Por Bea Bosio,

Una vez le pregunté a Isabel con qué soñaba. (Yo vivía en Santiago y estudiaba derecho. Ella limpiaba mi casa una vez por semana.) “¿Yo, señora?”, preguntó sorprendida dirigiéndose a mis 21 años desde sus cuarenta y tantos, con ese apelativo que aún me incomodaba. Ni siquiera lo pensó mucho. Sonrió un instante como aletargada y luego lo dijo con firmeza: “Yo sueño con tener una ventana”.

Aquí el anhelo suyo, tan simple y tan profundo, sobrepasó cualquier respuesta que esperaba. Cuando conocí su casa, una puerta era la única abertura de aquel cubo de chapas que habitaba. Pero Isabel era optimista y no iba quedarse llorándole a la vida aquello que todavía no le daba. Entonces colocó un póster de palmeras tropicales y un mar profundo y caribeño en la pared oxidada.

Poco importaba la brisa helada que entumecía a Santiago desde las cumbres nevadas. “Hasta que se me cumpla el sueño real, tengo la mejor vista imaginaria de Santiago”, me dijo riendo, sin saber que en un instante me imprimía ese recuerdo para siempre en el alma. (Porque a pesar de los años transcurridos, y de no haberla vuelto a ver, cada vez que veo una ventana que me gusta pienso en ella una y otra vez).