Un juego de estrategia para medir la astucia.

¿Quién hace fortuna -o poder- sin cruzar la línea

Por: Jazmín Gómez Fleitas

jazmin.gomez@gruponacion.com.py

En esta serie de la cadena televisiva estadounidense Showtime, los roles de presa y cazador cambian constantemente. La tercera temporada fue estrenada el 25 de marzo (disponible en Netflix), y no nos la queremos perder por nada. Te contamos por qué.

En Billions, el diálogo es un intercambio inteligente, constante y permanente. Chuck Rhodes (Paul Giamatti, nominado al Óscar) es un fiscal del distrito que ha mantenido intachable su récord de victorias sobre criminales y Bobby Axelrod (Damian Lewis, Homeland) es un exitoso gerente de fondos de cobertura (es decir, una sociedad privada de inversión), en Nueva York.

¿Cuál es la relación? Chuck recibe presión de la Comisión de Bolsa y Valores -que regula los mercados financieros- para iniciar un enjuiciamiento contra de Bobby. Ellos son advertidos de que empresas de menor tamaño reciben información privilegiada mediante vínculos con Axe Capital, la empresa que pertenece a Bobby. El problema es que no hay ningún cargo en su contra, ninguna prueba que lo incrimine y además es “el hombre del pueblo”, querido por todos.

Y aunque Chuck al principio decide omitir esa petición, la Comisión insiste en público, dejándolo en evidencia en plena conferencia de prensa, ya que hay una sospecha colectiva de que todas las empresas que están en la cima financiera negocian con información privilegiada para mantener exitosas sus transacciones en la Bolsa. Que el nombre no te engañe, aquí no se trata del dinero sino del poder.

Bobby, por su parte, es un todo un rockstar. Ya en el minuto 6 del primer episodio lo deja bien en claro. Tiene a estos prodigios egresados de las mejores universidades del país trabajando para él como sus analistas de transacciones, quienes manejan al dedillo las matemáticas, pero no así las mañas del negocio ni la destreza para leer entre líneas lo que no se dice.

Su círculo de confianza es muy limitado y dentro de él está su esposa Lara (Malin Akerman, Watchmen), quien sabe todo lo que él se propone y lo respalda como una leona. Ya en este episodio la vemos en acción, diciendo “por supuesto que te estoy amenazando, así es como me crié”. Tanto Lara como Bobby provienen de familias de clase baja que salieron adelante gracias a su astucia y siguen haciendo uso de ella.

Otro rol a destacar es el de la Performance couching o Entrenadora de rendimiento. En una época en la que la palabra couching está tan de moda, ver a Wendy Rhodes (Maggie Siff, Mad Men) trabajar, es contemplar las ligas mayores. Psicóloga especializada en orientación, es una total badass cuando de sacar lo mejor de los empleados de Axe Capital se trata. Pero más que eso, es la consejera de cabecera de Bobby. Es uno de los principales personajes de la serie y solamente se hace mejor al avanzar.

Y un pequeño detalle: es la esposa del fiscal. Trabaja con Bobby desde antes que ninguno de los dos se haya casado, lo cual suma como unos 15 años. Ella gana 8 veces más que su marido y es el principal problema de Chuck en el ámbito laboral. Es este conflicto de intereses lo que al parecer, hizo que Chuck aguardara pacientemente el mejor momento para ir detrás de Bobby. Ahora que no tiene otra alternativa más que hacerlo, este será un punto principal en el tablero a lo largo de la temporada.

La dinámica de las relaciones

Desde las parejas hasta los empleados, todo es vital y se va desglosando a profundidad. Tanto para el lado del supuesto “bien común del pueblo” como el de las altas finanzas, la lealtad es una moneda que no se negocia. Los empleados confían en sus respectivos jefes porque ellos los respaldan, entrenan, motivan y porque saben que bajo su tutela pueden llegar lejos.

En las relaciones hay una clara diferencia. Por un lado, Bobby y Lara se muestran como un frente unido tanto en la casa, como en el trabajo y con los amigos de la vida. Y más aún para defenderse. Por el otro, Chuck tiene una política de no hablar sobre trabajo con Wendy. Además, ambos tienen opiniones distintas respecto a varias cosas que entierran pero que, eventualmente salen a la superficie, como cuando en el primer episodio, Wendy nos deja la gloriosa frase: “Chuck, ¿no te cansas de mover piezas en el trabajo para también venir acá a manipularme?”

Al adentrarse en la serie uno se da cuenta de que lo que parecía iniciar por una buena causa, se torna personal. Y las dos temporadas son una montaña rusa de tácticas desplegadas e intercambios estratégicamente elaborados en una guerra fría que se expande y que es genial de ver. ¿A quién terminaremos apoyando? ¿A Chuck o a Bobby?