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Madrid

Los socialistas resultarán ganadores, pero tendrán problemas para formar un gobierno.

En enero de 2017, en Dos Hermanas, una gran ciudad dormitorio a las afueras de Sevilla, Pedro Sánchez presentó su candidatura para volver a obtener la dirigencia del Partido Socialista de España, del cual había sido expulsado mediante un golpe interno tres meses antes. Pocas personas dentro del sistema político de Madrid apostaban algo por él, sin embargo, después de ir de un mitin a otro en su Peugeot 407 de 12 años de antigüedad, recuperó su puesto en unas elecciones primarias del partido. En mayo pasado, demostró la misma determinación y sentido de la oportunidad cuando organizó una moción de censura que lo instaló como primer ministro de un gobierno de minoría en lugar de Mariano Rajoy, un conservador cuyo Partido Popular (PP) ha quedado muy desprestigiado por la corrupción.

Este mes, Sánchez regresó triunfante a Dos Hermanas a arrancar la campaña de su partido para las elecciones generales del 28 de abril. Durante los últimos diez meses, “no hemos podido cambiar a España”, les dijo a unos 2000 simpatizantes. Pero “hemos fijado el rumbo hacia una España más justa”. En lo que serían las terceras elecciones generales en poco más de tres años, las encuestas de opinión indican que el Partido Socialista será con facilidad el más grande por primera vez desde las elecciones del 2008 y tal vez obtenga 50 escaños además de sus actuales 84 en el Congreso de Diputados formado por 350 miembros. Eso aún dejaría a Sánchez muy lejos de la mayoría, debido a que la política española se ha vuelto extraordinariamente fragmentada e inestable. De hecho, las encuestas indican que aproximadamente el 40 por ciento de los votantes, una cifra excepcionalmente alta, siguen estando indecisos.

DOS NUEVOS PARTIDOS

Hasta el 2015, los socialistas y el PP se alternaron en el poder, en ocasiones dependiendo de los nacionalistas catalanes o vascos para completar las cifras parlamentarias. Sin embargo, el descontento provocado por la crisis económica posterior al estallido de una burbuja inmobiliaria en el 2007 originó dos nuevos partidos a nivel nacional: Podemos, de extrema izquierda, y Ciudadanos, originalmente centro liberal. La crisis también fue un factor que contribuyó a la propugnación de independencia por parte de los nacionalistas catalanes, la cual culminó en un referéndum inconstitucional en octubre del 2017. Esta amenaza a la existencia del país ha impulsado a su vez el rápido crecimiento de Vox, un nuevo partido de extrema derecha, y también ha empujado al PP y a Ciudadanos hacia la derecha.

La lucha de tres bandos en la derecha ha dado un carácter temperamental a la campaña. Mientras que Rajoy era un moderado cauteloso, quien lo remplazó como dirigente del PP, Pablo Casado, está mucho más ideologizado y es mucho más agresivo. Tanto él como Albert Rivera, el dirigente de Ciudadanos, han intentado convertir las elecciones en un plebiscito sobre Sánchez. Ninguno de ellos ha perdonado al primer ministro por ganarles la delantera con la moción de censura, la cual prosperó gracias a los votos de los nacionalistas vascos y catalanes, o por sostener conversaciones no concluyentes con el gobierno regional separatista de Cataluña (algo que también hizo Rajoy). Ambos amenazan con imponer régimen directo sobre Cataluña y calificar al referéndum del 2017 como un intento de golpe de Estado.

LOS RECORTES

Al arrancar el programa del PP en Barcelona este mes, Casado acusó a Sánchez de ser “aliado de golpistas, separatistas y terroristas” y de ser un “peligro público”. Esta hipérbole tiene el objetivo de atraer nuevamente a los antiguos votantes del PP que se han ido a Vox, pero ha alejado la atención de las diferencias importantes entre Sánchez y sus opositores acerca de la política económica.

Los socialistas utilizaron los meses que estuvieron en el poder para revertir algunos de los recortes de Rajoy al estado de bienestar y decretar un gran aumento al salario mínimo (así como un intento que todavía no tiene éxito de exhumar los restos del general Francisco Franco, ex dictador de España, de su pomposo monumento en el Valle de los Caídos a las afueras de Madrid). La derecha quiere recortar los impuestos, y le preocupa que los socialistas reduzcan una sólida recuperación económica que está comenzando a perder fuerza.

Bajo la influencia de Vox, Casado ha hablado con más dureza de la inmigración. También introdujo con torpeza el tema del aborto en sus discursos, con lo cual solo logró el rechazo de algunas personas de su propio bando. Las encuestas muestran que la mayoría de los españoles están conformes con la ley actual del aborto voluntario.

UNA ENMIENDA

La apuesta de Sánchez es que los españoles estén menos enojados y paranoicos, y que sean más liberales en términos sociales, de lo que piensa actualmente la derecha. Insiste en que dialogaría con los separatistas catalanes solo dentro de los parámetros de la Constitución y no concedería ningún referéndum sobre la independencia. Propone una enmienda constitucional para “especificar” la asignación de poderes entre el centro y las comunidades autónomas. Eso suena como a un federalismo que no se atreve a decir su nombre (ya que en España este se asocia con una breve y caótica república del siglo XIX). El Partido Socialista es ahora “el único partido moderado”, afirmó la semana pasada. Está intentando movilizar a los votantes indecisos de centro al conjurar el fantasma de Vox apoderándose del gobierno si gana la derecha.

Muchos analistas políticos del pasado sostuvieron que Franco había inoculado a España contra el nacionalismo de extrema derecha. Vox echa por tierra esa afirmación. Más que a los movimientos populistas nacionalistas como el Frente Nacional de Francia o la Liga Norte de Italia, se parece al nacionalismo conservador católico de los partidos gobernantes de Polonia o Hungría. Vox está contra el feminismo, a favor de las corridas de toros y quiere abolir la autonomía regional de la Constitución y regresar a un Estado centralizado. Es una “metástasis del PP”, del cual provienen algunos de sus dirigentes, sostiene un ex líder socialista. Representa la identidad de los hombres españoles. Ha atraído a grandes multitudes a algunos de sus mitines. Algunos de sus opositores temen que capte un voto oculto que las encuestas no reflejan por completo.

DIVISIÓN DE DERECHA

Tal vez así es, a pesar de que las encuestas tienden a exagerar el apoyo a los nuevos partidos. Sin embargo, es probable que el sistema electoral de España, que es menos estrictamente proporcional en provincias menos pobladas, penalice a la derecha por su división en tres grupos, negándoles a los partidos de derecha la mayoría legislativa, la cual consideraban segura hace dos meses. Eso ayudará a los socialistas, quienes se están beneficiando no solo de la cacofonía de la derecha, sino también del declive, en apariencia permanente, de Podemos, el cual está sufriendo por divisiones internas.

La mayoría de los líderes políticos aceptan que España se dirige a su primer gobierno de coalición de la historia a nivel nacional desde que se restauró la democracia en 1977. Todo dependerá de la aritmética parlamentaria precisa, y de si se presiona a Rivera a romper su promesa (hecha con los ojos puestos en Vox) de no formar coalición con Sánchez.

José Ignacio Torreblanca, del Consejo Europeo de Relaciones Exteriores, un comité de expertos, considera que de cualquier forma, Sánchez está listo para surgir como el dirigente socialdemócrata más poderoso de Europa. Para un partido que hace tres años estaba cayendo en la irrelevancia, es todo un logro. Sánchez ha demostrado que es un guerrero. Ahora tal vez tenga que ser un sanador.