POR AUGUSTO DOS SANTOS, @Augusto2s

Hay escasas referencias sobre caída de meteoritos en Paraguay y muy poco generosos en volumen, en comparación con los que se observan en varios lugares de la Argentina, por ejemplo. En el año 2016, tras el escándalo de un paraguayo protagonizando un espectacular contrabando de meteoritos en tal país vecino, surgió este caso durante una deliciosa charla radiofónica con Servín.

Corría la siesta de la primera mitad del siglo XX, interrumpida por sucesivos cuartelazos y encarnizadas revoluciones, pero adornada además por paraguayos ilustres en las artes, la política, todos iluminados por un siglo que se debatía en una dramática transición hacia lo prodigioso de sus nuevos conocimientos. En este paisaje fue que se produjo en 1925 el impacto de un meteorito en Villarrica, noticia que generó gran revuelo y curiosidad, reflejando opiniones que iban desde el apocalipsis milenarista hasta consideraciones científicas sobre el fenómeno.

Lo cierto es que un fragmento sobreviviente del meteorito, una roca de apariencia férrea, fue rescatada en una vivienda de la vecindad y lo tenían en un sitio casi sagrado de la casa donde se acomodaban también las imágenes de santos, tan propias del culto familiar en la época.

El meteorito acunado al costado de la Virgen incluso empezó –con naturalidad– a ser parte de las invocaciones de familiares y vecinos. Lo cierto es que durante un año, el meteorito de Villarrica alcanzó cierta nombradía, incluso a nivel de la charla científica, incipiente en tales menesteres, en Asunción.

EL SEÑOR DEL VATICANO

Varios meses después aparece en el pueblo un individuo enigmático, ataviado de negro (negro presbítero) con un enorme portafolios del mismo tono, sombrero de ala ancha del mismísimo tono. Amanecía. Tras consultar con vecinos se apersona ante la vivienda mencionada y se presenta a los dueños de casa como “el astrónomo del Vaticano”. Por cierto, portaba un tono bastante particular, que bajo el rústico español escondía un inglés que a su vez intentaba sonar como italiano. (Cuarenta años más tarde podría estar tranquilamente en un western spaghetti).

El extraño visitante aduce que el Observatorio Astronómico del Vaticano seguía la ruta de un meteorito que de acuerdo a sus cálculos había caído en tal propiedad y lo dijo con una seriedad científica inmutable, al tiempo en que agregó mirando a la dueña de casa “usted sabe, señora, que se trata de una propiedad divina”.

Impactados por tan extraordinaria presencia le ofrecen toda su hospitalidad, mas el visitante solo les solicita un favor: un instante de solitaria y devota contemplación científico-religiosa de la piedra viajera celestial, a lo cual acceden con gusto y emoción. “Necesito saber qué mensaje celestial trae la piedra que se puso en su campo, señora”.

Estuvo poco tiempo, cinco minutos y se retiró luego señalando a los dueños de casa que el fragmento meteórico estaba estudiado y bendecido. Tras bendecir a su vez a los hogareños, se retiró del lugar, abordó su carro y se perdió con rumbo desconocido. Les pidió finalmente que le dieran un reposo a la oración dada, dejándolo hasta el mediodía reposar bajo el manto sagrado de la virgen.

PIEDRA PÓMEZ

Cuando seis horas después el matrimonio registró el nicho donde habían depositado la piedra caída del cielo, comprobaron que había sido burdamente reemplazada por un tosco trozo de piedra pómez que evidentemente el “astrónomo del Vaticano” llevaba en su misterioso portafolios a los efectos de reemplazar el valioso fragmento.

Ni en Villarrica ni en Asunción se supo nada más sobre el “astrónomo del Vaticano” que obviamente no habría sido otro sino un aventurero a sueldo de algún museo u observatorio de alguna parte del mundo, interesado en estudiar y poseer el vestigio celeste.

CASI UN SIGLO DESPUÉS

Casi un siglo después, en el Congreso, un senador acusado de múltiples “imprudencias” aseguraba en el “pasillo de la muerte” que el Papa hacia declaraciones sobre periodismo “pensando en él. Mentir sobre el Vaticano a veces funciona, a veces no”.

CUANDO LA VIVEZA CRIOLLA ES PARA BIEN

Corría el año 1929 cuando un joven emprendedor italiano, Paolo Federico Alberzoni, llega a América con el afán de cumplir con un sueño industrial. Pensaba en la industrialización del algodón, cuyo primer cultivo aparentemente se hizo en México 8.000 años antes.

Alberzoni visitó en Buenos Aires al embajador paraguayo José Dahlquist, según relata un trabajo de Mauricio Acosta (escritor pilarense) que recoge el testimonio de otro originario de tal región, el economista Washington Ashwell. Allí el diplomático le recomienda visitar en Pilar a un experto en cultivo de algodón, el Ing Ramón Sosa, funcionario del Banco Agrícola del Paraguay. Así lo hace, con su espíritu impetuoso, el fundador de una de las industrias textiles más importantes de la región.

Pilar era una pequeña comunidad en aquel tiempo que, sin embargo, estaba teniendo una creciente presencia de migrantes europeos, principalmente italianos. Uno de ellos, Ricardo Alliana, funda un hotel, en 1914, que tendría diversos nombres en la historia, Hotel Florencia, Ventre, Alliana, Beconi. A ese hotel, llega y allí se aloja Alberzoni.

Tras conversar con el experto se convence que el potencial del cultivo del algodón es muy importante en el Paraguay, pero no termina de convencerse que fuera Pilar la sede para una industria, aunque no deja de valorar la ubicación estratégica sobre el río Paraguay.

Pueblo pequeño, al fin, estas cavilaciones del italiano llegaron a oídos de las autoridades, que de inmediato organizaron una cena esa misma noche de su llegada para convencer al recién llegado sobre que el sitio más apropiado era Pilar. Cuenta el gran poeta y escritor pilarense Carlos Alberto Mazó, en su libro sobre Manufactura de Pilar, una historia deliciosa sobre lo que sucedió esa noche que aquí recreamos con algún toque de impenitente ficción.

Tráfico impresionante

Llegada la noche, compartieron la rica comida ribereña, con buenos vinos y alguien tocando un afinado piano, lo cual ya entusiasmó a Alberzoni. Pero hubo algo más. Motivados por el propio intendente, fueron convocados todos los vehículos y camiones existentes en el pueblo, que eran pocos por cierto, sus tanques cargados con combustible de gentileza, con una singular consigna: durante el curso de la cena todos los vehículos del pueblo harían un paso permanente por la esquina del Hotel Florencia, sin cesar, hasta que concluyera el ágape.

Alberzoni miraba de tanto en tanto la ventana, admirado por el impresionante tráfico que daba cuenta de una comunidad pujante. Obviamente, la comunidad apenas iluminada por los faroles de combustible no permitía percibir que eran solo cuatro o cinco vehículos existentes que giraban sin fin por el lugar.

Un rato más tarde, Alberzoni anuncia oficialmente que instalará su industria en Pilar, lo cual despierta el cerrado aplauso de sus anfitriones. Raramente, un rato después el tráfico cesa, lo que permitió a su vez un buen descanso del recién llegado.

Pasó solamente un año, 1930, y Alberzoni ya firmaba un contrato de provisión de energía eléctrica a la comunidad vía municipalidad. Luego empezó a crecer la gigantesca industria a la orilla del río.