar dispuesto a seguir aprendiendo, honrando de esa forma el tránsito por este mundo. En esta actitud también vive la victoria.
El semillero de los logros está en cada corazón que late; mientras haya vida, siempre habrá oportunidades para crecer. Es inherente al ser su destino de gloria, solo hay que creer y actuar en consecuencia. Y para ello hay infinitas posibilidades de hacerlo. Lo victorioso se halla en todas las manifestaciones que expresan admiración hacia lo que se está viviendo. Por consiguiente, hay conquistas donde hay deleites que disfrutar, como levantar en brazos a una criatura, darle un abrazo a un ser querido, incentivar a un joven para que le vaya bien en sus desafíos, valorar el trabajo de quienes están aportando desde la concreción de sus funciones, escuchar las preocupaciones que alguien necesita transmitir y darle contención; el universo de las victorias cotidianas es abundante.
Es victoriosa la intención de ayudar, de participar con entusiasmo, de sentirse comprometido con los valores que estimulan las ganas de avanzar hacia las metas planteadas, de entender que es gigante el abanico de situaciones en donde el ser humano construye sociedad desde su quehacer diario. Es la victoria que tiene millones de rostros, que habla por medio de los hechos, que se inmiscuye en una mesa familiar, que acontece en un acuerdo laboral y que se pregona en los sucesos transparentes de las jornadas diarias.
La estima hacia el prójimo es un trofeo emotivo sin igual. Es un paso cívico que abre trechos afectivos. Es la herramienta básica para vivenciar la satisfacción del convivir. El premio por vivirla habita en la conciencia de cada uno y desde allí se alimentan los sentidos que se expresan de diversas formas durante el devenir de las acciones. En ellas la potencia de la victoria es muy fuerte.
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Derrotas y victorias de la sociología paraguaya
- Dr. José Duarte Penayo
- Filósofo
- Presidente de la ANEAES
El sociólogo e investigador Carlos Peris publicó un libro que reúne un archivo decisivo sobre el nacimiento y posterior clausura de la sociología en Paraguay. Sociología paraguaya, dos momentos reconstruye dos episodios separados por setenta años.
Por un lado, el nacimiento de la sociología de cátedra, a comienzos del siglo XX y, por otro lado, el cierre de la carrera de Sociología de la Universidad Católica, en 1983. Los articula con una hipótesis fuerte: la relación de la sociología con la Iglesia católica se transformó hasta invertir los lugares que cada una había ocupado.
Uno de los mayores méritos del libro es recuperar textos y documentos de archivo poco conocidos o de difícil acceso, que Peris rescata y vuelve a poner en circulación.
Un opúsculo de 1914 sobre los orígenes de la sociología paraguaya, actas del Consejo Universitario de la Universidad Católica y el informe policial de la clausura son huellas que permiten reconstruir ambos momentos desde textos que se convierten en evidencia y permiten contrastar ciertas simplificaciones surgidas del testimonio de sus protagonistas.
La recepción de la sociología en Paraguay se sitúa, para el autor, en septiembre de 1913, en Villarrica, cuando el conferencista chileno Juan José Julio y Elizalde fue golpeado y dado por muerto al terminar una charla sobre el positivismo de Auguste Comte, luego de que el párroco local considerara que no debía realizarse.
Elizalde sobrevivió y, meses después, librepensadores asuncenos publicaron en su homenaje El ideal de Augusto Comte y su primer bautismo de sangre, encabezado por Cecilio Báez, intelectual liberal, expresidente de la República y fundador, en 1900, de la primera cátedra de sociología del país.
El segundo momento data de 1972, cuando profesores buscaron abrir la formación profesional en sociología, mientras el régimen stronista impedía que la carrera se impartiera en la Universidad Nacional de Asunción. La Universidad Católica ofreció entonces el único margen para un programa con autonomía formativa. Peris resalta que la ciencia social que en Paraguay había nacido enfrentando a la Iglesia, encontró en ésta, medio siglo más tarde, a su único anfitrión posible, aunque esa misma casa decidió su clausura el 23 de abril de 1983.
Las actas de la Universidad que Peris consigna son reveladoras. Los argumentos para su cierre aparecen fundamentados en la escasa matrícula y los costos, dado que la carrera nunca superó los cuarenta alumnos (recibió un solo inscripto en 1982) y produjo cuatro egresados en seis años.
El autor muestra que, a diferencia de la Argentina y el Chile de aquellos años, donde los militares intervinieron directamente las carreras, en Paraguay no existe constancia documental de una intervención del gobierno de Stroessner en la clausura. Sin embargo, un informe policial permite asomarse a la trastienda, pues allí se afirma que trasladar Sociología al posgrado permitiría “evitar la manifestación ideológica”.
A pesar de ello, la sociología siguió fuera de la universidad, específicamente en el Centro Paraguayo de Estudios Sociológicos (CEPES), donde se investigaba sobre población y el desarrollo. Incluso, algunos de sus miembros colaboraron con la Secretaría Técnica de Planificación dentro del proceso modernizador del Estado.
Lorena Soler documentó esta dimensión en Los oficios del sociólogo en Paraguay, mostrando que no había incompatibilidad entre “la modernización stronista y el proyecto del CEPES”. La sociología encontró espacio allí donde su saber resultaba útil para planificar y administrar el orden.
Volviendo a la obra de Peris, su lectura me lleva a considerar que la primera derrota de la sociología naciente del siglo XX paraguayo se produjo en la memoria de posguerra. En 1902 Cecilio Báez mantuvo una viva polémica con Juan E. O’Leary sobre Francisco Solano López. Si bien discutían sobre historia, en realidad subyacía un intercambio de posiciones la reconstrucción de la comunidad devastada producto de la Guerra Grande.
El desenlace del debate fue la existencia de dos grandes interpretaciones sobre el pasado. Los textos de Báez, incluidos sus manuales de sociología, quedaron confinados al interés especializado, mientras el roman national -Jules Michelet dixit- de O’Leary continúa vivo en las expresiones mediante las cuales los paraguayos reconocemos nuestra pertenencia nacional.
Considero, por ello, que hubo más “imaginación sociológica” (en el sentido de Charles Wright Mills) en el campo del nacionalismo que en la naciente sociología paraguaya. Creo que los nacionalistas comprendieron mejor la potencia de lo social que la sociología de cátedra, porque practicaron una hermenéutica social en acto, entendiendo que ningún orden se construye sobre una sociedad vacía y que toda comunidad supone fidelidades y símbolos para reorganizarse.
Los dos episodios terminan comunicándose a través de una pregunta que el libro impulsa a pensar: ¿puede la sociología ser contestataria sin atender, al mismo tiempo, al motivo de su nacimiento como ciencia social, es decir, pensar el orden y las condiciones de su construcción?
La sociología de cátedra cuestionó las tradiciones nacionales desde un proyecto liberal y laico, y perdió la batalla cultural frente a un nacionalismo que supo trabajar con los materiales de la cohesión.
Luego, en los años setenta, halló fuerza fuera de la universidad porque participaba, bajo un régimen autoritario, en la organización del orden de una sociedad en transformación, cumpliendo con su función originaria.
Acaso estas dos derrotas permitan reconocer el reverso de “dos victorias” de la sociología paraguaya, en particular de aquella interesada en pensar el orden y la cohesión social.
La primera fue la participación de determinados sociólogos en la formulación de políticas públicas durante el régimen de Stroessner.
La segunda ocurrió desde 2003, bajo otro gobierno colorado, cuando referentes de la sociología fueron convocados para liderar el primer Gabinete Social de la democracia.
Desde allí impulsaron las primeras políticas de transferencias condicionadas y sentaron las bases de un sistema de protección social que, hasta hoy, enfrenta enormes desafíos.
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Niño de 10 años habría sido encadenado por su abuela: ¿qué dice la ley sobre los límites de la disciplina?
Un niño de 10 años habría sido encadenado por su abuela materna en una vivienda, según una denuncia presentada ante la Policía y difundida inicialmente por C9N. El caso ya se encuentra en conocimiento del Ministerio Público y de la Defensoría de la Niñez, que deberán determinar las circunstancias del hecho y las eventuales responsabilidades.
Según el reporte policial, una familiar del menor se presentó en la comisaría acompañada del niño y relató que lo encontró en la vía pública luego de que este saliera de la vivienda. Al observar que tenía una cadena colocada en una de sus manos, la mujer habría procedido a retirársela y posteriormente comunicó lo ocurrido a las autoridades.
La Fiscalía y la Defensoría de la Niñez fueron informadas del caso para activar las medidas correspondientes. El niño quedó provisoriamente bajo el cuidado de su tía, mientras que la abuela quedó a disposición de las autoridades.
De acuerdo con el relato de los intervinientes, la mujer habría manifestado que recurrió a esa medida porque ya no podía controlar al niño y que este no obedecía sus indicaciones.
¿Hasta dónde puede llegar la disciplina?
El caso vuelve a poner sobre la mesa una cuestión que trasciende la investigación puntual: ¿hasta dónde puede llegar un adulto cuando intenta corregir la conducta de un niño?
En Paraguay, los niños y adolescentes son sujetos de derechos y cuentan con protección especial frente a cualquier forma de violencia o vulneración. Las medidas de disciplina o corrección no pueden utilizarse como justificación para someterlos a situaciones que afecten su integridad física o psicológica.
La normativa paraguaya establece además el principio del interés superior del niño, que debe orientar las decisiones de las autoridades y de quienes tienen a su cargo su cuidado. Esto significa que una persona adulta no puede disponer de cualquier mecanismo bajo el argumento de estar disciplinando a un menor.
Cuando una medida implica violencia, sometimiento o una afectación de sus derechos, corresponde la intervención de las instituciones encargadas de su protección. El caso podría configurar una situación de maltrato.
No obstante, será la investigación la que deberá establecer qué ocurrió exactamente, durante cuánto tiempo estuvo el niño en esa situación, cuáles fueron las circunstancias y qué responsabilidad corresponde a los adultos involucrados.
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El caso queda bajo investigación
La prioridad de las instituciones intervinientes será garantizar la protección del menor y determinar las medidas necesarias para resguardar sus derechos.
La denuncia también vuelve a poner de relieve la importancia de que situaciones de posible violencia o vulneración contra niños sean comunicadas a las autoridades, en lugar de recurrir a medidas que puedan poner en riesgo su integridad.
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Un instrumento para la paz
- Por Marcelo Pedroza
- Psicólogo y magíster en Educación
- mpedroza20@hotmail.com
En la concepción de Crisipo de Solos (281 a. C. - 208 a. C.), filósofo griego y una figura relevante de la escuela estoica antigua, la lógica no constituye un ejercicio meramente abstracto ni una disciplina separada del resto de la filosofía. Por el contrario, forma parte de una estructura orgánica en la que se encuentra unida a la física y a la ética.
Y tiene como finalidad principal examinar la corrección de los juicios humanos, ya que es precisamente en el ámbito del juicio donde se origina la orientación de la conducta. De este modo, la lógica no se limita a establecer reglas formales del razonamiento, sino que se convierte en un instrumento destinado a ordenar la vida racional del ser humano.
La razón de esta función ética de la lógica radica en la idea estoica del conocimiento y de la acción. Crisipo, quien también es considerado fundador de la gramática como disciplina específica en Grecia, sostenía que los seres humanos no se ven perturbados por los acontecimientos en sí mismos, sino por los juicios que elaboran acerca de ellos. Las impresiones que llegan al alma requieren siempre un acto de asentimiento por parte de la razón. Cuando este asentimiento se concede de manera precipitada o errónea, surgen los juicios falsos y, con ellos, las pasiones que desordenan la vida interior. En cambio, cuando el juicio se formula de acuerdo con la razón, el alma conserva su equilibrio y la acción se orienta hacia la virtud. Así, la lógica cumple una función decisiva: educar la facultad de juzgar para evitar el error que conduce a la perturbación del alma.
Esta relación entre pensamiento y acción revela por qué la lógica posee una dimensión profundamente ética. La rectitud del razonamiento no solo asegura la coherencia intelectual, sino que también constituye la base de la vida moral. El ser humano que aprende a juzgar correctamente aprende al mismo tiempo a gobernarse a sí mismo. En esta perspectiva, el dominio del pensamiento se convierte en el fundamento del dominio de las pasiones y de la conducta justa.
La ética estoica se articula además con una visión del mundo profundamente unitaria. El cosmos se encuentra atravesado por una razón universal que ordena todas las cosas. El ser humano participa de esa racionalidad cósmica y, por ello, posee una dignidad particular dentro del orden natural. Vivir conforme a la naturaleza significa morar acorde a esa razón universal que también habita en el interior del alma humana. De este principio surge una dimensión moral que se expresa en el respeto hacia uno mismo y hacia los demás. Respetarse a sí mismo implica no traicionar la propia naturaleza racional mediante juicios falsos o pasiones desordenadas; respetar a los otros supone reconocer que todos los seres humanos participan de la misma razón universal.
Desde esta perspectiva, la paz entre los seres humanos no es simplemente un ideal político o social, sino una consecuencia directa de la comprensión filosófica de la naturaleza humana. Cuando los individuos reconocen que todos comparten la misma racionalidad fundamental, desaparece la raíz de muchos conflictos basados en el error, la ignorancia o el juicio precipitado. La lógica, al educar la razón y corregir los juicios, contribuye indirectamente a la armonía entre los hombres, pues reduce las pasiones que suelen originar la discordia.
Esta concepción se encuentra estrechamente vinculada con la teoría estoica del alma. Para Crisipo, el alma no es una sustancia separada del cuerpo, sino una realidad material compuesta de pneuma, un soplo vital que organiza y vivifica el organismo. En el ser humano este pneuma alcanza su grado más elevado de perfección al manifestarse como razón. El alma posee diversas funciones –percepción, pensamiento, memoria e impulso hacia la acción–, pero todas dependen de un principio rector denominado hegemonikón, el centro directivo donde se producen los juicios y se otorga o se niega el asentimiento a las impresiones.
El equilibrio moral depende precisamente del correcto funcionamiento de este principio rector. Cuando el hegemonikón ejerce su función racional de manera adecuada, el alma mantiene su armonía y las acciones del individuo se orientan hacia la virtud. Por el contrario, cuando el juicio se deja arrastrar por impresiones engañosas, el alma se desordena y surgen las pasiones que conducen al conflicto interior y exterior. Así, la lógica aparece nuevamente como una disciplina indispensable, ya que permite educar la capacidad del alma para juzgar con claridad.
En este sentido, el pensamiento de Crisipo muestra una profunda unidad entre lógica, antropología y ética. La corrección del razonamiento no es un ejercicio puramente intelectual, sino una práctica destinada a preservar la armonía del alma y a orientar la convivencia humana.
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La disciplina como arma: El liderazgo que produce resultados, aunque caiga mal
Claudio Laterza
CEO de Banco Basa
En tiempos recientes, el liderazgo se ha contaminado de un discurso blando, optimista y peligrosamente ingenuo. Se nos dice que un buen líder debe ser agradable, flexible, comprensivo, siempre accesible. Una figura casi terapéutica.
Pero la historia y la filosofía estratégica son claras: la disciplina, no la simpatía, es lo que sostiene a un equipo bajo presión. Y en un mundo corporativo donde la presión es permanente, el líder que evita la incomodidad está condenado a producir resultados mediocres.
Los grandes estrategas jamás confundieron liderazgo con popularidad. Sun Tzu afirmaba que el comandante que no impone orden en su ejército no solo fracasa: traiciona a sus propios soldados. Clausewitz veía la disciplina como antídoto contra la fricción -esa fuerza caótica que destruye incluso los planes mejor diseñados-. Y Maquiavelo advertía que un líder preocupado por caer bien inevitablemente cae primero.
La disciplina tiene mala reputación porque incomoda. Obliga a la confrontación, exige estándares, expone incompetencias y elimina excusas. Pero esa incomodidad es exactamente el punto. Nada grande se construye sin tensión. Nada excelente se logra sin rigor. El líder que se disculpa por exigir calidad o puntualidad está confesando que le importa más la aprobación social que el resultado estratégico.
Un equipo disciplinado no es un equipo militarizado; es un equipo orientado hacia el propósito, donde las reglas existen para proteger la misión, no los egos. La disciplina libera energía: elimina la necesidad de renegociar expectativas, cierra espacios a la ambigüedad, reduce la fricción interna y crea un entorno donde las personas saben exactamente qué se espera de ellas.La libertad real -la de ejecutar con autonomía y confianza- solo existe cuando hay límites claros.
Convertir la disciplina en un arma estratégica implica tres acciones concretas:
1. Establecer estándares innegociables.No se trata de microgestión; se trata de definir qué nivel de excelencia es aceptable y qué comportamientos no tienen espacio en la operación. Un estándar ambiguo es un equipo desorganizado.
2. Practicar la corrección inmediata. El error repetido no es un error: es incompetencia tolerada. Corregir en el momento no es agresión; es respeto por el equipo. La omisión silenciosa es la verdadera falta ética.
3. Mantener coherencia incluso cuando desgasta. La disciplina que solo existe cuando es cómoda no es disciplina: es teatro. La consistencia bajo presión es el pilar del liderazgo confiable y la fuente silenciosa de autoridad.
El costo de este enfoque es evidente: no todos te van a querer. Algunos incluso te van a resistir, sabotear o criticar. La disciplina revela quién está comprometido y quién solo está ocupando un espacio. Pero el líder estratégico entiende que la aprobación pasajera es irrelevante comparada con la credibilidad que nace de los resultados.
La simpatía es volátil. El respeto se construye. Y en cualquier organización que aspire a competir en mercados reales -no en simulacros corporativos- la disciplina es el arma que marca la diferencia entre un equipo que apenas sobrevive y uno que conquista terreno.
Porque al final, el liderazgo no se mide por cuántas sonrisas genera, sino por la claridad, la fuerza y los resultados que deja en su camino.