No es cierto que armar automóviles americanos en México sea pernicioso para Estados Unidos”, manifestaron varios industriales americanos hace unas semanas en Davos. “Mentira”, respondió el presidente Trump en el último día de la conferencia, y añadió: “para devolver la grandeza a Estados Unidos debemos recrear una robusta base industrial. ¡Solo eso nos permitirá make America great again!”.

Me tocó volver a Davos este año acompañando a 150 emprendedores sociales de varios países, como parte de una estrategia de persuadir al empresariado global de la importancia de la inclusión social en la creciente globalización de la economía. Hay avances, pero falta mucho. Por ejemplo, hay empresas de bebidas que están descubriendo la importancia de rediseñar sus productos para conservar agua, y hay otras empresas que, trabajando con emprendedores sociales, están diseñando productos que no producen basura. A mí me tocó hablar del programa “Empresas sin pobreza” que estamos desarrollando con más de 100 empresas en Paraguay, México y Sudáfrica.

Trump, como muchos de los otros 80 jefes de estados que también subieron al pueblito alpino para hablar en la conferencia, apeló a la inversión nacional y extranjera para crear puestos de trabajo.

Un gran tema en Davos fue el futuro del trabajo. Muchos empresarios están preocupados por el tsunami​ que se nos viene encima. Se llama la 4ta revolución industrial. A diferencia de la primera que trajo la mecanización, la fuerza hidráulica y el vapor; la segunda que trajo la producción en masa, la línea de ensamblaje y la electricidad; y la tercera que trajo la computación y la automatización, lo que se viene promete barrer con todo. Se viene una revolución de sistemas ciber-físicos en la cual las máquinas se conectarán entre sí sin intermediación humana. Dentro de muy poco habrá almacenamiento de datos gratis para todos, servicios robotizados, tecnología implantable en el cuerpo, hogares conectados, impresión 3D de órganos, más inteligencia artificial, autos sin conductor y ciudades inteligentes.

La pregunta es: ¿si Trump convence a los industriales americanos en México a relocalizar sus fábricas en Estados Unidos, usarán esta tecnología vieja o nueva? Probablemente dichas plantas serán robotizadas y no insumirán mucha mano de obra. Mi opinión es que debemos replantear la pregunta. No se trata del futuro del trabajo, sino del futuro del trabajador. ¿Qué formación y actitud deberán impulsar nuestros sistemas educativos para que las personas florezcan y no sucumban en la nueva era?

Nosotros en Paraguay no estamos lejos de esta disyuntiva. ¿Podrá Brasil incentivar a sus industriales que invierten en nuestro país a que regresen a su país de origen, llevándose nuestros nuevos puestos de trabajo? ¿Vendrá una tecnología nueva a eliminar pujantes industrias locales? Bien sabemos que cerrar nuestras fronteras no funciona en nuestro país. ¿Apostamos a la educación?