El mundo necesita de personas valientes, que entiendan que aunque todos seamos diferentes, gozamos de los mismos derechos, más allá del género que nos identifique. Pero, ¿qué implica realmente educar en igualdad?

Por: Micaela Cattáneo

De niñas, nos uniformaban de rosa sin preguntarnos si era el color que queríamos vestir; nos convencían de que las muñecas y los juguetes de cocina eran juegos "de nenas", mientras que las espadas y las pelotas de fútbol, "exclusivos del sexo opuesto". Nos prohibieron silbar, simplemente porque la sociedad se encargó de decir que "eso no era cosa de damas"; nos contaron el cuento de hadas en el que éramos princesas a la espera de un príncipe azul y nos enseñaron que al fin solo nos "realizamos como mujeres" cuando somos mamás.

También nos cuestionaron cuando, de adolescentes, empezamos a vestir polleras cortas, argumentando que "usarlas no hablaba bien de quién éramos"; nos hicieron creer que en los asuntos del amor, es el hombre quien debe tomar la iniciativa, que es normal que condicionen tu mal humor al período menstrual y que llegar a una cierta edad de la vida sin pareja es el inicio para "quedarse a vestir santos".

Para nosotras, crecer no significó el fin de todas estas exigencias impuestas; al contrario, se duplicaron, porque con el tiempo nuestro cuerpo se convirtió en objeto de valoración para los demás, expuesto constantemente a parámetros estéticos imposibles que sólo terminaban por afectar nuestro estado emocional. ¿En qué momento, entonces, aprendimos a ser nosotras mismas, a amar con libertad, a desarrollar nuestro futuro con independencia y a querernos y aceptarnos como somos?

“ el feminismo actual es consecuencia del largo camino trazado por la lucha de las mujeres feministas que nos precedieron, de aquellas que buscaron un mundo más justo e igualitario entre hombres y mujeres”

"Creo que el feminismo actual es consecuencia del largo camino trazado por la lucha de las mujeres feministas que nos precedieron, de aquellas que buscaron un mundo más justo e igualitario entre hombres y mujeres", responde la psicóloga y terapeuta familiar Paola Kolher. Y cita dos ejemplos de esa lucha: "El movimiento #NiUnaMenos, que visibiliza el alto número de feminicidios, y la campaña #MeToo (#YoTambién), que permitió que mujeres de diferentes estratos socioculturales reconozcan haber sido víctimas de abuso, en algún momento de sus vidas".

Por otro lado, la técnica ludotecaria Cielito Miranda sostiene que, actualmente, son cada vez más las mujeres que toman opciones de vida divergentes que la sociedad no acostumbra, en parte gracias a la educación que reciben de la generación que despertó con la democracia en Paraguay, aquella que recibió información nueva y vio nacer tecnologías impensables. "Ese despertar mediático facilita el conocimiento, el autoaprendizaje, el relacionamiento intercultural y la globalización de ideas, lo que da materia prima para que la mujer busque destacarse en todos los espacios de acción social", reflexiona.

El empoderamiento de la mujer surge en respuesta a la normalización de la cultura machista que naturaliza desigualdad entre hombres y mujeres. "Los hombres siguen ocupando cargos principales, por el sólo hecho de ser hombres y las mujeres siguen ganando menos que los hombres y teniendo menos acceso a espacios de liderazgos; conductas reforzadas por creencias, mandatos culturales y estereotipos de géneros: 'las mujeres tienen que comportarse de tal manera y los hombres de otra' o 'las mujeres deben vestirse de una forma y los hombres de otra'", analiza la terapeuta.

Educar sin estereotipos

Desde pequeños nos repiten que todas las personas —aunque seamos diferentes unas de otras— "tenemos los mismos derechos". Pero en la práctica, nada está más alejado de la realidad, sobre todo si empezamos analizando cómo desde la infancia nos imponen modelos de cualidades o conductas a seguir. "Nos falta educar con libertad, empatía y solidaridad", confiesa Kolher.

De hecho, son los errores didácticos y académicos una obstrucción en el desarrollo de esas ideas sobre la igualdad. Según la psicóloga, nuestra educación está plagada de estereotipos que siguen promoviendo la cultura de las diferencias, "hay tareas en el ámbito educativo que son pensadas en las niñas y, otras, en los niños. Por ejemplo, se siguen reforzando en los niños las matemáticas y en las niñas, la comunicación", comenta.

El feminismo no es lo opuesto al machismo

La profesional plantea que ambos deberían acceder a las mismas oportunidades; oportunidades que les permitan jugar desde los distintos roles y poder colaborar entre sí. "Hay que trabajar la empatía y la solidaridad en las aulas, para que puedan cuidarse y respetarse como pares. La libertad implica una doble responsabilidad, por un lado dejar que los niños y las niñas desplieguen sus alas y, por otro lado, acompañar el vuelo", añade.

Por su parte, la especialista en primera infancia menciona que los niños deberían ser la prioridad para que el país tenga éxito social y económicamente. "Es siempre mejor apostar a un cambio de raíz en estructuras de pensamiento, para eliminar patrones arcaicos e ineficientes que destruyen a la sociedad", explica Miranda.

"Además —continúa— se debería invertir en el desarrollo de mecanismos de abordaje de la inteligencia y las competencias emocionales. Nuestra sociedad, actualmente, carece de recursos para el aprendizaje de estas inteligencias. Y las ideas, pensamientos y sujeciones con respecto a un tema tan importante como la violencia de género y el derecho a tener las mismas oportunidades entre mujeres y hombres, es uno de los resultantes".

No se nace feminista

"Una se hace feminista", contesta la psicóloga sobre la construcción que deviene con el movimiento. Considera que muchas veces llegamos hasta el feminismo desde que tomamos conciencia de la injusticia social, entre hombres y mujeres. "¿Cómo educamos en el tema? Con el concepto de sororidad, que hace alusión específica a la solidaridad entre mujeres en un contexto patriarcal; a la amistad entre mujeres diferentes y pares, que se protegen y colaboran para vivir la vida con un sentido profundamente libertario", prosigue.

La militancia no busca establecer el matriarcado, ni mucho menos odiar a los hombres por el simple hecho de cuestionar sus privilegios en la sociedad. "El feminismo no es lo opuesto al machismo. Los hombres son feministas desde el momento en que empiezan a cuestionar (se) los derechos que reciben por el simple hecho de ser hombres y a luchar a la par que las mujeres para vivir en un mundo más justo", destaca Kolher.

¿Cómo construir ese pensamiento desde la casa? Democratizando las tareas del hogar, compartiendo la crianza de los hijos, dejando de lado la costumbre de criar princesas y príncipes, "y, en lugar de ello, formar personas con autonomía, empatía y con conciencia de las desigualdades sociales. Una niña y un niño aprenden de sus padres a ser libres, cuando ellos y ellas disfrutan serlo", añade.

Y no menos importante, el aprendizaje sobre la autonomía de sus cuerpos. "Desde que somos conscientes de que somos dueños y dueñas de nuestros cuerpos es más fácil reconocer el abuso sexual, que es otra formas más, de abuso de poder", señala. Y continúa, sobre el punto: "Para hacer frente a los abusos sexuales es necesario que los niños y las niñas reciban una educación integral de la sexualidad".

Asimismo, enseñarles sobre igualdad es también permitirles que demuestren sus sentimientos, evitando repetir los mandatos sociales que dictan que "los niños no lloran" o "que lloran como una niña". "Hay que dejar que vivan sus emociones libremente", concluye la terapeuta, quien insta a no criar "príncipes que salvan, ni princesas que son rescatadas", sino héroes y heroínas de sus propias historias.