Su pasión por la gastronomía y su espíritu aventurero llevaron a Manuel Fernández a recorrer el mundo sin saber que, precisamente en el corazón de Sudamérica, Paraguay, hallaría el lugar indicado para arraigarse, formar una familia y emprender.

Quienes conocen a Manuel Fernández saben que es un hombre al que le apasionan los nuevos desafíos. Él es un chef español de 72 años que llegó a Paraguay tras haber recorrido el mundo buscando el lugar apropiado para montar su propio negocio y dedicarse a lo que tanto ama: la cocina.

En su extensa lista de viajes figuran países como México, Cuba y Jamaica que, si bien lograron despertar su interés en cuanto a innovaciones en materia de servicios, no llenaron sus expectativas. Nuestro protagonista, también anduvo por Europa, África, Asia y Oceanía. Ya en su segundo viaje a América volvió a México queriendo probar suerte, pero se dio cuenta que definitivamente este no era el lugar que necesitaba.

El destino lo llevó a Puerto Rico, luego a Haití y República Dominicana, hasta que finalmente llegó a Sudamérica con el objetivo de inaugurar un hotel en la frontera de Paraguay y Brasil. Fue ahí, donde movido por su curiosidad, decidió conocer Paraguay. “Si estoy ahora aquí es porque soy un hombre de retos. Para mí Paraguay no tiene un término medio. O lo aceptas o lo dejas”, expresó Manolo, como lo conocen sus familiares cercanos, amigos y clientes.

La sensibilidad y su atención hacia los pequeños detalles son cualidades que denotan a este emprendedor quien continúa con el relato y cuenta que lo que más le impresionó de Paraguay fue encontrar un país con gente muy agradecida.

“Con lo poquito que yo sabía, el Shopping Mariscal López me acogió cuando hice ‘Cocinando por el mundo’. Allí estuvieron Rodolfo Anheicheidt, Peter Stenger y Julio Fernández para recibirme y ponerme al frente de una cocina para hombres, en uno de los espacios del Mariscal López. Esto me hizo sentir reconocido. Sin lugar a dudas, me sedujo porque era algo que estaba ausente de mis demás viajes por el mundo. También me gustó mucho saber que teníamos cosas en común: paisajes verdes, culturas y costumbres que ya las creía perdidas. A esto se suma la cocina autóctona que me fascinó”, recordó.

Con el paso de los años Manolo compró un terreno en Areguá, abrió su propio restaurante al que denominó la Cocina de Gulliver, se casó y de ese matrimonio nació un hijo que hoy tiene ya 13 años. A partir de ese momento, el emprendedor comienza a escribir una historia cargada de emociones, recuerdos imborrables, alegrías y constantes pruebas por sortear, que terminaron en una nueva creación: Casa Manolo, un rincón del Mediterráneo en Areguá.

El menú en Casa Manolo es variado. Ser ciudadano del mundo le permitió a Manolo conocer una infinidad de culturas, tradiciones y platos típicos de cada región que había visitado. A este gran chef nada lo sorprende; él puede lucirse con cualquier plato que le apetezca al cliente ya sea desde un menú típico español hasta otro plato bien exótico.

Habitualmente, en Casa Manolo se pueden encontrar una ensalada de 7 hojas, tortillitas españolas, lasañas y la infaltable paella que es la estrella de la casa. También se ofrecen boquerones de anchoa, gambas al ajillo, arroz negro con tinta de calamar, pulpos a la gallega, cochinillo a la segoviana y una serie de sabrosas propuestas que pueden ser acompañadas con las mejores cervezas, vinos, sangrías, gaseosas y jugos.

De postre, una crema catalana quemada o un flan de la abuela, ¡una verdadera delicia! Claro, que también se puede optar por un tiramisú o un mousse de frambuesa.

Proyectos. Manolo sueña con ver prosperar a Areguá con más emprendimientos y proyectos que la ayuden a crecer y a convertirse en una ciudad con alto potencial para el turismo, atendiendo a que posee varios atractivos como su encantador lago, los museos, ferias y gastronomía que invitan a pasar un fin de semana placentero en compañía del ser querido.

Este es el motivo por el que el chef busca convertir a Casa Manolo en un sitio de referencia al que la gente pueda llegar, sentarse en el corredor o bajo la sombra de los árboles y deleitarse con manjares propios del Mediterráneo teniendo como marco una casa colonial en la que se respira calor de hogar y en la que aún se escucha el canto de los pajaritos.

Como buen español, Manolo es visionario y previsor. De hecho, anticipó que está próximo a construir dos salones con capacidad para unas 40 personas. Con ello brindará a sus clientes la posibilidad de realizar reuniones familiares o celebraciones sociales sin tener que preocuparse por las inclemencias del tiempo. Además, comentó que se encuentra trabajando en su nueva propuesta gastronómica y en el hermoseamiento de la terraza pensando en aquellos comensales que buscan contemplar el atardecer o cenar bajo un cielo de estrellas.

“Me casé con mi cocina. Cada día que pasa me siento más feliz porque con los pedidos de mis clientes voy recordando lo que antes hacía de manera habitual. Hace poco, me pidieron cocinar un pato a la naranja, un cochinillo a la segoviana e incluso atún rojo”, dijo entre risas y aseguró que le causa mucha satisfacción saber que la gente vuelve porque fue bien atendida en el lugar y tuvo un espacio para estar en contacto con la naturaleza. “Creo que Areguá es un punto donde la energía fluye por sí misma, basta con que se la sepa captar”, concluyó.